Sales de puntillas de la habitación al
comedor. Ordenas tus cajas de acuarelas, recolocas los libros en las
estanterías y limpias los restos de tinta china que dejamos anoche sobre la
mesa escribiendo hanzis. Vuelves a la habitación y te quitas mi sudadera vieja.
Disimulas, sabes que estoy despierto y te acercas a la cama como deseando que
admire el moreno natural de tu piel y las curvas de tu pelo. Te recreas
poniéndote la ropa. Dejas caer tu blusa blanca de lino sobre tu pecho, esa que
sabes que me gusta tanto, la que resalta tus ojos. Deslizas por tus piernas los
pantalones de pitillo muy despacio, como en un striptease inverso. Te acercas a
la cama, me das un beso en la frente y sales a la calle. Caminas hasta la
editorial, con esos andares tuyos tan elásticos. Trabajas todo el día sin dejar
de pensar en mí, de igual modo que sabes que yo estoy pensando en ti. Por la
tarde, antes de salir miras el móvil y sonríes al ver que te he enviado una
foto de la cena casi lista en el horno. Vas a nuestra pastelería y compras tu
merengue favorito. Caminas de vuelta a casa, pero nunca llegas. Todos dicen que
no vas a volver. Pero tanto tú como yo creemos en el poder invocador de la
palabra, en la capacidad creadora del verbo. Y quizá mi propio pensar te dan
forma y consistencia a mis recuerdos más allá de las páginas.
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