– ¡Que de verdad te lo prometo Juan, a las
tías les encantan los tíos como tú! – Gritaba Roberto haciéndose oír por encima
de un tema de Kidd Keo y del aire que entraba por las ventanas del coche.
– No sé, no lo acabo de ver… siempre que
salimos me paso media noche contestando preguntas incómodas y luego el que
triunfas eres tú. – Objeté.
– ¡Que no joder!¡Que te digo que hoy te
quitan el precinto Juan! Pero no te pases dando pena, queremos que te follen no
que te apadrinen –Contestó segundos antes de pegar un volantazo y frenar en
seco. No me comí el salpicadero por milímetros, parecía que disfrutaba dándome
esos sustos.
Apagó el motor, habíamos llegado. Cogí el
bastón y abrí la puerta. Antes de que me diera tiempo a bajar del coche él ya
había venido a mi lado a echarme una mano, solía tener esos detalles. Me cogió
del brazo y caminamos así hasta la puerta de un local. No dejé de usar el
bastón ni un momento, no sería la primera vez que me comiera un bordillo porque
Roberto se hubiera olvidado de avisarme. Nada más entrar al pub me golpeó un
tufo mezcla de lejía, cañería y canutos. Sonaba grunge más bien bajito,
perfecto para no agobiarme con el ruido. Por como se escuchaba la música el
local no debía ser muy grande. Había bullicio, pero no parecía demasiado lleno.
Nos sentamos en la barra y pedimos un par de cervezas. Él casi no hablaba,
estaba con las antenas puestas. Por aquel entonces yo había aprendido a tomarme
con humor sus rituales de fin de semana.
–¡Eh! ¡Eh! Juan. Ahí hay un grupo de
cuatro tías ¿Vamos o qué?
–No sé, creo que paso. – Contesté dando unos golpecitos nerviosos
sobre la barra.
–¡Eh! ¡Eh! Juan, mírame. –Dijo cogiéndome
la cara con la mano y apretándome las mejillas como si quisiera que le mirara a
los ojos– No puedes seguir así con 19 putos años. Confía en mí joder.
Me agarró del brazo y me arrastró a la
otra punta del pub, poco me faltó para tropezar y tirarme la cerveza encima. Sabía
ser bastante convincente cuando quería, pero si le hacía falta siempre
encontraba otras maneras de salirse con suya. Nos acercamos hasta donde
provenía el murmullo de unas chicas. Roberto carraspeó, el murmullo se detuvo.
–
Perdonad chicas ¿me podéis cuidar esto un rato? – dijo dándome palmadas
en el hombro.
Sin dar tiempo a que nadie respondiera se
apartó de mí. Escuché sus pasos hacia la salida y el sonido de la puerta al
cerrarse. Me quedé ahí plantado sin saber que hacer. El cabrón me había hecho
el lío. Me puse algo nervioso y empecé a tantear a ver si encontraba la barra o
algo para orientarme. De pronto alguien me cogió del brazo.
–¿Necesitas que te ayude? – Me dijo una
voz suave y ligeramente aguda, como un maullido. – Siéntate con nosotras si
quieres. – Se puso cerca de mí y me guio hasta una silla a su lado. Su pelo me
rozó la cara, era suave y liso. A pesar de la peste del local pude sentir su
perfume, me resultaba familiar, aunque no lograba distinguirlo.
–Menudo cabrón tu amigo ¿no? – dijo otra
de las chicas poco después de sentarme. Se hizo un silencio algo incómodo.
– Sí… bueno… – Respondí un poco nervioso.
Me tenía que tranquilizar, que mierda le iba a decir mañana a Roberto si me
rajaba. Intenté pensar en algo gracioso para romper el hielo – Es que siempre
que salgo me pongo muy ciego y al final pues acaba harto.
Funcionó a la perfección. Se empezaron a
reír y desde ese momento cambió el ambiente. Aunque me hicieron algunas de las
preguntas de siempre (que cómo uso el móvil, que si cómo me oriento y todo eso)
me trataron con mucha naturalidad. Marta, la chica con voz de gato, me cogía la
mano por momentos mientras hablábamos. Tenía los dedos suaves y delgados y las
uñas ligeramente largas. Debieron pasar horas, no quise preguntar y la verdad
es que me daba igual. Cuando se empezaron a despedir, Marta se ofreció a
llevarme a casa. Hasta ese momento no había pensado en como volver, a decir verdad,
ni tan siquiera sabía donde estábamos. Me agarró del brazo, hombro con hombro,
y salimos del pub hacia su coche. Una vez fuera por fin identifiqué su perfume,
aroma a azahar. Me sentía como si camináramos entre naranjos en flor. Me ardían
las mejillas. Pasamos por un camino de grava, supuse que había aparcado en un
descampado. Nos metimos en su coche, parecía estrecho, debía ser algo antiguo.
– ¿Vives solo? – Me dijo
–No, en casa de mis padres. – Contesté
algo avergonzado sin saber muy bien por qué.
–Oh, que pena– susurró mientras me
acariciaba la nuca con la yema de los dedos.
Primero sentí su aliento cálido en la oreja,
luego un pequeño mordisco en el lóbulo. Se me erizó la piel y me estremecí de
arriba abajo, sentía como si el corazón se me fuera a salir del pecho. Me lancé
sobre ella y nos empezamos a besar. Quizá por el alcohol, pero cuando me quise
dar cuenta ya estábamos en el asiento de atrás. Nos quitamos la ropa como poseídos
lanzando las prendas sobre cualquier lado. La acaricié, sentí sus curvas, los
valles y montañas de su piel. Su cuerpo era flexible, suave y blando. Sus
caderas se movían al ritmo con las mías. El azahar se mezclaba con nuestro
sudor para crear olores nuevos.
Cuando terminamos me llevó a casa. Nos despedimos
con palabras sencillas y dándonos nuestro número de teléfono. Entré a casa y
escuché un mensaje de Roberto. “Sorry por hacerte la 13/14 ¿Qué, te han quitado
el precinto?”. “Nada tío, otra noche a cero. Se ha intentado”. Le contesté.
Sonreí y me fui a dormir.
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