jueves, 25 de febrero de 2021

La peor historia posible. Alberto QG

 

Eran las 11 de la mañana de un día de agosto en Mislata. Carlos, nuestro héroe, un fornido hombre de 32 años, se levantó al fin de la cama. Su madre se había ido de fin de semana la noche anterior, así que había aprovechado para dormir sin tener que soportar sus reproches posteriores. Estaba deseando disfrutar de la casa para sí mismo y dedicarse a su placer favorito, ver First Dates con un gran bol de helado. Tenía hambre, mucha hambre, de modo que arrastró su horondo cuerpo hasta cocina en busca de algo que comer. Tamaña fue su sorpresa al ver que en la despensa no había rastro de sus cajas de cereales. Comprobó desesperado como tampoco había pizza en la nevera, ni helado en el congelador, ni ninguno de sus múltiples snacks. Solo fue capaz de encontrar frutas, verduras y otro tipo de alimentos claramente intolerables para la correcta alimentación de un hombre con altas necesidades calóricas. Sentía una fuerte presión en el pecho. Miró hacia la mesa de la cocina vio que había una nota con la letra de su madre:

He tenido que tirar la comida basura que tenías. Lo siento pequeñín, pero ya sabes lo que ha dicho el médico. Solo he dejado comida sana, es por tu bien. Nos vemos el domingo por la noche. Besos.

Mamuchi

Carlos no lo podía creer, comenzaba a hiperventilar, a sentir mareo. Se sentó en la silla de la cocina y se dio aire con un folleto de publicidad. No tenía otra opción, debía ir a por comida para llevar, mi madre me va a matar de hambre. Se apresuró a mirar en su cartera y solo encontró 5 euros. Eso no va a bastar para pasar el día de hoy. De pronto tuvo una revelación. El folleto con el cual se estaba abanicando eran en realidad cupones de descuento de McDonald’s que había olvidado que tenía. Dos menús BigMac por 5€. Que afortunada coincidencia. No era mucho, pero bastaría hasta la noche. Se enfundó sus crocs y se encaminó hacia su amado restaurante. Hacía un sol de justicia, Carlos balanceaba su cuerpo como un pato maldiciendo los largos 800 metros de distancia hasta allá. Le corrían chorros de sudor por la cara, la espalda y la entrepierna. Le faltaba el aire y el dolor provocado por el rozamiento de sus muslos comenzaba a sembrar en su cabeza un miedo cada vez más real al fracaso. Pero un hombre de su bizarría no tiene tales palabras en el vocabulario. Movido más por su férrea determinación que por su fuerza recorrió con decisión las últimas decenas de metros hasta la caja.

- Dos menús Big Mac por favor. - Dijo con voz triunfal mientras ponía el vale sobre el mostrador, paladeando cada una de las sílabas de esa frase tan sencilla y maravillosa.

- Lo siento señor, pero ese cupón solo es válido para nuestros establecimientos ubicados dentro de la ciudad de Valencia. - Le contestó una joven trabajadora.

Ninguna de sus quejas y ruegos sirvió para ablandar a la dependienta. Esto es inaudito, una auténtica calamidad, merece poner en atención al propio Ronald McDonald. Al fin, algo cansado de estar de pie, y de acompañar sus quejas con energéticas gesticulaciones, admitió su derrota y se dio la vuelta sin decir adiós. Tenía demasiada dignidad para seguir insistiendo. Conformarse ahora con una sola hamburguesa sin menú sería peor que no comer nada. No tenía coche y el metro estaba demasiado lejos como para considerarlo. El ánimo de nuestro héroe estaba destruido, todo el esfuerzo realizado había sido en vano. Se imaginaba ya a sí mismo preparando un insípido guiso de verduras o aún peor, una ensalada, su némesis personal. Cuando todo parecía perdido y una lágrima descendía por su mejilla apareció Ramón, antiguo amigo de su madre, saludando desde su coche al otro lado de la calle. Carlos se levantó esperanzado. Veía en Ramón a un gran caballero y en ese coche al corcel dispuesto a llevarle por el camino que le separaba de un oasis gastronómico. Corrió como nunca antes lo había hecho se metió en el vehículo, un Ford Fiesta antiguo, hundiendo la suspensión bajo su peso. Entró sin tan siquiera pedir permiso. La suspensión del coche se hundió bajo su peso.

-Ramón por Dios llévame a Patraix, es un asunto de vida o muerte.

- Claro hijo, cuanto tiempo sin verte. Estás hecho todo un hombre ya. - Le contestó Ramón, contento por el simple hecho de verle.

Con fuerzas renovadas y rostro triunfante, nuestro héroe fue indicándole el camino a Ramón, indicándole tramo por tramo y calle por calle hasta llegar por fin al cruce entre la Avenida de Tres Cruces y el Carrer de l’Arxiduc Carles. Casi podía saborear la carne al ver la enorme M amarilla a pocos metros.

-Aquí, aquí, aquí. - le dijo abriendo la puerta y obligándole a detener el vehículo bruscamente a un lado de la carretera. - Gracias, gracias, gracias.

Salió lo más rápido que sus piernas le permitían diciendo adiós con la mano sin tan siquiera girarse. Ramón se quedó diciendo adiós desde su coche, contento de ser todavía útil para la juventud. Esta vez todo salió a pedir de boca, aceptaron su cupón sin poner pegas y le sirvieron sus dos menús. La espera había merecido la pena, cada bocado sabía a justicia y triunfo.

jueves, 18 de febrero de 2021

Historia en segunda persona 2. Alberto QG

 

Sales de puntillas de la habitación al comedor. Ordenas tus cajas de acuarelas, recolocas los libros en las estanterías y limpias los restos de tinta china que dejamos anoche sobre la mesa escribiendo hanzis. Vuelves a la habitación y te quitas mi sudadera vieja. Disimulas, sabes que estoy despierto y te acercas a la cama como deseando que admire el moreno natural de tu piel y las curvas de tu pelo. Te recreas poniéndote la ropa. Dejas caer tu blusa blanca de lino sobre tu pecho, esa que sabes que me gusta tanto, la que resalta tus ojos. Deslizas por tus piernas los pantalones de pitillo muy despacio, como en un striptease inverso. Te acercas a la cama, me das un beso en la frente y sales a la calle. Caminas hasta la editorial, con esos andares tuyos tan elásticos. Trabajas todo el día sin dejar de pensar en mí, de igual modo que sabes que yo estoy pensando en ti. Por la tarde, antes de salir miras el móvil y sonríes al ver que te he enviado una foto de la cena casi lista en el horno. Vas a nuestra pastelería y compras tu merengue favorito. Caminas de vuelta a casa, pero nunca llegas. Todos dicen que no vas a volver. Pero tanto tú como yo creemos en el poder invocador de la palabra, en la capacidad creadora del verbo. Y quizá mi propio pensar te dan forma y consistencia a mis recuerdos más allá de las páginas.

Narrador en segunda persona. Alberto QG

 

Te pones un buen vestido, uno primaveral, el de flores que te gusta. Cojeas hasta el coche. Sabes bien que los años no perdonan y dos operaciones de cadera son testigo. Conduce lenta, haciendo caso omiso de la impaciencia y pitos de algunos conductores. Hace tiempo que vives ajena al mundo de las prisas y la urgencia. Llegas al centro comercial, montones de gente pasea de tienda en tienda en familia o grupitos de amigos. Decides tomarte un café en esa cafetería moderna que tanto le gustaba a tu hijo. Solo se vive una vez, piensas, para algo has trabajado toda la vida, mañana ya quien sabe donde estarás. Miras a los otros clientes, son todos jóvenes, demasiado jóvenes, algunos casi podrían ser tus nietos si los tuvieras. Tienes que ir a la tienda de teléfonos, así que te levantas y pagas los excesivos cuatro cuarenta del café con leche y sales. La tienda es enorme, te diriges al mostrador. Hay una chica joven de no más de 18 años, apoyada sobre el vidrio, mascando chicle y con la cremallera del uniforme bajada más de lo que tu consideras decente.

-Buenos días, señorita ¿Me preguntaba si me podría echar una…?

- ¿Qué quieres? - Te interrumpe sin moverse un palmo, mirándote de reojo y haciendo una pompa con el chicle.

-Emm… sí mire, es que me ha llegado una factura de teléfono este mes de casi doscientos euros y no se de que es.

-Si miras en la aplicación te sale de que es cada gasto- Contesta, esta vez sin tan siquiera dirigirte la mirada.

-¡Disculpe señorita! ¡Soy una clienta y me gustaría un poco de respecto, al menos querría que me mirara usted a la cara! - Dices alzando mucho la voz.

Un chico no mucho mayor, con acné y el uniforme y gorra de la compañía se acerca a ver si puede calmarte.

- Disculpad ¿Qué sucede? ¿Tiene usted algún problema? -Dice mirándonos alternativamente a las dos.

-Pss, a esta se le va la pinza - Le dice la chica en voz baja haciendo como si no pudiera oírle.

- ¿Es usted el encargado? Me gustaría que me ayudaran, que mi tiempo vale dinero y si no al final voy a tener que poner una hoja de reclamaciones.

- Sí, soy el store manager. A ver, explíqueme su problema señora - Te dice con cierta condescendencia.

- Tengo este mes una factora del teléfono de case doscientos euros y no sé por qué. Exijo una explicación.

Me toma los datos y comienza a mirar una pantalla y a asentir con la cabeza.

- Aquí está el problema. Ha estado usted alquilando películas de Google play y tiene activada la opción de cargo en factura de teléfono.

- Pero eso no puede ser. Yo no he activado nada. Bueno no sé, es que esas cosas antes me las miraba mi hijo. -Contestas con la voz temblorosa.

-Si quiere se lo desactivo yo.

Se lo das. Te tiemblan las manos de impotencia. No te aclaras con estos trastos y no hay ya quien te ayude.

-¿Pero entonces me devuelven el dinero?

-Lo siento señora, pero eso no lo podemos hacer. Es un gasto que usted ha hecho al adquirir contenido digital.

-Esto es una vergüenza. Quiero el libro de reclamaciones.

-No tenemos, puede usted acceder a nuestra web y poner desde ahí una reclamación.

Le quitas le móvil de la mano con malos modos y te das la vuelta. No quieres que te vean así. Caminas hacia al baño lo más rápido que puedes mientras sientes un cosquilleo en los lagrimales. Te lavas la cara y se te corre el maquillaje. Miras al espejo y me ves. Tan igual a ti, perfectamente simétrica. Triste huella de lo que fuiste. Recuerdo constante de nuestra decadencia.

 UNA COMIDA ESPECIAL

Acabas de llegar del instituto, hoy comerás cualquier cosa para después echarte un rato al sofá. Has tenido una mañana dura, examen de filosofía y varias horas de clase en un aula donde tus compañeros chillan y huelen por igual.

Después de pasear a Coki, que esperaba ansioso con la correa en la boca, por fin abres la puerta de la nevera, y pasas largo rato en esta misma posición cuando llaman por teléfono.

-¿Diga?

- Ana voy a comer con una compañera de trabajo- es tu hermana mayor

-¿Pero hay algo para comer?

-Prepara una ensalada, hay lechuga en la nevera, y algo de carne, el otro día compré albóndigas.

-De acuerdo. ¿Cuánto tardas?

-Una media hora

-Vale, hasta ahora- y cuelgas.

Te pones en marcha inmediatamente, no tienes ni idea de que hacer, pero vas a desplegar todas tus dotes culinarias.

Abres la nevera, coges la lechuga del cajón de las verduras y preparas una ensalada ligera. De plato principal, con el tiempo del que dispones, decides hacer unas albóndigas con tomate, el tomate frito es una apuesta segura. Te sobra tiempo, así que te pones a batir claras para hacer merengue que acompañarás de unas láminas de hojaldre tipo milhojas. Preparas la mesa pequeña, al fin y al cabo solo sois tres. En ese momento abren la puerta y entran en el salón antes de que tú acudas.

- Ana te presento a Noelia

-¿Qué tal Noelia?- preguntas con una gran sonrisa a modo de bienvenida

-Bien – la chica es parca en palabras. Está muy delgada y no tiene cara de ser muy simpática, pero lo que más te llama la atención es el enorme zanco de su zapato y la muleta, en la rodilla de la pierna del zanco lleva algo, una especie de aparatejo del que debes despegar la vista porque ella te está mirando.

-¿Comemos?- La verdad es que quizá no fue buena idea que preparases la mesa pequeña.

Le indicas a Noelia que se siente mientras vosotras traéis la comida, aunque cambias de idea cuando la ves lidiar con la muleta, el zanco, la silla, el mantel y las patas de la minúscula mesita que cada vez te parece más pequeña. Cuando está todo en orden por fin vas a la cocina, todavía tienes que montar las milhojas. Al parecer no es tan fácil como creías, termina siendo una crema algo más líquida de lo que quisieras con trozos de hojaldre flotando, que al intentar arreglarla forman una amalgama a la que para salvar las apariencias vas a llamar milhoja desestructurada.

Por fin sentadas empezáis a hablar de vuestro día, ellas hablan de un caso de esquizofrenia, Mari te empieza a contar una anécdota de una consulta, el paciente sufría parálisis cerebral, y se lo olvidaron cuando salieron corriendo por una alarma de incendios, por supuesto tuvo que volver a por él. Comíais la ensalada y Mari te pregunta

-¿Qué lechuga has usado?

-La del cajón de verduras

-¿No habrás cogido la acelga?

-No sé, yo he visto unas hojas verdes y pensé que sería lechuga

-No. Es acelga seguro- dice Noelia en el momento en el que deja un trozo de la falsa lechuga en el plato.

- Vaya, lo siento, si queréis empezamos con las albóndigas- a ti te parece que no está tan mal, pero piensas que quizá sea mejor pasar al plato principal.

Empiezas a servir las albóndigas con tomate, cuatro para cada una serán suficientes, si quieren podrán repetir. Mientras las sirves te llega el aroma del plato, con las prisas no habías podido probarlo, no le has puesto sal pero suelen estar bien condimentadas.

En ese momento olisqueas mejor, ese olor..., ese olor te resulta familiar. Te sientas y las tres en silencio empezáis a probar el plato. El primer trozo es decisivo. Estas albóndigas tienen trocitos y saben como huelen, pero ese olor no puede ser. Sin levantar la mirada cortas otro trozo. Mientras te lo metes en la boca levantas la vista. Tu hermana está masticando también. Todo sigue en silencio. Mantenéis la mirada. Sus ojos te dicen lo que ya sabes.

- Esta comida sabe a ...- dice

- comida de Coki- dices sin dejarle terminar la frase.

En ese momento Noelia se levanta de la mesa tirando la muleta, y a zancadas más deprisa de lo que jamás hubieses soñado llega al baño para vomitar, tirar, expulsar, eliminar de su cuerpo aquella bola de carne que tenía en la boca, con trozos de huesos y cartílago machacado.

-¿Pero dónde la has comprado?- le dices a Mari algo alterada

-En el súper, del refrigerador que está pegado a la carnicería

-¿Ese que tiene un cartel arriba que pone comida de animales?- le respondes en tono de sorna.

Mari acude en ayuda de su compañera. Cuando vuelven las dos, Noelia decide que tiene que irse, al parecer no le ha sentado bien la comida y tiene algo de prisa. Quieres decirle que lo sientes, pero la verdad es que lo has hecho lo mejor que sabes, ¡y lo de las albóndigas no ha sido cosa tuya!.

Al cerrar la puerta de casa, coges la milhoja, te sientas en la mesa con tu hermana, y mientras coméis esa sopa con tropezones no podéis evitar parar de reír.


 

EL INCAPAZ

Tuviste que aprender rápido, sin hermanos tus padres se divorciaron cuando eras aún un niño. Intentaste reclamar su atención haciendo que te expedientaran en todos los colegios, hasta que finalmente en contra de lo que tú esperabas, tus padres te exiliaron en un internado para niños digamos... problemáticos. Allí te diste cuenta de que estabas solo, solo por siempre, y te forjaste un carácter que no permite a nadie traspasar ese muro que construiste.

Tal vez cuando ella te conoció pensó que había algo más, encontró algo especial que nadie entendía, pero con el tiempo tú lo destruyes todo, no sabes si es odio o incapacidad.

Ella te espera, pero tú no tienes prisa, Cuando traspases la puerta ella te dirá que tenéis que hablar, te sentarás y escucharás sus reproches, sus lloros, pero a ti te dará igual, aunque le dirás que todo mejorará tan solo para que se calle, le dirás como otras mil veces que intentarás hacerla feliz, al día siguiente le comprarás cualquier cosa y como siempre ella seguirá a tu lado. Eres consciente de que le das migajas, que eres incapaz de demostrar cariño, pero necesitas tener a alguien que te quiera aunque sepas que le harás desgraciado.

Llegas a casa, abres la puerta despacio, con un poco de suerte estará dormida y no tendrás que aguantar el melodrama de turno. Dejas las llaves en la entrada, huele a su perfume, magnolias. Te acercas a la nevera y coges una cerveza, hay pastel de manzana, seguramente lo habrá hecho esperando que vinieses a cenar tal como le prometiste, ella sabe que te gusta. La cocina está ordenada. Encima de la mesa tienes el correo y le echas un vistazo con desgana, casi todo son facturas. Hay otra carta, no tiene remite, la habrán entregado en mano, delante pone tu nombre. Pegas un largo trago de cerveza y la abres.

Por fin alguien ha derrumbado tu muro, te mentiste a ti mismo, sólo cuando te dejó consiguió que sintieras algo parecido al cariño. Arrugas la carta y mientras la aprietas dentro de tu puño como si quisieras desintegrarla, como si su destrucción hiciese que nada de esto hubiese ocurrido, retienes tu rabia y lloras como nunca lo habías hecho.

jueves, 11 de febrero de 2021

Night at Denny’s (Alberto QG)

 

Era una noche tranquila en el Denny’s de Umatilla road en el pueblo de Herminston, Oregón. Lucy canturreaba mientras se paseaba por las mesas recogiendo platos, contenta ahora que se había detenido el incesante ruido del aserradero. A estas horas de la noche quedaban pocas caras conocidas, la mayoría eran trabajadores estacionales, forasteros buscando fortuna en forma de salmón del Columbia river. Lucy los miraba de reojo con recelo. Sus caras toscas y pelos enmarañados le inspiraban desconfianza.

- Joe ¿te importaría quedarte conmigo hasta la hora de cierre?-  Dijo dirigiéndose a un hombre grande de mediana edad y pinta de bonachón sentado en la barra cerca de ella. Llevaba una camisa de cuadros propia de los trabajadores del aserradero. - El tipo ese gordo con gorra de la esquina me mira raro.

- Claro Lucy, no hay problema cariño. Anda se buena y ponme otra cerveza.

- Mary me ha dicho que no te sirva cerveza. Dice que si tomas tanto alcohol no te hacen efecto las pastillas para el corazón. -  contestó ella cruzando los brazos y frunciendo el ceño.

-¡Pero mi hija que sabe! Además, yo estoy hecho un toro. Tomo la medicación por tenerla contenta más que por otra cosa -  Dijo dándose golpecitos en el pecho sobre el bolsillo de la camisa, de donde sobresalía una caja de pastillas. - Es la última ronda te lo prometo -  Dijo finalmente guiñándole un ojo. Se le escapó una sonrisa y le sirvió la cerveza a regañadientes. No le gustaba traicionar a su amiga.

Los clientes comenzaron a marcharse poco a poco hasta que Lucy y Joe se quedaron solos con el hombre gordo. Este seguía en la mesa de la esquina comiendo una tarta de manzana y mirándola de reojo de vez en cuando por encima del periódico.

- Lucy cariño, se me está haciendo un poco tarde…

- Joe por el amor de Dios no te vayas, no me quiero quedar sola con él- Suplicó Lucy poniendo su voz más encantadora. -No para de mirarme.

En ese momento el hombre de la esquina terminó su tarta, se levantó y fue hacia la barra dando pasos pesados. Sacó un billete de 20 dólares y lo dejó encima de la barra.

-Quédate el cambio - Dijo con una voz áspera y profunda, mirándole más las piernas que los ojos, y salió del local.

Lucy dio un suspiro de alivio y comenzó a recoger lo poco que faltaba. Joe se quedó con ella, no fuera a ser que ese hombre la estuviera esperando en el parking. Salieron por fin a la calle.

“Buenas noches, Joe” Dijo Lucy mientras se daba la vuelta y caminaba hacia su coche.

De pronto Lucy notó que alguien la rodeaba con un brazo por el pecho y le ponía un pañuelo sobre la nariz y boca. Las piernas le fallaron, se le cerraron los ojos y perdió el conocimiento.

 

Lucy despertó. Todo le daba vueltas. Veía borroso y se sentía confusa. Trató de decir algo, pero se dio cuenta de que estaba amordazada. Tenía también las manos atadas detrás de la cañería de un radiador. Bajó la vista. Tenía la camisa abierta, el sujetador mal puesto y la falda rasgada. Le dolía todo el cuerpo, había varios moratones sus piernas y brazos. Estaba en un sótano oscuro, si estiraba la cabeza podía ver unas escaleras que subían hacia lo que debía ser una casa. De pronto, se escuchó el ruido de una cerradura. Alguien había entrado y vuelto a cerrar con llave. Unos pasos pesados comenzaron a bajar haciendo retumbar los peldaños metálicos. Se asomó una cabeza. Era Joe con una sonrisa de oreja a oreja llevando un plato con un sándwich y un vaso de leche.

- He pensado que tendrías hambre - Se acercó, dejó el plato en el suelo cerca de Lucy y le quitó la mordaza.

- Joe, Joe ¡¿que es esto?! ayúdame, sácame de aquí- Dijo Lucy dando patadas al aire completamente fuera de sí.

- No te preocupes que todo está bien, este es un lugar seguro - contestó, exagerando más aún su sonrisa hasta convertirla en una mueca.

Lucy no lo podía creer, una ola de pánico le sobrevino y empezó a chillar con todas sus fuerzas. Un instante después el puño de Joe le estalló contra su cara. Lucy perdió el sentido unos instantes. La realidad era una mancha borrosa. Le pitaban los oídos. No podía moverse, no podía hablar.

- Niñata consentida. Gritar no sirve de una mierda. Esto está insonorizado joder, que eres estúpida, quien te crees que soy. -  Joe ya no sonreía. Su cara se había puesto roja de furia. Se acercó a una nevera, se abrió una cerveza y se sentó en una silla delante de Lucy.

-Las niñas sois todas unas caprichosas desagradecidas - Decía apuntándole con el dedo entre trago y trago - Lo hacemos todo por vosotras y no os importa nada. Os paseáis contoneándoos por ahí, provocando. Como si no supierais lo que quieren, lo que quieren todos. Lo que quiero yo. -dijo estrellando la botella contra la pared.

Lucy luchaba por mantener los ojos abiertos. Él se levantó de un golpe y fue hacia ella. La desató, la cogió en brazos como a una pluma y la cargó en los hombros hasta colocarla sobre el banco de trabajo. Se quedó boca arriba, espatarrada de pies y manos e incapaz de hacer nada. Joe comenzó a manosearla recorriendo todo su cuerpo de arriba abajo con sus dedos gruesos como raíces de un árbol.

-No, no por Dios. Repetía ella una y otra vez.

Eso no hacía más que enfurecer a Joe, su cara se ponía más y más roja. Le dio otro gran golpe en las costillas. Un sabor metálico llenaba la boca de Lucy.

-No sabéis cuando callar. Siempre hay una queja para todo. Eso se ha acabado - Se acercó a la pared y cogió una sierra de arco. Ella le miraba aterrorizada. No era capaz de mover un músculo.

De pronto Joe se quedó clavado en el suelo y empezó a temblar. Se llevó la mano al bolsillo de la camisa tratando de coger una pastilla, pero ya era muy tarde. La sierra se le cayó de las manos. Dio un gruñido como el de un animal y se desplomó contra el suelo.

Pasó un buen rato hasta que Lucy pudo moverse. Él seguía inmóvil en el suelo. Ella bajó del banco y se arrastró como pudo hasta las escaleras. Se incorporó con la ayuda de la barandilla y comenzó a subir a duras penas. La llave estaba en la cerradura. Abrió la puerta, la luz le deslumbró, ya era de día. Reconoció la casa y caminó encorvada en dirección a la puerta de salida.

-¿Lucy? - Dijo una chica en pijama mirándola con cara de incredulidad.

-Mary…

Las dos amigas se quedaron mirándose sin saber que hacer.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Ester Tomás

 



Cada día que Helena pasaba por la sala tres se convertía en un animal. El sonido del oxidado pestillo de la celda, marcaba el inicio de aquel insólito ritual de transformación; luego, mientras los guardias la levantaban y la empujaban por el pasillo, Helena desaparecía. A veces pasaban días hasta que volvía a recobrar la conciencia sobre sí misma; en su lugar, una bestia agazapada contra la esquina de aquel pequeño y oscuro cubículo, exhibía sus instintos más primarios. Después de varios meses de encarcelamiento y continuadas visitas a la sala tres, entendió que mientras siguiera siendo Helena, no sería capaz de resistir la brutalidad de su vida actual; y así nació el animal y murió la mujer. Lo que más le costó, sin duda, fue mantener los ojos abiertos al entrar en la habitación y dejar de ver a la persona que tenía delante; porque en realidad, no era una persona, sino otra bestia. Y así, progresivamente, las vistas a la sala tres se convirtieron en un encuentro de animal a animal, sin razón de por medio; solo un cúmulo de conexiones cerebrales, procesos químicos y fluidos corporales. Una relación entre iguales y una demostración de la ferocidad de la naturaleza; y nada más, que no es poco. El agudo dolor físico que sentía durante y después de aquellos encuentros, era el ingrediente principal de aquella especie de tortuoso viaje hacia su naturaleza más primitiva. Este juego mental de supervivencia nunca la libró del sufrimiento; no obstante, convertirse en animal significaba despojar al otro, aquel hombre empeñado en hacerle sufrir, de toda condición humana y por tanto de todo poder; toda capacidad de control sobre ella, era mera casualidad. El animal la protegió y la cuidó hasta final de sus días.

Frase de comienzo de relato. AQG

  Si le dejé no fue solo por los cadáveres que guardaba en el sótano. Conocí a Erich en el verano del 51, en Lafayette, Luisiana. Un puebl...