jueves, 14 de enero de 2021

Propuesta de trabajo de los sentidos. Alberto QG

 

– ¡Que de verdad te lo prometo Juan, a las tías les encantan los tíos como tú! – Gritaba Roberto haciéndose oír por encima de un tema de Kidd Keo y del aire que entraba por las ventanas del coche.

– No sé, no lo acabo de ver… siempre que salimos me paso media noche contestando preguntas incómodas y luego el que triunfas eres tú. – Objeté.

– ¡Que no joder!¡Que te digo que hoy te quitan el precinto Juan! Pero no te pases dando pena, queremos que te follen no que te apadrinen –Contestó segundos antes de pegar un volantazo y frenar en seco. No me comí el salpicadero por milímetros, parecía que disfrutaba dándome esos sustos.

Apagó el motor, habíamos llegado. Cogí el bastón y abrí la puerta. Antes de que me diera tiempo a bajar del coche él ya había venido a mi lado a echarme una mano, solía tener esos detalles. Me cogió del brazo y caminamos así hasta la puerta de un local. No dejé de usar el bastón ni un momento, no sería la primera vez que me comiera un bordillo porque Roberto se hubiera olvidado de avisarme. Nada más entrar al pub me golpeó un tufo mezcla de lejía, cañería y canutos. Sonaba grunge más bien bajito, perfecto para no agobiarme con el ruido. Por como se escuchaba la música el local no debía ser muy grande. Había bullicio, pero no parecía demasiado lleno. Nos sentamos en la barra y pedimos un par de cervezas. Él casi no hablaba, estaba con las antenas puestas. Por aquel entonces yo había aprendido a tomarme con humor sus rituales de fin de semana.

–¡Eh! ¡Eh! Juan. Ahí hay un grupo de cuatro tías ¿Vamos o qué?

–No sé, creo que paso. –  Contesté dando unos golpecitos nerviosos sobre la barra.

–¡Eh! ¡Eh! Juan, mírame. –Dijo cogiéndome la cara con la mano y apretándome las mejillas como si quisiera que le mirara a los ojos– No puedes seguir así con 19 putos años. Confía en mí joder.

Me agarró del brazo y me arrastró a la otra punta del pub, poco me faltó para tropezar y tirarme la cerveza encima. Sabía ser bastante convincente cuando quería, pero si le hacía falta siempre encontraba otras maneras de salirse con suya. Nos acercamos hasta donde provenía el murmullo de unas chicas. Roberto carraspeó, el murmullo se detuvo.

  Perdonad chicas ¿me podéis cuidar esto un rato? – dijo dándome palmadas en el hombro.

Sin dar tiempo a que nadie respondiera se apartó de mí. Escuché sus pasos hacia la salida y el sonido de la puerta al cerrarse. Me quedé ahí plantado sin saber que hacer. El cabrón me había hecho el lío. Me puse algo nervioso y empecé a tantear a ver si encontraba la barra o algo para orientarme. De pronto alguien me cogió del brazo.

–¿Necesitas que te ayude? – Me dijo una voz suave y ligeramente aguda, como un maullido. – Siéntate con nosotras si quieres. – Se puso cerca de mí y me guio hasta una silla a su lado. Su pelo me rozó la cara, era suave y liso. A pesar de la peste del local pude sentir su perfume, me resultaba familiar, aunque no lograba distinguirlo.

–Menudo cabrón tu amigo ¿no? – dijo otra de las chicas poco después de sentarme. Se hizo un silencio algo incómodo.

– Sí… bueno… – Respondí un poco nervioso. Me tenía que tranquilizar, que mierda le iba a decir mañana a Roberto si me rajaba. Intenté pensar en algo gracioso para romper el hielo – Es que siempre que salgo me pongo muy ciego y al final pues acaba harto.

Funcionó a la perfección. Se empezaron a reír y desde ese momento cambió el ambiente. Aunque me hicieron algunas de las preguntas de siempre (que cómo uso el móvil, que si cómo me oriento y todo eso) me trataron con mucha naturalidad. Marta, la chica con voz de gato, me cogía la mano por momentos mientras hablábamos. Tenía los dedos suaves y delgados y las uñas ligeramente largas. Debieron pasar horas, no quise preguntar y la verdad es que me daba igual. Cuando se empezaron a despedir, Marta se ofreció a llevarme a casa. Hasta ese momento no había pensado en como volver, a decir verdad, ni tan siquiera sabía donde estábamos. Me agarró del brazo, hombro con hombro, y salimos del pub hacia su coche. Una vez fuera por fin identifiqué su perfume, aroma a azahar. Me sentía como si camináramos entre naranjos en flor. Me ardían las mejillas. Pasamos por un camino de grava, supuse que había aparcado en un descampado. Nos metimos en su coche, parecía estrecho, debía ser algo antiguo.

– ¿Vives solo? – Me dijo

–No, en casa de mis padres. – Contesté algo avergonzado sin saber muy bien por qué.

–Oh, que pena– susurró mientras me acariciaba la nuca con la yema de los dedos.

Primero sentí su aliento cálido en la oreja, luego un pequeño mordisco en el lóbulo. Se me erizó la piel y me estremecí de arriba abajo, sentía como si el corazón se me fuera a salir del pecho. Me lancé sobre ella y nos empezamos a besar. Quizá por el alcohol, pero cuando me quise dar cuenta ya estábamos en el asiento de atrás. Nos quitamos la ropa como poseídos lanzando las prendas sobre cualquier lado. La acaricié, sentí sus curvas, los valles y montañas de su piel. Su cuerpo era flexible, suave y blando. Sus caderas se movían al ritmo con las mías. El azahar se mezclaba con nuestro sudor para crear olores nuevos.

Cuando terminamos me llevó a casa. Nos despedimos con palabras sencillas y dándonos nuestro número de teléfono. Entré a casa y escuché un mensaje de Roberto. “Sorry por hacerte la 13/14 ¿Qué, te han quitado el precinto?”. “Nada tío, otra noche a cero. Se ha intentado”. Le contesté. Sonreí y me fui a dormir.

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