Cada día que Helena pasaba por la sala tres se convertía en un animal. El sonido del oxidado pestillo de la celda, marcaba el inicio de aquel insólito ritual de transformación; luego, mientras los guardias la levantaban y la empujaban por el pasillo, Helena desaparecía. A veces pasaban días hasta que volvía a recobrar la conciencia sobre sí misma; en su lugar, una bestia agazapada contra la esquina de aquel pequeño y oscuro cubículo, exhibía sus instintos más primarios. Después de varios meses de encarcelamiento y continuadas visitas a la sala tres, entendió que mientras siguiera siendo Helena, no sería capaz de resistir la brutalidad de su vida actual; y así nació el animal y murió la mujer. Lo que más le costó, sin duda, fue mantener los ojos abiertos al entrar en la habitación y dejar de ver a la persona que tenía delante; porque en realidad, no era una persona, sino otra bestia. Y así, progresivamente, las vistas a la sala tres se convirtieron en un encuentro de animal a animal, sin razón de por medio; solo un cúmulo de conexiones cerebrales, procesos químicos y fluidos corporales. Una relación entre iguales y una demostración de la ferocidad de la naturaleza; y nada más, que no es poco. El agudo dolor físico que sentía durante y después de aquellos encuentros, era el ingrediente principal de aquella especie de tortuoso viaje hacia su naturaleza más primitiva. Este juego mental de supervivencia nunca la libró del sufrimiento; no obstante, convertirse en animal significaba despojar al otro, aquel hombre empeñado en hacerle sufrir, de toda condición humana y por tanto de todo poder; toda capacidad de control sobre ella, era mera casualidad. El animal la protegió y la cuidó hasta final de sus días.
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