La noche
estaba siendo larga, otra vez me había dejado liar. Ya eran las cuatro y ahí
seguía yo, en la plaza del Glop, sentada en el mismo sitio que la semana pasada,
con mi hermana pasadísima dormida sobre mis piernas, sus amigos hablando de las
mismas tonterías de siempre y con una lata de cerveza imbebible de marca
impronunciable en la mano. Mientras escuchaba a los de la guitarra de al lado berrear
Maricarmen por enésima vez, solo podía pensar en las dos horas que quedaban
hasta el primer metro de vuelta a casa. Desde luego, esto no es lo que yo imaginaba
que eran las fiestas en la universidad.
En ese
momento apareció él por la calle de en frente. Tenía unas piernas largas y
delgadas embutidas en unas mallas a cuadros y vestía un chaleco rojo sin nada
debajo que dejaba ver su cuerpo negro, fibroso y lleno de tatuajes. Me quedé
hipnotizada mirándole, tanto sus andares elásticos como su cresta afro parecían
no estar dominados por las leyes de la física. Pasó entre la multitud ajeno a
todo, como si no notara que estábamos allí. No se parecía a nadie que yo
hubiera visto jamás. Desapareció entre las callejuelas y supe que tenía que
seguirle. Puse la cabeza de mi hermana encima de mi chaqueta y salí corriendo
sin dar explicaciones. Creí haberle perdido hasta que le vi doblar una esquina
unas calles más adelante. Traté de acelerar maldiciendo mi falda de tubo, pero no
le alcanzaba, cada vez que me acercaba un poco me volvía a ganar terreno. Le
seguí hasta donde acaba Beni y comienzan los campos al otro lado de la
carretera. Me estaba alejando más de la cuenta, pero no estaba dispuesta a volver
atrás. Crucé la carretera tras él y le seguí por una zona de huerta con algunas
casitas. Se acercó a un muro de bloques de hormigón y empezó a mirar hasta que
encontró un agujero, contorsionó su cuerpo y desapareció tras él. Me acerqué al
agujero y me quedé mirando al otro lado, sopesando si entrar sería una buena
idea. No se veía nada detrás, solo unos matorrales y algunas litronas tiradas
por el suelo. De repente, una mano invitante apareció tras el agujero haciendo
señales para que pasara. No lo pensé más, entré.
El dueño de
la mano resultó ser un chico de mi edad con una melena enmarañada entre la que
destacaban unos enormes ojos color turquesa. Me sonrió enseñándome toda su
dentadura blanca y perfecta. Miré a mi alrededor, estábamos en una gran explanada
diáfana. Cerca de mí una pista de skate, al fondo, decenas de personas bailando
al ritmo de la música entre focos de colores. No sabía que hubiera lugares así
entre los campos.
“¿Dónde
estamos?” le pregunté al chico de los ojos verdes.
“No estamos
en la escombrera, eso desde luego” me contestó riendo mientras lamía el extremo
de un papel de fumar.
No tenía ni
idea de que quería decir con eso, pero decidí que era mejor no preguntar. Tenía
que centrarme en mi objetivo. “¿Has visto a un tío con un chaleco rojo?”
“No lo sé,
por aquí pasa mucha gente, ni me acuerdo de todos, ni lo intento… ¿Quieres M?”
Dijo abriendo delante de mí una bolsita con unos cristales blanquecinos. Nunca
me ha parecido mal que la gente me ofrezca cosas, pero yo por aquel entonces ya
había oído hablar de las consecuencias poco agradables de tomar algo que te
ofrece un desconocido, nunca puedes saber si es veneno. Como si me hubiera
leído la mente, el chico cogió una pequeña cantidad con el dedo y se lo llevó a
la boca. Al ver que él mismo lo había tomado supuse que no habría peligro y lo
probé. Nada más chuparlo comencé a notar una sensación muy extraña, la punta de
mis dedos me hacía cosquillas en la palma de la mano, el tejido de mi blusa
parecía más suave que nunca. Parpadeé varias veces y entonces distinguí su
figura bailando entre la multitud. Las luces parecían estar más bonitas que
nunca. Fui tras él.