“Roja hija de puta” fueron sus últimas cuatro palabras.
Era un hombre duro, hicieron falta tres disparos. Después, sus ojos se fueron
perdiendo en algún punto infinito a medida que se derrumbaba sobre la acera. La
sangre se le derramaba por el pecho, convirtiendo a su paso el azul de la
camisa en un color púrpura oscuro. No podía apartar los ojos. Me quedé muy
quieta, con los pies abiertos, todavía apuntando y sintiendo el calor de la
culata contra las palmas de las manos. No era la primera vez que apretaba el
gatillo, pero nunca imaginé que lo haría contra alguien del movimiento, al
menos no contra él. Podría decir que
sentí dolor o pena, pero mentiría. Decenas de transeúntes se arremolinaban en
la distancia como sombras borrosas. Ninguno de ellos tuvo las agallas de
acercarse. Un “¡Anarquistas!¡Asesinos!” me sacó de mi trance. “Vivan las
Milicias Confederales” Contesté titubeante. Dejé caer la pistola cerca del
cuerpo, lancé el gorro al suelo y me escabullí a través los jardines del Prado
hasta el punto convenido de la calle Ruiz de Alarcón. Nadie me detuvo. Nadie
pareció reconocerme.
Reconocí su figura saliendo del hotel. Alto, fuerte, trajeado,
tal como le recordaba. Me detuve a esperarle donde Antonio me había dicho, tras
los arbustos cerca de la fuente de Neptuno. Al mirarle, otra vez esa sensación
de angustia, el temblor en las manos, el peso amenazante de la pistola en el
bolsillo del abrigo. Dios mío dame fuerzas, me decía. Tenía que hacerlo, por
Antonio. Él seguía ajeno a todo, parado en la puerta del hotel. Se encendió un
cigarro, le hizo un gesto amistoso al botones y se fue en dirección contraria a
mí. Estaba tan pendiente de seguir el plan que tardé unos instantes en darme
cuenta de que eso no estaba previsto. Se aleja, no viene hacia aquí. Así que me
lancé tras él calle arriba antes de perderle de vista. Por suerte caminaba
despacio dando caladas despreocupadas al cigarro y fui capaz de alcanzarle. Olvidé
toda prudencia y me coloqué a su espalda, a
pocos metros. Debía acertar el primer disparo, sabía que podía ser mi única
oportunidad. Metí la mano en el bolsillo, acaricié el gatillo. Estaba cerca,
lista para sacar el arma cuando, de pronto, se detuvo en un quiosco de prensa. No
sé por qué, pero yo también me detuve, mirándole como esperando algo. Cogió un
periódico, dejó unas monedas en el mostrador y se giró hacia mí. Me miró de arriba abajo con una amplia
sonrisa y comenzó a acercarse. Se acuerda, no me ha olvidado después de tantos
años, pensé. Me quedé helada, durante un momento olvidé que había ido a hacer
allí. “Buenos días, señorita” dijo haciendo un gesto con el sombrero y pasando
de largo sin detenerse. Me quedé viéndole marchar como una boba. Que ingenua
había sido, no era más que una extraña para él. De reconocerme toda la misión habría
fracasado, debería haberme sentido aliviada, pero no fue así. Se alejaba con un
aire casi arrogante de despreocupación. Sentía rabia, notaba cada latido del
corazón en la sien. Apreté la mano sobre la empuñadura del arma, la saqué del
bolsillo y apunté. “¡Manuel!” grité, no lo pude evitar, quería que me viera hacerlo.
Se giró con una media sonrisa que se convirtió en incredulidad al verme apuntando
con el arma. Me hizo gestos tranquilizadores con su mano izquierda. “Tranquila
señorita. No haga ninguna tontería” Mientras, deslizaba su mano derecha hacia
la cartuchera. No le di ninguna opción.
Los nervios no me dejaban dormir. Decidí levantarme y
salir de casa antes de lo previsto. Me puse un abrigo oscuro de solapa ancha y
una bufanda para taparme la cara lo más posible. Me persigné y me encaminé a la
calle de Alcalá. Cuando llegué, el coche ya me estaba esperando. Me senté en la
parte trasera. No sé por qué, pero tenía la falsa esperanza de encontrar a mi
hermano en el asiento del copiloto. En su lugar había un chico joven, demasiado
joven para estos trabajos, con cuatro pelos en labio superior que pretendía
hacer pasar por bigote. Imaginé que tanto él como el conductor debían ser del
sindicato universitario. No conocían aún los modales, ni tan siquiera me
saludaron como es debido. Hicimos el trayecto en silencio y nos detuvimos en
una calle apartada cerca del retiro. El chico del bigote se giró y me dio algo
envuelto en un trozo de tela. Noté el peso del metal en mis manos. Era una
pistola. El logotipo de la marca Ascano brillaba sobre la culata. No pude
evitar sentir cierta admiración por ese icono de la pistola obrera de
Barcelona. La tela que la cubría resultó ser un gorro de la CNT.
- Estáis locos ¡no
puedo ir con esto puesto por la calle! - Les dije nada más verlo.
- No hace falta que
lo lleve puesto señora, con que lo deje tirado por ahí es suficiente. Si puede
también lanzar alguna proclama… - me
contestó - Confío que está
usted al corriente de todo. Saldrá por la puerta del Ritz en solo unos minutos,
es un hombre alto de nariz…
- Le conozco, no
necesito una descripción. - Le interrumpí.
Guardé la pistola y el gorro en los bolsillos del abrigo
y salí del vehículo sin despedirme.
Alguien llamó a la puerta. Resultó ser un muchacho con
una carta. Me la puso en la mano y salió corriendo sin esperar propina. El
corazón me dio un vuelco cuando leí el nombre de mi hermano escrito en el
sobre. Salí corriendo a mi habitación a leerla:
Prisión
Provincial. Alicante, 6 de junio de 1936
Querida hermana Pilar,
Espero que te encuentres bien y en
buena salud. Por favor, lee esta carta en solitario y quémala después, pues es
de vital importancia que no caiga en las manos equivocadas.
Te escribo para encomendarte una tarea
que excede todo cuanto te he pedido hasta ahora y que solo puedo confiarte a ti.
Mi voluntad de apartarte del partido siempre fue firme, pero has demostrado ser
capaz de hacer más de lo que muchos imaginábamos. Como bien sabes, debido a mi
encierro, el movimiento se encuentra dividido en facciones. Manuel Hedilla está
activamente generando conflicto interno a pesar de haberle instado a tener un
papel conciliador por correspondencia. En mi ausencia, aspira al puesto de jefe
nacional del partido y está dispuesto a todo con tal de alcanzar su propósito. Esto
nos hace débiles frente a los enemigos de la patria y lastra el avance
imparable de nuestro movimiento. Es el mayor de mis deseos conseguir evitar la
disidencia y generar unidad. Es necesario por tanto que Manuel Hedilla fallezca
bajo la apariencia de asesinato por parte de las milicias de la CNT. Una
tragedia semejante lograría aunar nuestras fuerzas contra el enemigo común. Sin
embargo, Manuel conoce a todos nuestros miembros. Temo además que algunos de
nuestros camaradas estén de su parte. Es cauteloso, va armado y nunca bajará la
guardia en presencia de otros hombres. Sin embargo, su debilidad siempre han
sido las mujeres.
[…]
Esa misma noche deberéis salir hacia
Alcoy. Cuento con buenos amigos allí que os darán alojamiento y protección. Mi
salida de prisión es inminente y no tardaré en reunirme con vosotros.
Recibe el afecto de tu hermano,
José Antonio Primo de Rivera
Sentí la habitación dando vueltas. Tuve que sentarme en
el borde de la cama para no caerme. Fui a mi mesita de noche y saqué la foto de
Manuel escondida desde hace años en el doble fondo. Bajé al salón y la lancé a
la chimenea junto con la carta.
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