jueves, 18 de febrero de 2021

Narrador en segunda persona. Alberto QG

 

Te pones un buen vestido, uno primaveral, el de flores que te gusta. Cojeas hasta el coche. Sabes bien que los años no perdonan y dos operaciones de cadera son testigo. Conduce lenta, haciendo caso omiso de la impaciencia y pitos de algunos conductores. Hace tiempo que vives ajena al mundo de las prisas y la urgencia. Llegas al centro comercial, montones de gente pasea de tienda en tienda en familia o grupitos de amigos. Decides tomarte un café en esa cafetería moderna que tanto le gustaba a tu hijo. Solo se vive una vez, piensas, para algo has trabajado toda la vida, mañana ya quien sabe donde estarás. Miras a los otros clientes, son todos jóvenes, demasiado jóvenes, algunos casi podrían ser tus nietos si los tuvieras. Tienes que ir a la tienda de teléfonos, así que te levantas y pagas los excesivos cuatro cuarenta del café con leche y sales. La tienda es enorme, te diriges al mostrador. Hay una chica joven de no más de 18 años, apoyada sobre el vidrio, mascando chicle y con la cremallera del uniforme bajada más de lo que tu consideras decente.

-Buenos días, señorita ¿Me preguntaba si me podría echar una…?

- ¿Qué quieres? - Te interrumpe sin moverse un palmo, mirándote de reojo y haciendo una pompa con el chicle.

-Emm… sí mire, es que me ha llegado una factura de teléfono este mes de casi doscientos euros y no se de que es.

-Si miras en la aplicación te sale de que es cada gasto- Contesta, esta vez sin tan siquiera dirigirte la mirada.

-¡Disculpe señorita! ¡Soy una clienta y me gustaría un poco de respecto, al menos querría que me mirara usted a la cara! - Dices alzando mucho la voz.

Un chico no mucho mayor, con acné y el uniforme y gorra de la compañía se acerca a ver si puede calmarte.

- Disculpad ¿Qué sucede? ¿Tiene usted algún problema? -Dice mirándonos alternativamente a las dos.

-Pss, a esta se le va la pinza - Le dice la chica en voz baja haciendo como si no pudiera oírle.

- ¿Es usted el encargado? Me gustaría que me ayudaran, que mi tiempo vale dinero y si no al final voy a tener que poner una hoja de reclamaciones.

- Sí, soy el store manager. A ver, explíqueme su problema señora - Te dice con cierta condescendencia.

- Tengo este mes una factora del teléfono de case doscientos euros y no sé por qué. Exijo una explicación.

Me toma los datos y comienza a mirar una pantalla y a asentir con la cabeza.

- Aquí está el problema. Ha estado usted alquilando películas de Google play y tiene activada la opción de cargo en factura de teléfono.

- Pero eso no puede ser. Yo no he activado nada. Bueno no sé, es que esas cosas antes me las miraba mi hijo. -Contestas con la voz temblorosa.

-Si quiere se lo desactivo yo.

Se lo das. Te tiemblan las manos de impotencia. No te aclaras con estos trastos y no hay ya quien te ayude.

-¿Pero entonces me devuelven el dinero?

-Lo siento señora, pero eso no lo podemos hacer. Es un gasto que usted ha hecho al adquirir contenido digital.

-Esto es una vergüenza. Quiero el libro de reclamaciones.

-No tenemos, puede usted acceder a nuestra web y poner desde ahí una reclamación.

Le quitas le móvil de la mano con malos modos y te das la vuelta. No quieres que te vean así. Caminas hacia al baño lo más rápido que puedes mientras sientes un cosquilleo en los lagrimales. Te lavas la cara y se te corre el maquillaje. Miras al espejo y me ves. Tan igual a ti, perfectamente simétrica. Triste huella de lo que fuiste. Recuerdo constante de nuestra decadencia.

 UNA COMIDA ESPECIAL

Acabas de llegar del instituto, hoy comerás cualquier cosa para después echarte un rato al sofá. Has tenido una mañana dura, examen de filosofía y varias horas de clase en un aula donde tus compañeros chillan y huelen por igual.

Después de pasear a Coki, que esperaba ansioso con la correa en la boca, por fin abres la puerta de la nevera, y pasas largo rato en esta misma posición cuando llaman por teléfono.

-¿Diga?

- Ana voy a comer con una compañera de trabajo- es tu hermana mayor

-¿Pero hay algo para comer?

-Prepara una ensalada, hay lechuga en la nevera, y algo de carne, el otro día compré albóndigas.

-De acuerdo. ¿Cuánto tardas?

-Una media hora

-Vale, hasta ahora- y cuelgas.

Te pones en marcha inmediatamente, no tienes ni idea de que hacer, pero vas a desplegar todas tus dotes culinarias.

Abres la nevera, coges la lechuga del cajón de las verduras y preparas una ensalada ligera. De plato principal, con el tiempo del que dispones, decides hacer unas albóndigas con tomate, el tomate frito es una apuesta segura. Te sobra tiempo, así que te pones a batir claras para hacer merengue que acompañarás de unas láminas de hojaldre tipo milhojas. Preparas la mesa pequeña, al fin y al cabo solo sois tres. En ese momento abren la puerta y entran en el salón antes de que tú acudas.

- Ana te presento a Noelia

-¿Qué tal Noelia?- preguntas con una gran sonrisa a modo de bienvenida

-Bien – la chica es parca en palabras. Está muy delgada y no tiene cara de ser muy simpática, pero lo que más te llama la atención es el enorme zanco de su zapato y la muleta, en la rodilla de la pierna del zanco lleva algo, una especie de aparatejo del que debes despegar la vista porque ella te está mirando.

-¿Comemos?- La verdad es que quizá no fue buena idea que preparases la mesa pequeña.

Le indicas a Noelia que se siente mientras vosotras traéis la comida, aunque cambias de idea cuando la ves lidiar con la muleta, el zanco, la silla, el mantel y las patas de la minúscula mesita que cada vez te parece más pequeña. Cuando está todo en orden por fin vas a la cocina, todavía tienes que montar las milhojas. Al parecer no es tan fácil como creías, termina siendo una crema algo más líquida de lo que quisieras con trozos de hojaldre flotando, que al intentar arreglarla forman una amalgama a la que para salvar las apariencias vas a llamar milhoja desestructurada.

Por fin sentadas empezáis a hablar de vuestro día, ellas hablan de un caso de esquizofrenia, Mari te empieza a contar una anécdota de una consulta, el paciente sufría parálisis cerebral, y se lo olvidaron cuando salieron corriendo por una alarma de incendios, por supuesto tuvo que volver a por él. Comíais la ensalada y Mari te pregunta

-¿Qué lechuga has usado?

-La del cajón de verduras

-¿No habrás cogido la acelga?

-No sé, yo he visto unas hojas verdes y pensé que sería lechuga

-No. Es acelga seguro- dice Noelia en el momento en el que deja un trozo de la falsa lechuga en el plato.

- Vaya, lo siento, si queréis empezamos con las albóndigas- a ti te parece que no está tan mal, pero piensas que quizá sea mejor pasar al plato principal.

Empiezas a servir las albóndigas con tomate, cuatro para cada una serán suficientes, si quieren podrán repetir. Mientras las sirves te llega el aroma del plato, con las prisas no habías podido probarlo, no le has puesto sal pero suelen estar bien condimentadas.

En ese momento olisqueas mejor, ese olor..., ese olor te resulta familiar. Te sientas y las tres en silencio empezáis a probar el plato. El primer trozo es decisivo. Estas albóndigas tienen trocitos y saben como huelen, pero ese olor no puede ser. Sin levantar la mirada cortas otro trozo. Mientras te lo metes en la boca levantas la vista. Tu hermana está masticando también. Todo sigue en silencio. Mantenéis la mirada. Sus ojos te dicen lo que ya sabes.

- Esta comida sabe a ...- dice

- comida de Coki- dices sin dejarle terminar la frase.

En ese momento Noelia se levanta de la mesa tirando la muleta, y a zancadas más deprisa de lo que jamás hubieses soñado llega al baño para vomitar, tirar, expulsar, eliminar de su cuerpo aquella bola de carne que tenía en la boca, con trozos de huesos y cartílago machacado.

-¿Pero dónde la has comprado?- le dices a Mari algo alterada

-En el súper, del refrigerador que está pegado a la carnicería

-¿Ese que tiene un cartel arriba que pone comida de animales?- le respondes en tono de sorna.

Mari acude en ayuda de su compañera. Cuando vuelven las dos, Noelia decide que tiene que irse, al parecer no le ha sentado bien la comida y tiene algo de prisa. Quieres decirle que lo sientes, pero la verdad es que lo has hecho lo mejor que sabes, ¡y lo de las albóndigas no ha sido cosa tuya!.

Al cerrar la puerta de casa, coges la milhoja, te sientas en la mesa con tu hermana, y mientras coméis esa sopa con tropezones no podéis evitar parar de reír.


 

EL INCAPAZ

Tuviste que aprender rápido, sin hermanos tus padres se divorciaron cuando eras aún un niño. Intentaste reclamar su atención haciendo que te expedientaran en todos los colegios, hasta que finalmente en contra de lo que tú esperabas, tus padres te exiliaron en un internado para niños digamos... problemáticos. Allí te diste cuenta de que estabas solo, solo por siempre, y te forjaste un carácter que no permite a nadie traspasar ese muro que construiste.

Tal vez cuando ella te conoció pensó que había algo más, encontró algo especial que nadie entendía, pero con el tiempo tú lo destruyes todo, no sabes si es odio o incapacidad.

Ella te espera, pero tú no tienes prisa, Cuando traspases la puerta ella te dirá que tenéis que hablar, te sentarás y escucharás sus reproches, sus lloros, pero a ti te dará igual, aunque le dirás que todo mejorará tan solo para que se calle, le dirás como otras mil veces que intentarás hacerla feliz, al día siguiente le comprarás cualquier cosa y como siempre ella seguirá a tu lado. Eres consciente de que le das migajas, que eres incapaz de demostrar cariño, pero necesitas tener a alguien que te quiera aunque sepas que le harás desgraciado.

Llegas a casa, abres la puerta despacio, con un poco de suerte estará dormida y no tendrás que aguantar el melodrama de turno. Dejas las llaves en la entrada, huele a su perfume, magnolias. Te acercas a la nevera y coges una cerveza, hay pastel de manzana, seguramente lo habrá hecho esperando que vinieses a cenar tal como le prometiste, ella sabe que te gusta. La cocina está ordenada. Encima de la mesa tienes el correo y le echas un vistazo con desgana, casi todo son facturas. Hay otra carta, no tiene remite, la habrán entregado en mano, delante pone tu nombre. Pegas un largo trago de cerveza y la abres.

Por fin alguien ha derrumbado tu muro, te mentiste a ti mismo, sólo cuando te dejó consiguió que sintieras algo parecido al cariño. Arrugas la carta y mientras la aprietas dentro de tu puño como si quisieras desintegrarla, como si su destrucción hiciese que nada de esto hubiese ocurrido, retienes tu rabia y lloras como nunca lo habías hecho.

jueves, 11 de febrero de 2021

Night at Denny’s (Alberto QG)

 

Era una noche tranquila en el Denny’s de Umatilla road en el pueblo de Herminston, Oregón. Lucy canturreaba mientras se paseaba por las mesas recogiendo platos, contenta ahora que se había detenido el incesante ruido del aserradero. A estas horas de la noche quedaban pocas caras conocidas, la mayoría eran trabajadores estacionales, forasteros buscando fortuna en forma de salmón del Columbia river. Lucy los miraba de reojo con recelo. Sus caras toscas y pelos enmarañados le inspiraban desconfianza.

- Joe ¿te importaría quedarte conmigo hasta la hora de cierre?-  Dijo dirigiéndose a un hombre grande de mediana edad y pinta de bonachón sentado en la barra cerca de ella. Llevaba una camisa de cuadros propia de los trabajadores del aserradero. - El tipo ese gordo con gorra de la esquina me mira raro.

- Claro Lucy, no hay problema cariño. Anda se buena y ponme otra cerveza.

- Mary me ha dicho que no te sirva cerveza. Dice que si tomas tanto alcohol no te hacen efecto las pastillas para el corazón. -  contestó ella cruzando los brazos y frunciendo el ceño.

-¡Pero mi hija que sabe! Además, yo estoy hecho un toro. Tomo la medicación por tenerla contenta más que por otra cosa -  Dijo dándose golpecitos en el pecho sobre el bolsillo de la camisa, de donde sobresalía una caja de pastillas. - Es la última ronda te lo prometo -  Dijo finalmente guiñándole un ojo. Se le escapó una sonrisa y le sirvió la cerveza a regañadientes. No le gustaba traicionar a su amiga.

Los clientes comenzaron a marcharse poco a poco hasta que Lucy y Joe se quedaron solos con el hombre gordo. Este seguía en la mesa de la esquina comiendo una tarta de manzana y mirándola de reojo de vez en cuando por encima del periódico.

- Lucy cariño, se me está haciendo un poco tarde…

- Joe por el amor de Dios no te vayas, no me quiero quedar sola con él- Suplicó Lucy poniendo su voz más encantadora. -No para de mirarme.

En ese momento el hombre de la esquina terminó su tarta, se levantó y fue hacia la barra dando pasos pesados. Sacó un billete de 20 dólares y lo dejó encima de la barra.

-Quédate el cambio - Dijo con una voz áspera y profunda, mirándole más las piernas que los ojos, y salió del local.

Lucy dio un suspiro de alivio y comenzó a recoger lo poco que faltaba. Joe se quedó con ella, no fuera a ser que ese hombre la estuviera esperando en el parking. Salieron por fin a la calle.

“Buenas noches, Joe” Dijo Lucy mientras se daba la vuelta y caminaba hacia su coche.

De pronto Lucy notó que alguien la rodeaba con un brazo por el pecho y le ponía un pañuelo sobre la nariz y boca. Las piernas le fallaron, se le cerraron los ojos y perdió el conocimiento.

 

Lucy despertó. Todo le daba vueltas. Veía borroso y se sentía confusa. Trató de decir algo, pero se dio cuenta de que estaba amordazada. Tenía también las manos atadas detrás de la cañería de un radiador. Bajó la vista. Tenía la camisa abierta, el sujetador mal puesto y la falda rasgada. Le dolía todo el cuerpo, había varios moratones sus piernas y brazos. Estaba en un sótano oscuro, si estiraba la cabeza podía ver unas escaleras que subían hacia lo que debía ser una casa. De pronto, se escuchó el ruido de una cerradura. Alguien había entrado y vuelto a cerrar con llave. Unos pasos pesados comenzaron a bajar haciendo retumbar los peldaños metálicos. Se asomó una cabeza. Era Joe con una sonrisa de oreja a oreja llevando un plato con un sándwich y un vaso de leche.

- He pensado que tendrías hambre - Se acercó, dejó el plato en el suelo cerca de Lucy y le quitó la mordaza.

- Joe, Joe ¡¿que es esto?! ayúdame, sácame de aquí- Dijo Lucy dando patadas al aire completamente fuera de sí.

- No te preocupes que todo está bien, este es un lugar seguro - contestó, exagerando más aún su sonrisa hasta convertirla en una mueca.

Lucy no lo podía creer, una ola de pánico le sobrevino y empezó a chillar con todas sus fuerzas. Un instante después el puño de Joe le estalló contra su cara. Lucy perdió el sentido unos instantes. La realidad era una mancha borrosa. Le pitaban los oídos. No podía moverse, no podía hablar.

- Niñata consentida. Gritar no sirve de una mierda. Esto está insonorizado joder, que eres estúpida, quien te crees que soy. -  Joe ya no sonreía. Su cara se había puesto roja de furia. Se acercó a una nevera, se abrió una cerveza y se sentó en una silla delante de Lucy.

-Las niñas sois todas unas caprichosas desagradecidas - Decía apuntándole con el dedo entre trago y trago - Lo hacemos todo por vosotras y no os importa nada. Os paseáis contoneándoos por ahí, provocando. Como si no supierais lo que quieren, lo que quieren todos. Lo que quiero yo. -dijo estrellando la botella contra la pared.

Lucy luchaba por mantener los ojos abiertos. Él se levantó de un golpe y fue hacia ella. La desató, la cogió en brazos como a una pluma y la cargó en los hombros hasta colocarla sobre el banco de trabajo. Se quedó boca arriba, espatarrada de pies y manos e incapaz de hacer nada. Joe comenzó a manosearla recorriendo todo su cuerpo de arriba abajo con sus dedos gruesos como raíces de un árbol.

-No, no por Dios. Repetía ella una y otra vez.

Eso no hacía más que enfurecer a Joe, su cara se ponía más y más roja. Le dio otro gran golpe en las costillas. Un sabor metálico llenaba la boca de Lucy.

-No sabéis cuando callar. Siempre hay una queja para todo. Eso se ha acabado - Se acercó a la pared y cogió una sierra de arco. Ella le miraba aterrorizada. No era capaz de mover un músculo.

De pronto Joe se quedó clavado en el suelo y empezó a temblar. Se llevó la mano al bolsillo de la camisa tratando de coger una pastilla, pero ya era muy tarde. La sierra se le cayó de las manos. Dio un gruñido como el de un animal y se desplomó contra el suelo.

Pasó un buen rato hasta que Lucy pudo moverse. Él seguía inmóvil en el suelo. Ella bajó del banco y se arrastró como pudo hasta las escaleras. Se incorporó con la ayuda de la barandilla y comenzó a subir a duras penas. La llave estaba en la cerradura. Abrió la puerta, la luz le deslumbró, ya era de día. Reconoció la casa y caminó encorvada en dirección a la puerta de salida.

-¿Lucy? - Dijo una chica en pijama mirándola con cara de incredulidad.

-Mary…

Las dos amigas se quedaron mirándose sin saber que hacer.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Ester Tomás

 



Cada día que Helena pasaba por la sala tres se convertía en un animal. El sonido del oxidado pestillo de la celda, marcaba el inicio de aquel insólito ritual de transformación; luego, mientras los guardias la levantaban y la empujaban por el pasillo, Helena desaparecía. A veces pasaban días hasta que volvía a recobrar la conciencia sobre sí misma; en su lugar, una bestia agazapada contra la esquina de aquel pequeño y oscuro cubículo, exhibía sus instintos más primarios. Después de varios meses de encarcelamiento y continuadas visitas a la sala tres, entendió que mientras siguiera siendo Helena, no sería capaz de resistir la brutalidad de su vida actual; y así nació el animal y murió la mujer. Lo que más le costó, sin duda, fue mantener los ojos abiertos al entrar en la habitación y dejar de ver a la persona que tenía delante; porque en realidad, no era una persona, sino otra bestia. Y así, progresivamente, las vistas a la sala tres se convirtieron en un encuentro de animal a animal, sin razón de por medio; solo un cúmulo de conexiones cerebrales, procesos químicos y fluidos corporales. Una relación entre iguales y una demostración de la ferocidad de la naturaleza; y nada más, que no es poco. El agudo dolor físico que sentía durante y después de aquellos encuentros, era el ingrediente principal de aquella especie de tortuoso viaje hacia su naturaleza más primitiva. Este juego mental de supervivencia nunca la libró del sufrimiento; no obstante, convertirse en animal significaba despojar al otro, aquel hombre empeñado en hacerle sufrir, de toda condición humana y por tanto de todo poder; toda capacidad de control sobre ella, era mera casualidad. El animal la protegió y la cuidó hasta final de sus días.

jueves, 21 de enero de 2021

Historia objetiva (Alberto QG)

 

Una mujer con ropa deportiva corre por un camino de tierra que discurre entre campos de naranjos. El sol se esconde detrás de unos bloques de edificios al fondo, dejando el cielo con tonalidades lilas y anaranjadas. De pronto la mujer se detiene y clava la mirada sobre un contenedor de basura al borde del camino. Lo observa con interés, entrecerrando los ojos como si creyera haber visto a un viejo conocido. Algo sobresale ligeramente de su tapa entreabierta. Se acerca y la abre. Multitud de moscas se abalanzan sobre ella, hace aspavientos tratando de ahuyentarlas. Al mirar dentro ahoga un grito de emoción. Entre las muchas bolsas destaca una de gran tamaño de la que rebosan fajos de billetes. Después de unos instantes empieza a estirar de las asas intentando sacar la bolsa haciendo ostensibles gestos de esfuerzo. La bolsa apenas se mueve, las asas se tensan y acaban por ceder, rasgando el plástico y desparramando los billetes dentro y fuera del contenedor. La mujer maldice en voz alta y da una patada al aire. Intenta recoger los billetes caídos en el suelo, pero hay tantos que no le caben en las manos y acaba por soltarlos. Se palpa los bolsillos, da vueltas en círculo. De repente se apresura a colocar en el contenedor todos los billetes esparcidos, cierra bien la tapa y sale disparada en sentido contrario al que venía. Empieza a anochecer, entra a toda prisa en la ciudad y atraviesa corriendo varias manzanas. Llega finalmente a una zona urbanizada y se detiene jadeando en frente de una casa baja. Abre la cerradura con una llave y entra en el domicilio. Segundos después se levanta la puerta del garaje y sale ella conduciendo un monovolumen. Atraviesa la ciudad sin detenerse en los semáforos en rojo y adelantando en sentido contrario a varios vehículos. Hace caso omiso a los pitos y gritos de otros conductores y viandantes. Sujeta con tanta fuerza el volante que los nudillos se le quedan blancos. Ya es noche cerrada cuando al fin llega al camino sin asfaltar. Entra sin tan siquiera quitar el pie del acelerador, haciendo temblar el vehículo en cada bache y generando una gran nube de polvo. Conduce cientos de metros por el camino solo iluminado por las luces del coche hasta que por fin llega hasta el contenedor y se detiene derrapando. Se lanza del vehículo al contenedor y lo abre. El dinero sigue ahí. Corre al maletero a por una linterna y dos grandes bolsas de deporte y comienza a llenarlas de billetes. Mete hasta el último billete y guarda las bolsas en el maletero. Mira de un lado a otro apuntando con la linterna, sube al coche, arranca y da media vuelta. Conduce de vuelta a la misma casa más despacio pero mirando los retrovisores más de lo habitual. Al llegar a la casa saca las bolsas del maletero, las lleva hasta la cocina y las esconde debajo del fregadero. Se prepara una tila con las manos temblorosas derramando algo de agua sobre el mármol. Se sienta en un taburete de la cocina, sujeta el vaso caliente con las dos manos y suspira profundamente. En ese momento, un hombre vestido con un traje negro se acerca a la puerta de la casa y llama al timbre. Se escucha el sonido de un vidrio rompiéndose al caer contra el suelo.


jueves, 14 de enero de 2021

Propuesta de trabajo de los sentidos. Alberto QG

 

– ¡Que de verdad te lo prometo Juan, a las tías les encantan los tíos como tú! – Gritaba Roberto haciéndose oír por encima de un tema de Kidd Keo y del aire que entraba por las ventanas del coche.

– No sé, no lo acabo de ver… siempre que salimos me paso media noche contestando preguntas incómodas y luego el que triunfas eres tú. – Objeté.

– ¡Que no joder!¡Que te digo que hoy te quitan el precinto Juan! Pero no te pases dando pena, queremos que te follen no que te apadrinen –Contestó segundos antes de pegar un volantazo y frenar en seco. No me comí el salpicadero por milímetros, parecía que disfrutaba dándome esos sustos.

Apagó el motor, habíamos llegado. Cogí el bastón y abrí la puerta. Antes de que me diera tiempo a bajar del coche él ya había venido a mi lado a echarme una mano, solía tener esos detalles. Me cogió del brazo y caminamos así hasta la puerta de un local. No dejé de usar el bastón ni un momento, no sería la primera vez que me comiera un bordillo porque Roberto se hubiera olvidado de avisarme. Nada más entrar al pub me golpeó un tufo mezcla de lejía, cañería y canutos. Sonaba grunge más bien bajito, perfecto para no agobiarme con el ruido. Por como se escuchaba la música el local no debía ser muy grande. Había bullicio, pero no parecía demasiado lleno. Nos sentamos en la barra y pedimos un par de cervezas. Él casi no hablaba, estaba con las antenas puestas. Por aquel entonces yo había aprendido a tomarme con humor sus rituales de fin de semana.

–¡Eh! ¡Eh! Juan. Ahí hay un grupo de cuatro tías ¿Vamos o qué?

–No sé, creo que paso. –  Contesté dando unos golpecitos nerviosos sobre la barra.

–¡Eh! ¡Eh! Juan, mírame. –Dijo cogiéndome la cara con la mano y apretándome las mejillas como si quisiera que le mirara a los ojos– No puedes seguir así con 19 putos años. Confía en mí joder.

Me agarró del brazo y me arrastró a la otra punta del pub, poco me faltó para tropezar y tirarme la cerveza encima. Sabía ser bastante convincente cuando quería, pero si le hacía falta siempre encontraba otras maneras de salirse con suya. Nos acercamos hasta donde provenía el murmullo de unas chicas. Roberto carraspeó, el murmullo se detuvo.

  Perdonad chicas ¿me podéis cuidar esto un rato? – dijo dándome palmadas en el hombro.

Sin dar tiempo a que nadie respondiera se apartó de mí. Escuché sus pasos hacia la salida y el sonido de la puerta al cerrarse. Me quedé ahí plantado sin saber que hacer. El cabrón me había hecho el lío. Me puse algo nervioso y empecé a tantear a ver si encontraba la barra o algo para orientarme. De pronto alguien me cogió del brazo.

–¿Necesitas que te ayude? – Me dijo una voz suave y ligeramente aguda, como un maullido. – Siéntate con nosotras si quieres. – Se puso cerca de mí y me guio hasta una silla a su lado. Su pelo me rozó la cara, era suave y liso. A pesar de la peste del local pude sentir su perfume, me resultaba familiar, aunque no lograba distinguirlo.

–Menudo cabrón tu amigo ¿no? – dijo otra de las chicas poco después de sentarme. Se hizo un silencio algo incómodo.

– Sí… bueno… – Respondí un poco nervioso. Me tenía que tranquilizar, que mierda le iba a decir mañana a Roberto si me rajaba. Intenté pensar en algo gracioso para romper el hielo – Es que siempre que salgo me pongo muy ciego y al final pues acaba harto.

Funcionó a la perfección. Se empezaron a reír y desde ese momento cambió el ambiente. Aunque me hicieron algunas de las preguntas de siempre (que cómo uso el móvil, que si cómo me oriento y todo eso) me trataron con mucha naturalidad. Marta, la chica con voz de gato, me cogía la mano por momentos mientras hablábamos. Tenía los dedos suaves y delgados y las uñas ligeramente largas. Debieron pasar horas, no quise preguntar y la verdad es que me daba igual. Cuando se empezaron a despedir, Marta se ofreció a llevarme a casa. Hasta ese momento no había pensado en como volver, a decir verdad, ni tan siquiera sabía donde estábamos. Me agarró del brazo, hombro con hombro, y salimos del pub hacia su coche. Una vez fuera por fin identifiqué su perfume, aroma a azahar. Me sentía como si camináramos entre naranjos en flor. Me ardían las mejillas. Pasamos por un camino de grava, supuse que había aparcado en un descampado. Nos metimos en su coche, parecía estrecho, debía ser algo antiguo.

– ¿Vives solo? – Me dijo

–No, en casa de mis padres. – Contesté algo avergonzado sin saber muy bien por qué.

–Oh, que pena– susurró mientras me acariciaba la nuca con la yema de los dedos.

Primero sentí su aliento cálido en la oreja, luego un pequeño mordisco en el lóbulo. Se me erizó la piel y me estremecí de arriba abajo, sentía como si el corazón se me fuera a salir del pecho. Me lancé sobre ella y nos empezamos a besar. Quizá por el alcohol, pero cuando me quise dar cuenta ya estábamos en el asiento de atrás. Nos quitamos la ropa como poseídos lanzando las prendas sobre cualquier lado. La acaricié, sentí sus curvas, los valles y montañas de su piel. Su cuerpo era flexible, suave y blando. Sus caderas se movían al ritmo con las mías. El azahar se mezclaba con nuestro sudor para crear olores nuevos.

Cuando terminamos me llevó a casa. Nos despedimos con palabras sencillas y dándonos nuestro número de teléfono. Entré a casa y escuché un mensaje de Roberto. “Sorry por hacerte la 13/14 ¿Qué, te han quitado el precinto?”. “Nada tío, otra noche a cero. Se ha intentado”. Le contesté. Sonreí y me fui a dormir.

Frase de comienzo de relato. AQG

  Si le dejé no fue solo por los cadáveres que guardaba en el sótano. Conocí a Erich en el verano del 51, en Lafayette, Luisiana. Un puebl...