jueves, 17 de diciembre de 2020

Arquetipo personaje (Alberto QG)

 

La noche estaba siendo larga, otra vez me había dejado liar. Ya eran las cuatro y ahí seguía yo, en la plaza del Glop, sentada en el mismo sitio que la semana pasada, con mi hermana pasadísima dormida sobre mis piernas, sus amigos hablando de las mismas tonterías de siempre y con una lata de cerveza imbebible de marca impronunciable en la mano. Mientras escuchaba a los de la guitarra de al lado berrear Maricarmen por enésima vez, solo podía pensar en las dos horas que quedaban hasta el primer metro de vuelta a casa. Desde luego, esto no es lo que yo imaginaba que eran las fiestas en la universidad.

En ese momento apareció él por la calle de en frente. Tenía unas piernas largas y delgadas embutidas en unas mallas a cuadros y vestía un chaleco rojo sin nada debajo que dejaba ver su cuerpo negro, fibroso y lleno de tatuajes. Me quedé hipnotizada mirándole, tanto sus andares elásticos como su cresta afro parecían no estar dominados por las leyes de la física. Pasó entre la multitud ajeno a todo, como si no notara que estábamos allí. No se parecía a nadie que yo hubiera visto jamás. Desapareció entre las callejuelas y supe que tenía que seguirle. Puse la cabeza de mi hermana encima de mi chaqueta y salí corriendo sin dar explicaciones. Creí haberle perdido hasta que le vi doblar una esquina unas calles más adelante. Traté de acelerar maldiciendo mi falda de tubo, pero no le alcanzaba, cada vez que me acercaba un poco me volvía a ganar terreno. Le seguí hasta donde acaba Beni y comienzan los campos al otro lado de la carretera. Me estaba alejando más de la cuenta, pero no estaba dispuesta a volver atrás. Crucé la carretera tras él y le seguí por una zona de huerta con algunas casitas. Se acercó a un muro de bloques de hormigón y empezó a mirar hasta que encontró un agujero, contorsionó su cuerpo y desapareció tras él. Me acerqué al agujero y me quedé mirando al otro lado, sopesando si entrar sería una buena idea. No se veía nada detrás, solo unos matorrales y algunas litronas tiradas por el suelo. De repente, una mano invitante apareció tras el agujero haciendo señales para que pasara. No lo pensé más, entré.

El dueño de la mano resultó ser un chico de mi edad con una melena enmarañada entre la que destacaban unos enormes ojos color turquesa. Me sonrió enseñándome toda su dentadura blanca y perfecta. Miré a mi alrededor, estábamos en una gran explanada diáfana. Cerca de mí una pista de skate, al fondo, decenas de personas bailando al ritmo de la música entre focos de colores. No sabía que hubiera lugares así entre los campos.

“¿Dónde estamos?” le pregunté al chico de los ojos verdes.

“No estamos en la escombrera, eso desde luego” me contestó riendo mientras lamía el extremo de un papel de fumar.

No tenía ni idea de que quería decir con eso, pero decidí que era mejor no preguntar. Tenía que centrarme en mi objetivo. “¿Has visto a un tío con un chaleco rojo?”

“No lo sé, por aquí pasa mucha gente, ni me acuerdo de todos, ni lo intento… ¿Quieres M?” Dijo abriendo delante de mí una bolsita con unos cristales blanquecinos. Nunca me ha parecido mal que la gente me ofrezca cosas, pero yo por aquel entonces ya había oído hablar de las consecuencias poco agradables de tomar algo que te ofrece un desconocido, nunca puedes saber si es veneno. Como si me hubiera leído la mente, el chico cogió una pequeña cantidad con el dedo y se lo llevó a la boca. Al ver que él mismo lo había tomado supuse que no habría peligro y lo probé. Nada más chuparlo comencé a notar una sensación muy extraña, la punta de mis dedos me hacía cosquillas en la palma de la mano, el tejido de mi blusa parecía más suave que nunca. Parpadeé varias veces y entonces distinguí su figura bailando entre la multitud. Las luces parecían estar más bonitas que nunca. Fui tras él.

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