Una mujer con ropa deportiva corre por un
camino de tierra que discurre entre campos de naranjos. El sol se esconde detrás
de unos bloques de edificios al fondo, dejando el cielo con tonalidades lilas y
anaranjadas. De pronto la mujer se detiene y clava la mirada sobre un
contenedor de basura al borde del camino. Lo observa con interés, entrecerrando
los ojos como si creyera haber visto a un viejo conocido. Algo sobresale
ligeramente de su tapa entreabierta. Se acerca y la abre. Multitud de moscas se
abalanzan sobre ella, hace aspavientos tratando de ahuyentarlas. Al mirar
dentro ahoga un grito de emoción. Entre las muchas bolsas destaca una de gran
tamaño de la que rebosan fajos de billetes. Después de unos instantes empieza a
estirar de las asas intentando sacar la bolsa haciendo ostensibles gestos de
esfuerzo. La bolsa apenas se mueve, las asas se tensan y acaban por ceder, rasgando
el plástico y desparramando los billetes dentro y fuera del contenedor. La
mujer maldice en voz alta y da una patada al aire. Intenta recoger los billetes
caídos en el suelo, pero hay tantos que no le caben en las manos y acaba por
soltarlos. Se palpa los bolsillos, da vueltas en círculo. De repente se
apresura a colocar en el contenedor todos los billetes esparcidos, cierra bien
la tapa y sale disparada en sentido contrario al que venía. Empieza a anochecer,
entra a toda prisa en la ciudad y atraviesa corriendo varias manzanas. Llega finalmente
a una zona urbanizada y se detiene jadeando en frente de una casa baja. Abre la
cerradura con una llave y entra en el domicilio. Segundos después se levanta la
puerta del garaje y sale ella conduciendo un monovolumen. Atraviesa la ciudad
sin detenerse en los semáforos en rojo y adelantando en sentido contrario a
varios vehículos. Hace caso omiso a los pitos y gritos de otros conductores y
viandantes. Sujeta con tanta fuerza el volante que los nudillos se le quedan
blancos. Ya es noche cerrada cuando al fin llega al camino sin asfaltar. Entra sin
tan siquiera quitar el pie del acelerador, haciendo temblar el vehículo en cada
bache y generando una gran nube de polvo. Conduce cientos de metros por el
camino solo iluminado por las luces del coche hasta que por fin llega hasta el
contenedor y se detiene derrapando. Se lanza del vehículo al contenedor y lo
abre. El dinero sigue ahí. Corre al maletero a por una linterna y dos grandes
bolsas de deporte y comienza a llenarlas de billetes. Mete hasta el último
billete y guarda las bolsas en el maletero. Mira de un lado a otro apuntando
con la linterna, sube al coche, arranca y da media vuelta. Conduce de vuelta a
la misma casa más despacio pero mirando los retrovisores más de lo habitual. Al
llegar a la casa saca las bolsas del maletero, las lleva hasta la cocina y las
esconde debajo del fregadero. Se prepara una tila con las manos temblorosas derramando
algo de agua sobre el mármol. Se sienta en un taburete de la cocina, sujeta el
vaso caliente con las dos manos y suspira profundamente. En ese momento, un
hombre vestido con un traje negro se acerca a la puerta de la casa y llama al
timbre. Se escucha el sonido de un vidrio rompiéndose al caer contra el suelo.
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