jueves, 13 de mayo de 2021

Historia al revés. AQG

 

“Roja hija de puta” fueron sus últimas cuatro palabras. Era un hombre duro, hicieron falta tres disparos. Después, sus ojos se fueron perdiendo en algún punto infinito a medida que se derrumbaba sobre la acera. La sangre se le derramaba por el pecho, convirtiendo a su paso el azul de la camisa en un color púrpura oscuro. No podía apartar los ojos. Me quedé muy quieta, con los pies abiertos, todavía apuntando y sintiendo el calor de la culata contra las palmas de las manos. No era la primera vez que apretaba el gatillo, pero nunca imaginé que lo haría contra alguien del movimiento, al menos no contra él.  Podría decir que sentí dolor o pena, pero mentiría. Decenas de transeúntes se arremolinaban en la distancia como sombras borrosas. Ninguno de ellos tuvo las agallas de acercarse. Un “¡Anarquistas!¡Asesinos!” me sacó de mi trance. “Vivan las Milicias Confederales” Contesté titubeante. Dejé caer la pistola cerca del cuerpo, lancé el gorro al suelo y me escabullí a través los jardines del Prado hasta el punto convenido de la calle Ruiz de Alarcón. Nadie me detuvo. Nadie pareció reconocerme.

Reconocí su figura saliendo del hotel. Alto, fuerte, trajeado, tal como le recordaba. Me detuve a esperarle donde Antonio me había dicho, tras los arbustos cerca de la fuente de Neptuno. Al mirarle, otra vez esa sensación de angustia, el temblor en las manos, el peso amenazante de la pistola en el bolsillo del abrigo. Dios mío dame fuerzas, me decía. Tenía que hacerlo, por Antonio. Él seguía ajeno a todo, parado en la puerta del hotel. Se encendió un cigarro, le hizo un gesto amistoso al botones y se fue en dirección contraria a mí. Estaba tan pendiente de seguir el plan que tardé unos instantes en darme cuenta de que eso no estaba previsto. Se aleja, no viene hacia aquí. Así que me lancé tras él calle arriba antes de perderle de vista. Por suerte caminaba despacio dando caladas despreocupadas al cigarro y fui capaz de alcanzarle. Olvidé toda prudencia y me coloqué a su espalda, a pocos metros. Debía acertar el primer disparo, sabía que podía ser mi única oportunidad. Metí la mano en el bolsillo, acaricié el gatillo. Estaba cerca, lista para sacar el arma cuando, de pronto, se detuvo en un quiosco de prensa. No sé por qué, pero yo también me detuve, mirándole como esperando algo. Cogió un periódico, dejó unas monedas en el mostrador y se giró hacia mí.  Me miró de arriba abajo con una amplia sonrisa y comenzó a acercarse. Se acuerda, no me ha olvidado después de tantos años, pensé. Me quedé helada, durante un momento olvidé que había ido a hacer allí. “Buenos días, señorita” dijo haciendo un gesto con el sombrero y pasando de largo sin detenerse. Me quedé viéndole marchar como una boba. Que ingenua había sido, no era más que una extraña para él. De reconocerme toda la misión habría fracasado, debería haberme sentido aliviada, pero no fue así. Se alejaba con un aire casi arrogante de despreocupación. Sentía rabia, notaba cada latido del corazón en la sien. Apreté la mano sobre la empuñadura del arma, la saqué del bolsillo y apunté. “¡Manuel!” grité, no lo pude evitar, quería que me viera hacerlo. Se giró con una media sonrisa que se convirtió en incredulidad al verme apuntando con el arma. Me hizo gestos tranquilizadores con su mano izquierda. “Tranquila señorita. No haga ninguna tontería” Mientras, deslizaba su mano derecha hacia la cartuchera. No le di ninguna opción.

Los nervios no me dejaban dormir. Decidí levantarme y salir de casa antes de lo previsto. Me puse un abrigo oscuro de solapa ancha y una bufanda para taparme la cara lo más posible. Me persigné y me encaminé a la calle de Alcalá. Cuando llegué, el coche ya me estaba esperando. Me senté en la parte trasera. No sé por qué, pero tenía la falsa esperanza de encontrar a mi hermano en el asiento del copiloto. En su lugar había un chico joven, demasiado joven para estos trabajos, con cuatro pelos en labio superior que pretendía hacer pasar por bigote. Imaginé que tanto él como el conductor debían ser del sindicato universitario. No conocían aún los modales, ni tan siquiera me saludaron como es debido. Hicimos el trayecto en silencio y nos detuvimos en una calle apartada cerca del retiro. El chico del bigote se giró y me dio algo envuelto en un trozo de tela. Noté el peso del metal en mis manos. Era una pistola. El logotipo de la marca Ascano brillaba sobre la culata. No pude evitar sentir cierta admiración por ese icono de la pistola obrera de Barcelona. La tela que la cubría resultó ser un gorro de la CNT.

- Estáis locos ¡no puedo ir con esto puesto por la calle! -  Les dije nada más verlo.

- No hace falta que lo lleve puesto señora, con que lo deje tirado por ahí es suficiente. Si puede también lanzar alguna proclama… - me contestó - Confío que está usted al corriente de todo. Saldrá por la puerta del Ritz en solo unos minutos, es un hombre alto de nariz…

- Le conozco, no necesito una descripción. -  Le interrumpí.

Guardé la pistola y el gorro en los bolsillos del abrigo y salí del vehículo sin despedirme.

 

Alguien llamó a la puerta. Resultó ser un muchacho con una carta. Me la puso en la mano y salió corriendo sin esperar propina. El corazón me dio un vuelco cuando leí el nombre de mi hermano escrito en el sobre. Salí corriendo a mi habitación a leerla:

Prisión Provincial. Alicante, 6 de junio de 1936

Querida hermana Pilar,

Espero que te encuentres bien y en buena salud. Por favor, lee esta carta en solitario y quémala después, pues es de vital importancia que no caiga en las manos equivocadas.

Te escribo para encomendarte una tarea que excede todo cuanto te he pedido hasta ahora y que solo puedo confiarte a ti. Mi voluntad de apartarte del partido siempre fue firme, pero has demostrado ser capaz de hacer más de lo que muchos imaginábamos. Como bien sabes, debido a mi encierro, el movimiento se encuentra dividido en facciones. Manuel Hedilla está activamente generando conflicto interno a pesar de haberle instado a tener un papel conciliador por correspondencia. En mi ausencia, aspira al puesto de jefe nacional del partido y está dispuesto a todo con tal de alcanzar su propósito. Esto nos hace débiles frente a los enemigos de la patria y lastra el avance imparable de nuestro movimiento. Es el mayor de mis deseos conseguir evitar la disidencia y generar unidad. Es necesario por tanto que Manuel Hedilla fallezca bajo la apariencia de asesinato por parte de las milicias de la CNT. Una tragedia semejante lograría aunar nuestras fuerzas contra el enemigo común. Sin embargo, Manuel conoce a todos nuestros miembros. Temo además que algunos de nuestros camaradas estén de su parte. Es cauteloso, va armado y nunca bajará la guardia en presencia de otros hombres. Sin embargo, su debilidad siempre han sido las mujeres.

[…]

Esa misma noche deberéis salir hacia Alcoy. Cuento con buenos amigos allí que os darán alojamiento y protección. Mi salida de prisión es inminente y no tardaré en reunirme con vosotros.

Recibe el afecto de tu hermano,

José Antonio Primo de Rivera

Sentí la habitación dando vueltas. Tuve que sentarme en el borde de la cama para no caerme. Fui a mi mesita de noche y saqué la foto de Manuel escondida desde hace años en el doble fondo. Bajé al salón y la lancé a la chimenea junto con la carta.

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