Era una noche tranquila en el Denny’s de
Umatilla road en el pueblo de Herminston, Oregón. Lucy canturreaba mientras se
paseaba por las mesas recogiendo platos, contenta ahora que se había detenido
el incesante ruido del aserradero. A estas horas de la noche quedaban pocas
caras conocidas, la mayoría eran trabajadores estacionales, forasteros buscando
fortuna en forma de salmón del Columbia river. Lucy los miraba de reojo con
recelo. Sus caras toscas y pelos enmarañados le inspiraban desconfianza.
- Joe ¿te importaría quedarte conmigo hasta
la hora de cierre?- Dijo dirigiéndose a un hombre grande de
mediana edad y pinta de bonachón sentado en la barra cerca de ella. Llevaba una
camisa de cuadros propia de los trabajadores del aserradero. - El tipo ese gordo con gorra de la esquina
me mira raro.
- Claro Lucy, no hay problema cariño. Anda
se buena y ponme otra cerveza.
- Mary me ha dicho que no te sirva cerveza.
Dice que si tomas tanto alcohol no te hacen efecto las pastillas para el
corazón. - contestó ella cruzando los brazos y frunciendo
el ceño.
-¡Pero mi hija que sabe! Además, yo estoy
hecho un toro. Tomo la medicación por tenerla contenta más que por otra cosa - Dijo dándose golpecitos en el pecho sobre el
bolsillo de la camisa, de donde sobresalía una caja de pastillas. - Es la última ronda te lo prometo - Dijo finalmente guiñándole un ojo. Se le escapó una sonrisa y le sirvió la cerveza a regañadientes. No le gustaba traicionar a su amiga.
Los clientes comenzaron a marcharse poco a
poco hasta que Lucy y Joe se quedaron solos con el hombre gordo. Este seguía en
la mesa de la esquina comiendo una tarta de manzana y mirándola de reojo de vez en cuando por encima del periódico.
- Lucy cariño, se me está haciendo un poco
tarde…
- Joe por el amor de Dios no te vayas, no
me quiero quedar sola con él- Suplicó Lucy poniendo su voz más encantadora. -No para de mirarme.
En ese momento el hombre de la esquina terminó su tarta,
se levantó y fue hacia la barra dando pasos pesados. Sacó un billete de 20
dólares y lo dejó encima de la barra.
-Quédate el cambio - Dijo con una voz áspera y profunda, mirándole
más las piernas que los ojos, y salió del local.
Lucy dio un suspiro de alivio y comenzó a
recoger lo poco que faltaba. Joe se quedó con ella, no fuera a ser que ese
hombre la estuviera esperando en el parking. Salieron por fin a la calle.
“Buenas noches, Joe” Dijo Lucy mientras se
daba la vuelta y caminaba hacia su coche.
De pronto Lucy notó que alguien la rodeaba
con un brazo por el pecho y le ponía un pañuelo sobre la nariz y boca. Las
piernas le fallaron, se le cerraron los ojos y perdió el conocimiento.
Lucy despertó. Todo le daba vueltas. Veía
borroso y se sentía confusa. Trató de decir algo, pero se dio cuenta de que
estaba amordazada. Tenía también las manos atadas detrás de la cañería de un
radiador. Bajó la vista. Tenía la camisa abierta, el sujetador mal puesto y la falda rasgada.
Le dolía todo el cuerpo, había varios moratones sus piernas y brazos. Estaba
en un sótano oscuro, si estiraba la cabeza podía ver unas escaleras que subían
hacia lo que debía ser una casa. De pronto, se escuchó el ruido de una
cerradura. Alguien había entrado y vuelto a cerrar con llave. Unos pasos
pesados comenzaron a bajar haciendo retumbar los peldaños metálicos. Se asomó
una cabeza. Era Joe con una sonrisa de oreja a oreja llevando un plato con un
sándwich y un vaso de leche.
- He pensado que tendrías hambre - Se acercó, dejó el plato en el suelo
cerca de Lucy y le quitó la mordaza.
- Joe, Joe ¡¿que es esto?! ayúdame, sácame
de aquí- Dijo Lucy
dando patadas al aire completamente fuera de sí.
- No te preocupes que todo está bien, este
es un lugar seguro - contestó,
exagerando más aún su sonrisa hasta convertirla en una mueca.
Lucy no lo podía creer, una ola de pánico
le sobrevino y empezó a chillar con todas sus fuerzas. Un instante después el
puño de Joe le estalló contra su cara. Lucy perdió el sentido unos instantes. La
realidad era una mancha borrosa. Le pitaban los oídos. No podía moverse, no
podía hablar.
- Niñata consentida. Gritar no sirve de una
mierda. Esto está insonorizado joder, que eres estúpida, quien te crees que soy.
- Joe
ya no sonreía. Su cara se había puesto roja de furia. Se acercó a una nevera,
se abrió una cerveza y se sentó en una silla delante de Lucy.
-Las niñas sois todas unas caprichosas
desagradecidas - Decía
apuntándole con el dedo entre trago y trago - Lo hacemos todo por vosotras y no os
importa nada. Os paseáis contoneándoos por ahí, provocando. Como si no
supierais lo que quieren, lo que quieren todos. Lo que quiero yo. -dijo estrellando la botella contra la pared.
Lucy luchaba por mantener los ojos
abiertos. Él se levantó de un golpe y fue hacia ella. La desató, la cogió en
brazos como a una pluma y la cargó en los hombros hasta colocarla sobre el
banco de trabajo. Se quedó boca arriba, espatarrada de pies y manos e incapaz de
hacer nada. Joe comenzó a manosearla recorriendo todo su cuerpo de arriba abajo
con sus dedos gruesos como raíces de un árbol.
-No, no por Dios. Repetía ella una y otra
vez.
Eso no hacía más que enfurecer a Joe, su
cara se ponía más y más roja. Le dio otro gran golpe en las costillas. Un sabor
metálico llenaba la boca de Lucy.
-No sabéis cuando callar. Siempre hay una
queja para todo. Eso se ha acabado - Se acercó a la pared y cogió una sierra de arco. Ella
le miraba aterrorizada. No era capaz de mover un músculo.
De pronto Joe se quedó clavado en el suelo y empezó a temblar. Se llevó
la mano al bolsillo de la camisa tratando de coger una pastilla, pero ya era
muy tarde. La sierra se le cayó de las manos. Dio un gruñido como el de un animal
y se desplomó contra el suelo.
Pasó un buen rato hasta que Lucy pudo
moverse. Él seguía inmóvil en el suelo. Ella bajó del banco y se arrastró como
pudo hasta las escaleras. Se incorporó con la ayuda de la barandilla y comenzó
a subir a duras penas. La llave estaba en la cerradura. Abrió la puerta, la luz
le deslumbró, ya era de día. Reconoció la casa y caminó encorvada en dirección
a la puerta de salida.
-¿Lucy? - Dijo una chica en pijama mirándola con
cara de incredulidad.
-Mary…
Las dos amigas se quedaron mirándose sin
saber que hacer.
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