jueves, 25 de febrero de 2021

La peor historia posible. Alberto QG

 

Eran las 11 de la mañana de un día de agosto en Mislata. Carlos, nuestro héroe, un fornido hombre de 32 años, se levantó al fin de la cama. Su madre se había ido de fin de semana la noche anterior, así que había aprovechado para dormir sin tener que soportar sus reproches posteriores. Estaba deseando disfrutar de la casa para sí mismo y dedicarse a su placer favorito, ver First Dates con un gran bol de helado. Tenía hambre, mucha hambre, de modo que arrastró su horondo cuerpo hasta cocina en busca de algo que comer. Tamaña fue su sorpresa al ver que en la despensa no había rastro de sus cajas de cereales. Comprobó desesperado como tampoco había pizza en la nevera, ni helado en el congelador, ni ninguno de sus múltiples snacks. Solo fue capaz de encontrar frutas, verduras y otro tipo de alimentos claramente intolerables para la correcta alimentación de un hombre con altas necesidades calóricas. Sentía una fuerte presión en el pecho. Miró hacia la mesa de la cocina vio que había una nota con la letra de su madre:

He tenido que tirar la comida basura que tenías. Lo siento pequeñín, pero ya sabes lo que ha dicho el médico. Solo he dejado comida sana, es por tu bien. Nos vemos el domingo por la noche. Besos.

Mamuchi

Carlos no lo podía creer, comenzaba a hiperventilar, a sentir mareo. Se sentó en la silla de la cocina y se dio aire con un folleto de publicidad. No tenía otra opción, debía ir a por comida para llevar, mi madre me va a matar de hambre. Se apresuró a mirar en su cartera y solo encontró 5 euros. Eso no va a bastar para pasar el día de hoy. De pronto tuvo una revelación. El folleto con el cual se estaba abanicando eran en realidad cupones de descuento de McDonald’s que había olvidado que tenía. Dos menús BigMac por 5€. Que afortunada coincidencia. No era mucho, pero bastaría hasta la noche. Se enfundó sus crocs y se encaminó hacia su amado restaurante. Hacía un sol de justicia, Carlos balanceaba su cuerpo como un pato maldiciendo los largos 800 metros de distancia hasta allá. Le corrían chorros de sudor por la cara, la espalda y la entrepierna. Le faltaba el aire y el dolor provocado por el rozamiento de sus muslos comenzaba a sembrar en su cabeza un miedo cada vez más real al fracaso. Pero un hombre de su bizarría no tiene tales palabras en el vocabulario. Movido más por su férrea determinación que por su fuerza recorrió con decisión las últimas decenas de metros hasta la caja.

- Dos menús Big Mac por favor. - Dijo con voz triunfal mientras ponía el vale sobre el mostrador, paladeando cada una de las sílabas de esa frase tan sencilla y maravillosa.

- Lo siento señor, pero ese cupón solo es válido para nuestros establecimientos ubicados dentro de la ciudad de Valencia. - Le contestó una joven trabajadora.

Ninguna de sus quejas y ruegos sirvió para ablandar a la dependienta. Esto es inaudito, una auténtica calamidad, merece poner en atención al propio Ronald McDonald. Al fin, algo cansado de estar de pie, y de acompañar sus quejas con energéticas gesticulaciones, admitió su derrota y se dio la vuelta sin decir adiós. Tenía demasiada dignidad para seguir insistiendo. Conformarse ahora con una sola hamburguesa sin menú sería peor que no comer nada. No tenía coche y el metro estaba demasiado lejos como para considerarlo. El ánimo de nuestro héroe estaba destruido, todo el esfuerzo realizado había sido en vano. Se imaginaba ya a sí mismo preparando un insípido guiso de verduras o aún peor, una ensalada, su némesis personal. Cuando todo parecía perdido y una lágrima descendía por su mejilla apareció Ramón, antiguo amigo de su madre, saludando desde su coche al otro lado de la calle. Carlos se levantó esperanzado. Veía en Ramón a un gran caballero y en ese coche al corcel dispuesto a llevarle por el camino que le separaba de un oasis gastronómico. Corrió como nunca antes lo había hecho se metió en el vehículo, un Ford Fiesta antiguo, hundiendo la suspensión bajo su peso. Entró sin tan siquiera pedir permiso. La suspensión del coche se hundió bajo su peso.

-Ramón por Dios llévame a Patraix, es un asunto de vida o muerte.

- Claro hijo, cuanto tiempo sin verte. Estás hecho todo un hombre ya. - Le contestó Ramón, contento por el simple hecho de verle.

Con fuerzas renovadas y rostro triunfante, nuestro héroe fue indicándole el camino a Ramón, indicándole tramo por tramo y calle por calle hasta llegar por fin al cruce entre la Avenida de Tres Cruces y el Carrer de l’Arxiduc Carles. Casi podía saborear la carne al ver la enorme M amarilla a pocos metros.

-Aquí, aquí, aquí. - le dijo abriendo la puerta y obligándole a detener el vehículo bruscamente a un lado de la carretera. - Gracias, gracias, gracias.

Salió lo más rápido que sus piernas le permitían diciendo adiós con la mano sin tan siquiera girarse. Ramón se quedó diciendo adiós desde su coche, contento de ser todavía útil para la juventud. Esta vez todo salió a pedir de boca, aceptaron su cupón sin poner pegas y le sirvieron sus dos menús. La espera había merecido la pena, cada bocado sabía a justicia y triunfo.

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