Martes 09.00 h de la mañana, un día más, de una semana más,
de un mes más. A veces la oficina se hacía tremendamente tediosa, mismos
compañeros, mismas tareas, misma rutina sin cambios, una vida ordenada con
momentos ordenados.
09.35 h, Carlos entró en la sala de forma estrepitosa, tropezando
al intentar salir del ascensor con una lanza, acabando finalmente dándose de
bruces contra una puerta.
– Una lanzaaa!!! Todos estábamos atónitos, algunos no
querían ni mirar, yo sí, me encantaba averiguar que nueva excusa se le había
ocurrido. Las excusas de Carlos siempre eran divertidas, imaginativas,
extravagantes e irracionales…, aunque casi siempre inventadas, eran un golpe de
aire fresco en mis aburridos días. Y allí estaba el, plantado en mitad de la
sala intentado alisarse el traje arrugado por el tropezón, con un portafolio en
la mano derecha y una lanza al estilo “zulú” en la izquierda, parecía acabar de
salir de la “película Jumangi”. Dignamente entre miradas inquisitivas se atusó el
pelo y se dirigió al despacho, donde se encontraba la reunión a la que llegaba
35¨ minutos tarde.
Al abrirse la puerta, pudimos escuchar como mi jefe lo
excusaba; - ¡Los creativos son así!
Yo sabía que sucediera lo que sucediera con el cliente, solo
se ganaría un par de reproches, …. nadie en la empresa era capaz de superar su
imaginación y originalidad en las propuestas que presentaba, aunque también
sabía, que necesitaría todo un ejército para darle forma al proyecto final, y
en ese equipo estaría yo, poniendo orden y racionalidad a sus locuras, porque …
lanzada una idea, nunca jamás acababa lo que empezaba.
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