jueves, 11 de febrero de 2021

Night at Denny’s (Alberto QG)

 

Era una noche tranquila en el Denny’s de Umatilla road en el pueblo de Herminston, Oregón. Lucy canturreaba mientras se paseaba por las mesas recogiendo platos, contenta ahora que se había detenido el incesante ruido del aserradero. A estas horas de la noche quedaban pocas caras conocidas, la mayoría eran trabajadores estacionales, forasteros buscando fortuna en forma de salmón del Columbia river. Lucy los miraba de reojo con recelo. Sus caras toscas y pelos enmarañados le inspiraban desconfianza.

- Joe ¿te importaría quedarte conmigo hasta la hora de cierre?-  Dijo dirigiéndose a un hombre grande de mediana edad y pinta de bonachón sentado en la barra cerca de ella. Llevaba una camisa de cuadros propia de los trabajadores del aserradero. - El tipo ese gordo con gorra de la esquina me mira raro.

- Claro Lucy, no hay problema cariño. Anda se buena y ponme otra cerveza.

- Mary me ha dicho que no te sirva cerveza. Dice que si tomas tanto alcohol no te hacen efecto las pastillas para el corazón. -  contestó ella cruzando los brazos y frunciendo el ceño.

-¡Pero mi hija que sabe! Además, yo estoy hecho un toro. Tomo la medicación por tenerla contenta más que por otra cosa -  Dijo dándose golpecitos en el pecho sobre el bolsillo de la camisa, de donde sobresalía una caja de pastillas. - Es la última ronda te lo prometo -  Dijo finalmente guiñándole un ojo. Se le escapó una sonrisa y le sirvió la cerveza a regañadientes. No le gustaba traicionar a su amiga.

Los clientes comenzaron a marcharse poco a poco hasta que Lucy y Joe se quedaron solos con el hombre gordo. Este seguía en la mesa de la esquina comiendo una tarta de manzana y mirándola de reojo de vez en cuando por encima del periódico.

- Lucy cariño, se me está haciendo un poco tarde…

- Joe por el amor de Dios no te vayas, no me quiero quedar sola con él- Suplicó Lucy poniendo su voz más encantadora. -No para de mirarme.

En ese momento el hombre de la esquina terminó su tarta, se levantó y fue hacia la barra dando pasos pesados. Sacó un billete de 20 dólares y lo dejó encima de la barra.

-Quédate el cambio - Dijo con una voz áspera y profunda, mirándole más las piernas que los ojos, y salió del local.

Lucy dio un suspiro de alivio y comenzó a recoger lo poco que faltaba. Joe se quedó con ella, no fuera a ser que ese hombre la estuviera esperando en el parking. Salieron por fin a la calle.

“Buenas noches, Joe” Dijo Lucy mientras se daba la vuelta y caminaba hacia su coche.

De pronto Lucy notó que alguien la rodeaba con un brazo por el pecho y le ponía un pañuelo sobre la nariz y boca. Las piernas le fallaron, se le cerraron los ojos y perdió el conocimiento.

 

Lucy despertó. Todo le daba vueltas. Veía borroso y se sentía confusa. Trató de decir algo, pero se dio cuenta de que estaba amordazada. Tenía también las manos atadas detrás de la cañería de un radiador. Bajó la vista. Tenía la camisa abierta, el sujetador mal puesto y la falda rasgada. Le dolía todo el cuerpo, había varios moratones sus piernas y brazos. Estaba en un sótano oscuro, si estiraba la cabeza podía ver unas escaleras que subían hacia lo que debía ser una casa. De pronto, se escuchó el ruido de una cerradura. Alguien había entrado y vuelto a cerrar con llave. Unos pasos pesados comenzaron a bajar haciendo retumbar los peldaños metálicos. Se asomó una cabeza. Era Joe con una sonrisa de oreja a oreja llevando un plato con un sándwich y un vaso de leche.

- He pensado que tendrías hambre - Se acercó, dejó el plato en el suelo cerca de Lucy y le quitó la mordaza.

- Joe, Joe ¡¿que es esto?! ayúdame, sácame de aquí- Dijo Lucy dando patadas al aire completamente fuera de sí.

- No te preocupes que todo está bien, este es un lugar seguro - contestó, exagerando más aún su sonrisa hasta convertirla en una mueca.

Lucy no lo podía creer, una ola de pánico le sobrevino y empezó a chillar con todas sus fuerzas. Un instante después el puño de Joe le estalló contra su cara. Lucy perdió el sentido unos instantes. La realidad era una mancha borrosa. Le pitaban los oídos. No podía moverse, no podía hablar.

- Niñata consentida. Gritar no sirve de una mierda. Esto está insonorizado joder, que eres estúpida, quien te crees que soy. -  Joe ya no sonreía. Su cara se había puesto roja de furia. Se acercó a una nevera, se abrió una cerveza y se sentó en una silla delante de Lucy.

-Las niñas sois todas unas caprichosas desagradecidas - Decía apuntándole con el dedo entre trago y trago - Lo hacemos todo por vosotras y no os importa nada. Os paseáis contoneándoos por ahí, provocando. Como si no supierais lo que quieren, lo que quieren todos. Lo que quiero yo. -dijo estrellando la botella contra la pared.

Lucy luchaba por mantener los ojos abiertos. Él se levantó de un golpe y fue hacia ella. La desató, la cogió en brazos como a una pluma y la cargó en los hombros hasta colocarla sobre el banco de trabajo. Se quedó boca arriba, espatarrada de pies y manos e incapaz de hacer nada. Joe comenzó a manosearla recorriendo todo su cuerpo de arriba abajo con sus dedos gruesos como raíces de un árbol.

-No, no por Dios. Repetía ella una y otra vez.

Eso no hacía más que enfurecer a Joe, su cara se ponía más y más roja. Le dio otro gran golpe en las costillas. Un sabor metálico llenaba la boca de Lucy.

-No sabéis cuando callar. Siempre hay una queja para todo. Eso se ha acabado - Se acercó a la pared y cogió una sierra de arco. Ella le miraba aterrorizada. No era capaz de mover un músculo.

De pronto Joe se quedó clavado en el suelo y empezó a temblar. Se llevó la mano al bolsillo de la camisa tratando de coger una pastilla, pero ya era muy tarde. La sierra se le cayó de las manos. Dio un gruñido como el de un animal y se desplomó contra el suelo.

Pasó un buen rato hasta que Lucy pudo moverse. Él seguía inmóvil en el suelo. Ella bajó del banco y se arrastró como pudo hasta las escaleras. Se incorporó con la ayuda de la barandilla y comenzó a subir a duras penas. La llave estaba en la cerradura. Abrió la puerta, la luz le deslumbró, ya era de día. Reconoció la casa y caminó encorvada en dirección a la puerta de salida.

-¿Lucy? - Dijo una chica en pijama mirándola con cara de incredulidad.

-Mary…

Las dos amigas se quedaron mirándose sin saber que hacer.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Ester Tomás

 



Cada día que Helena pasaba por la sala tres se convertía en un animal. El sonido del oxidado pestillo de la celda, marcaba el inicio de aquel insólito ritual de transformación; luego, mientras los guardias la levantaban y la empujaban por el pasillo, Helena desaparecía. A veces pasaban días hasta que volvía a recobrar la conciencia sobre sí misma; en su lugar, una bestia agazapada contra la esquina de aquel pequeño y oscuro cubículo, exhibía sus instintos más primarios. Después de varios meses de encarcelamiento y continuadas visitas a la sala tres, entendió que mientras siguiera siendo Helena, no sería capaz de resistir la brutalidad de su vida actual; y así nació el animal y murió la mujer. Lo que más le costó, sin duda, fue mantener los ojos abiertos al entrar en la habitación y dejar de ver a la persona que tenía delante; porque en realidad, no era una persona, sino otra bestia. Y así, progresivamente, las vistas a la sala tres se convirtieron en un encuentro de animal a animal, sin razón de por medio; solo un cúmulo de conexiones cerebrales, procesos químicos y fluidos corporales. Una relación entre iguales y una demostración de la ferocidad de la naturaleza; y nada más, que no es poco. El agudo dolor físico que sentía durante y después de aquellos encuentros, era el ingrediente principal de aquella especie de tortuoso viaje hacia su naturaleza más primitiva. Este juego mental de supervivencia nunca la libró del sufrimiento; no obstante, convertirse en animal significaba despojar al otro, aquel hombre empeñado en hacerle sufrir, de toda condición humana y por tanto de todo poder; toda capacidad de control sobre ella, era mera casualidad. El animal la protegió y la cuidó hasta final de sus días.

jueves, 21 de enero de 2021

Historia objetiva (Alberto QG)

 

Una mujer con ropa deportiva corre por un camino de tierra que discurre entre campos de naranjos. El sol se esconde detrás de unos bloques de edificios al fondo, dejando el cielo con tonalidades lilas y anaranjadas. De pronto la mujer se detiene y clava la mirada sobre un contenedor de basura al borde del camino. Lo observa con interés, entrecerrando los ojos como si creyera haber visto a un viejo conocido. Algo sobresale ligeramente de su tapa entreabierta. Se acerca y la abre. Multitud de moscas se abalanzan sobre ella, hace aspavientos tratando de ahuyentarlas. Al mirar dentro ahoga un grito de emoción. Entre las muchas bolsas destaca una de gran tamaño de la que rebosan fajos de billetes. Después de unos instantes empieza a estirar de las asas intentando sacar la bolsa haciendo ostensibles gestos de esfuerzo. La bolsa apenas se mueve, las asas se tensan y acaban por ceder, rasgando el plástico y desparramando los billetes dentro y fuera del contenedor. La mujer maldice en voz alta y da una patada al aire. Intenta recoger los billetes caídos en el suelo, pero hay tantos que no le caben en las manos y acaba por soltarlos. Se palpa los bolsillos, da vueltas en círculo. De repente se apresura a colocar en el contenedor todos los billetes esparcidos, cierra bien la tapa y sale disparada en sentido contrario al que venía. Empieza a anochecer, entra a toda prisa en la ciudad y atraviesa corriendo varias manzanas. Llega finalmente a una zona urbanizada y se detiene jadeando en frente de una casa baja. Abre la cerradura con una llave y entra en el domicilio. Segundos después se levanta la puerta del garaje y sale ella conduciendo un monovolumen. Atraviesa la ciudad sin detenerse en los semáforos en rojo y adelantando en sentido contrario a varios vehículos. Hace caso omiso a los pitos y gritos de otros conductores y viandantes. Sujeta con tanta fuerza el volante que los nudillos se le quedan blancos. Ya es noche cerrada cuando al fin llega al camino sin asfaltar. Entra sin tan siquiera quitar el pie del acelerador, haciendo temblar el vehículo en cada bache y generando una gran nube de polvo. Conduce cientos de metros por el camino solo iluminado por las luces del coche hasta que por fin llega hasta el contenedor y se detiene derrapando. Se lanza del vehículo al contenedor y lo abre. El dinero sigue ahí. Corre al maletero a por una linterna y dos grandes bolsas de deporte y comienza a llenarlas de billetes. Mete hasta el último billete y guarda las bolsas en el maletero. Mira de un lado a otro apuntando con la linterna, sube al coche, arranca y da media vuelta. Conduce de vuelta a la misma casa más despacio pero mirando los retrovisores más de lo habitual. Al llegar a la casa saca las bolsas del maletero, las lleva hasta la cocina y las esconde debajo del fregadero. Se prepara una tila con las manos temblorosas derramando algo de agua sobre el mármol. Se sienta en un taburete de la cocina, sujeta el vaso caliente con las dos manos y suspira profundamente. En ese momento, un hombre vestido con un traje negro se acerca a la puerta de la casa y llama al timbre. Se escucha el sonido de un vidrio rompiéndose al caer contra el suelo.


jueves, 14 de enero de 2021

Propuesta de trabajo de los sentidos. Alberto QG

 

– ¡Que de verdad te lo prometo Juan, a las tías les encantan los tíos como tú! – Gritaba Roberto haciéndose oír por encima de un tema de Kidd Keo y del aire que entraba por las ventanas del coche.

– No sé, no lo acabo de ver… siempre que salimos me paso media noche contestando preguntas incómodas y luego el que triunfas eres tú. – Objeté.

– ¡Que no joder!¡Que te digo que hoy te quitan el precinto Juan! Pero no te pases dando pena, queremos que te follen no que te apadrinen –Contestó segundos antes de pegar un volantazo y frenar en seco. No me comí el salpicadero por milímetros, parecía que disfrutaba dándome esos sustos.

Apagó el motor, habíamos llegado. Cogí el bastón y abrí la puerta. Antes de que me diera tiempo a bajar del coche él ya había venido a mi lado a echarme una mano, solía tener esos detalles. Me cogió del brazo y caminamos así hasta la puerta de un local. No dejé de usar el bastón ni un momento, no sería la primera vez que me comiera un bordillo porque Roberto se hubiera olvidado de avisarme. Nada más entrar al pub me golpeó un tufo mezcla de lejía, cañería y canutos. Sonaba grunge más bien bajito, perfecto para no agobiarme con el ruido. Por como se escuchaba la música el local no debía ser muy grande. Había bullicio, pero no parecía demasiado lleno. Nos sentamos en la barra y pedimos un par de cervezas. Él casi no hablaba, estaba con las antenas puestas. Por aquel entonces yo había aprendido a tomarme con humor sus rituales de fin de semana.

–¡Eh! ¡Eh! Juan. Ahí hay un grupo de cuatro tías ¿Vamos o qué?

–No sé, creo que paso. –  Contesté dando unos golpecitos nerviosos sobre la barra.

–¡Eh! ¡Eh! Juan, mírame. –Dijo cogiéndome la cara con la mano y apretándome las mejillas como si quisiera que le mirara a los ojos– No puedes seguir así con 19 putos años. Confía en mí joder.

Me agarró del brazo y me arrastró a la otra punta del pub, poco me faltó para tropezar y tirarme la cerveza encima. Sabía ser bastante convincente cuando quería, pero si le hacía falta siempre encontraba otras maneras de salirse con suya. Nos acercamos hasta donde provenía el murmullo de unas chicas. Roberto carraspeó, el murmullo se detuvo.

  Perdonad chicas ¿me podéis cuidar esto un rato? – dijo dándome palmadas en el hombro.

Sin dar tiempo a que nadie respondiera se apartó de mí. Escuché sus pasos hacia la salida y el sonido de la puerta al cerrarse. Me quedé ahí plantado sin saber que hacer. El cabrón me había hecho el lío. Me puse algo nervioso y empecé a tantear a ver si encontraba la barra o algo para orientarme. De pronto alguien me cogió del brazo.

–¿Necesitas que te ayude? – Me dijo una voz suave y ligeramente aguda, como un maullido. – Siéntate con nosotras si quieres. – Se puso cerca de mí y me guio hasta una silla a su lado. Su pelo me rozó la cara, era suave y liso. A pesar de la peste del local pude sentir su perfume, me resultaba familiar, aunque no lograba distinguirlo.

–Menudo cabrón tu amigo ¿no? – dijo otra de las chicas poco después de sentarme. Se hizo un silencio algo incómodo.

– Sí… bueno… – Respondí un poco nervioso. Me tenía que tranquilizar, que mierda le iba a decir mañana a Roberto si me rajaba. Intenté pensar en algo gracioso para romper el hielo – Es que siempre que salgo me pongo muy ciego y al final pues acaba harto.

Funcionó a la perfección. Se empezaron a reír y desde ese momento cambió el ambiente. Aunque me hicieron algunas de las preguntas de siempre (que cómo uso el móvil, que si cómo me oriento y todo eso) me trataron con mucha naturalidad. Marta, la chica con voz de gato, me cogía la mano por momentos mientras hablábamos. Tenía los dedos suaves y delgados y las uñas ligeramente largas. Debieron pasar horas, no quise preguntar y la verdad es que me daba igual. Cuando se empezaron a despedir, Marta se ofreció a llevarme a casa. Hasta ese momento no había pensado en como volver, a decir verdad, ni tan siquiera sabía donde estábamos. Me agarró del brazo, hombro con hombro, y salimos del pub hacia su coche. Una vez fuera por fin identifiqué su perfume, aroma a azahar. Me sentía como si camináramos entre naranjos en flor. Me ardían las mejillas. Pasamos por un camino de grava, supuse que había aparcado en un descampado. Nos metimos en su coche, parecía estrecho, debía ser algo antiguo.

– ¿Vives solo? – Me dijo

–No, en casa de mis padres. – Contesté algo avergonzado sin saber muy bien por qué.

–Oh, que pena– susurró mientras me acariciaba la nuca con la yema de los dedos.

Primero sentí su aliento cálido en la oreja, luego un pequeño mordisco en el lóbulo. Se me erizó la piel y me estremecí de arriba abajo, sentía como si el corazón se me fuera a salir del pecho. Me lancé sobre ella y nos empezamos a besar. Quizá por el alcohol, pero cuando me quise dar cuenta ya estábamos en el asiento de atrás. Nos quitamos la ropa como poseídos lanzando las prendas sobre cualquier lado. La acaricié, sentí sus curvas, los valles y montañas de su piel. Su cuerpo era flexible, suave y blando. Sus caderas se movían al ritmo con las mías. El azahar se mezclaba con nuestro sudor para crear olores nuevos.

Cuando terminamos me llevó a casa. Nos despedimos con palabras sencillas y dándonos nuestro número de teléfono. Entré a casa y escuché un mensaje de Roberto. “Sorry por hacerte la 13/14 ¿Qué, te han quitado el precinto?”. “Nada tío, otra noche a cero. Se ha intentado”. Le contesté. Sonreí y me fui a dormir.

jueves, 17 de diciembre de 2020

Arquetipo personaje (Alberto QG)

 

La noche estaba siendo larga, otra vez me había dejado liar. Ya eran las cuatro y ahí seguía yo, en la plaza del Glop, sentada en el mismo sitio que la semana pasada, con mi hermana pasadísima dormida sobre mis piernas, sus amigos hablando de las mismas tonterías de siempre y con una lata de cerveza imbebible de marca impronunciable en la mano. Mientras escuchaba a los de la guitarra de al lado berrear Maricarmen por enésima vez, solo podía pensar en las dos horas que quedaban hasta el primer metro de vuelta a casa. Desde luego, esto no es lo que yo imaginaba que eran las fiestas en la universidad.

En ese momento apareció él por la calle de en frente. Tenía unas piernas largas y delgadas embutidas en unas mallas a cuadros y vestía un chaleco rojo sin nada debajo que dejaba ver su cuerpo negro, fibroso y lleno de tatuajes. Me quedé hipnotizada mirándole, tanto sus andares elásticos como su cresta afro parecían no estar dominados por las leyes de la física. Pasó entre la multitud ajeno a todo, como si no notara que estábamos allí. No se parecía a nadie que yo hubiera visto jamás. Desapareció entre las callejuelas y supe que tenía que seguirle. Puse la cabeza de mi hermana encima de mi chaqueta y salí corriendo sin dar explicaciones. Creí haberle perdido hasta que le vi doblar una esquina unas calles más adelante. Traté de acelerar maldiciendo mi falda de tubo, pero no le alcanzaba, cada vez que me acercaba un poco me volvía a ganar terreno. Le seguí hasta donde acaba Beni y comienzan los campos al otro lado de la carretera. Me estaba alejando más de la cuenta, pero no estaba dispuesta a volver atrás. Crucé la carretera tras él y le seguí por una zona de huerta con algunas casitas. Se acercó a un muro de bloques de hormigón y empezó a mirar hasta que encontró un agujero, contorsionó su cuerpo y desapareció tras él. Me acerqué al agujero y me quedé mirando al otro lado, sopesando si entrar sería una buena idea. No se veía nada detrás, solo unos matorrales y algunas litronas tiradas por el suelo. De repente, una mano invitante apareció tras el agujero haciendo señales para que pasara. No lo pensé más, entré.

El dueño de la mano resultó ser un chico de mi edad con una melena enmarañada entre la que destacaban unos enormes ojos color turquesa. Me sonrió enseñándome toda su dentadura blanca y perfecta. Miré a mi alrededor, estábamos en una gran explanada diáfana. Cerca de mí una pista de skate, al fondo, decenas de personas bailando al ritmo de la música entre focos de colores. No sabía que hubiera lugares así entre los campos.

“¿Dónde estamos?” le pregunté al chico de los ojos verdes.

“No estamos en la escombrera, eso desde luego” me contestó riendo mientras lamía el extremo de un papel de fumar.

No tenía ni idea de que quería decir con eso, pero decidí que era mejor no preguntar. Tenía que centrarme en mi objetivo. “¿Has visto a un tío con un chaleco rojo?”

“No lo sé, por aquí pasa mucha gente, ni me acuerdo de todos, ni lo intento… ¿Quieres M?” Dijo abriendo delante de mí una bolsita con unos cristales blanquecinos. Nunca me ha parecido mal que la gente me ofrezca cosas, pero yo por aquel entonces ya había oído hablar de las consecuencias poco agradables de tomar algo que te ofrece un desconocido, nunca puedes saber si es veneno. Como si me hubiera leído la mente, el chico cogió una pequeña cantidad con el dedo y se lo llevó a la boca. Al ver que él mismo lo había tomado supuse que no habría peligro y lo probé. Nada más chuparlo comencé a notar una sensación muy extraña, la punta de mis dedos me hacía cosquillas en la palma de la mano, el tejido de mi blusa parecía más suave que nunca. Parpadeé varias veces y entonces distinguí su figura bailando entre la multitud. Las luces parecían estar más bonitas que nunca. Fui tras él.

ARQUETIPOS PERSONAJES - JUANI BLASCO YUBERO

Martes 09.00 h de la mañana, un día más, de una semana más, de un mes más. A veces la oficina se hacía tremendamente tediosa, mismos compañeros, mismas tareas, misma rutina sin cambios, una vida ordenada con momentos ordenados.

09.35 h, Carlos entró en la sala de forma estrepitosa, tropezando al intentar salir del ascensor con una lanza, acabando finalmente dándose de bruces contra una puerta.

– Una lanzaaa!!! Todos estábamos atónitos, algunos no querían ni mirar, yo sí, me encantaba averiguar que nueva excusa se le había ocurrido. Las excusas de Carlos siempre eran divertidas, imaginativas, extravagantes e irracionales…, aunque casi siempre inventadas, eran un golpe de aire fresco en mis aburridos días. Y allí estaba el, plantado en mitad de la sala intentado alisarse el traje arrugado por el tropezón, con un portafolio en la mano derecha y una lanza al estilo “zulú” en la izquierda, parecía acabar de salir de la “película Jumangi”. Dignamente entre miradas inquisitivas se atusó el pelo y se dirigió al despacho, donde se encontraba la reunión a la que llegaba 35¨ minutos tarde.

Al abrirse la puerta, pudimos escuchar como mi jefe lo excusaba; - ¡Los creativos son así!

Yo sabía que sucediera lo que sucediera con el cliente, solo se ganaría un par de reproches, …. nadie en la empresa era capaz de superar su imaginación y originalidad en las propuestas que presentaba, aunque también sabía, que necesitaría todo un ejército para darle forma al proyecto final, y en ese equipo estaría yo, poniendo orden y racionalidad a sus locuras, porque … lanzada una idea, nunca jamás acababa lo que empezaba.

 

 

 

 

 

 


jueves, 10 de diciembre de 2020

(Sin título) Ester Tomas

 

Llega el metro, subo. Me pregunto de qué estaré huyendo. Ahí hay un sitio libre, me siento. Lo que está claro es que me quería ir de allí, con todo el mundo hablando de ti no soportaba ni un minuto más. Aunque es normal, eres increíble; yo lo sé mejor que nadie. ¿Cuántas paradas me quedan?, cinco todavía. Pero me da rabia, hoy era mi día, se supone que debía ser yo el protagonista; al menos por un rato. Pero claro, eso es algo imposible para ti, ser el centro de atención forma parte de tu naturaleza. ¡Pero cuánto ruido hay en este vagón! La jodida señora que no se calla; ¡no articula las palabras, las vomita! Desde el principio del evento todos han estado alabando tu inteligencia, tu gracia y tu ingenio. La gente conecta enseguida contigo. En cambio, yo no causo el mismo efecto. Para los demás, yo soy el pedante, el insustancial, incluso el rarito. Entiendo que te adoren, yo estoy totalmente enganchado a ti. La verdad es que siento cierta sensación de orgullo cuando te nombran. ¿Por qué parada voy? Colón todavía, ¡qué lento es este trasto! Vale, lo admito estoy más que enganchado; estoy obsesionado contigo. Pienso en ti constantemente. Cavilo sobre nuestro futuro, ¿qué voy a hacer contigo? La verdad es que hay cada personaje en el metro que me daría para escribir otro libro; aunque seguramente no sería tan bueno como este último, porque no estarías tú, claro. Yo te creé, te di mi tempo, vacié mi vida para llenar la tuya y ahora no tengo nada. Por lo menos tengo a ti. Pero tú brillas con luz propia y hoy en la presentación, me has eclipsado. La gente no se enamora del autor, sino del personaje. Qué vació se ha quedado de repente el metro; igual que yo, vacío. Dudo que vuelva a concebir algo tan perfecto como tú. Eres todo lo que tengo ahora mismo. ¡Por fin se va la jodida señora que vomita palabras! Que silencio. ¡No puede ser, lo que faltaba! Te acabas de sentar enfrente y ni me has mirado. Eres tú, no hay otro igual. Reconozco esos aires de grandeza. Estás en mi cabeza, ¿recuerdas? ¿Por qué no me miras? Solo estamos tú y yo en todo el vagón, ¿no quieres saber quién tienes delante? Mírame. Pero, ¿cómo te atreves? ¡Mírame! ¡Yo soy el que existo de verdad, tú solo eres una parte de mí! ¡Vamos, mírame! ¡Sin mí no serías nada! Pero no me miras. Se para el metro y te bajas.

Frase de comienzo de relato. AQG

  Si le dejé no fue solo por los cadáveres que guardaba en el sótano. Conocí a Erich en el verano del 51, en Lafayette, Luisiana. Un puebl...