El eco de
unos pasos solitarios resonaba bajo la lluvia al caer el sol una tarde de
invierno. Una figura encapuchada daba zancadas alargando las piernas por debajo
del chubasquero. Era demasiado tarde como para verle con claridad en un día de
lluvia, demasiado pronto como para que estuvieran encendidas las farolas de la
calle Campoamor. Con el rostro cubierto, solo la luz de algún rayo lejano
dejaba entrever una cara angular y pálida. Se detuvo y comprobó el número del
portal más próximo sujetando con sus guantes blancos una pequeña nota. Las
campanas de la iglesia de Santa Bárbara comenzaron a sonar anunciando la misa
de 7. Se acercó al portero automático, volvió a mirar su nota y pulsó una
combinación de números en el teclado. La puerta se abrió al instante y entró bajándose
la capucha. Con un fogonazo, las farolas de la calle dieron luz a la escena. Su
pelo rojizo y húmedo caía en mechones ondulados sobre su frente. En su cara,
pintada de payaso, una gota blanquecina descendía desde su ojo izquierdo hasta
la barbilla, dejando intacto el resto del maquillaje. Un murmullo alegre
provenía de los pisos superiores. Se encaminó escaleras arriba hasta donde
provenía el ruido. Cuarta planta, puerta trece. Estaba entreabierta, entró sin
llamar, recorrió el recibidor hasta el salón y se quedó mirando la estancia
bajo el marco. El salón era grande, lleno de luz, una tarta con 8 velas y
multitud de aperitivos llenaban una gran mesa rodeada por hombres y mujeres elegantes
que conversaban distraídos. Al fondo, niños y niñas jugaban sobre una gran alfombra
persa. El payaso carraspeó: “Ejem, hola.” Se hizo el silencio, todos se
giraron. “Perdón por llegar tarde”.
Un niño
comenzó a llorar, otro se escondió detrás de las cortinas, la mayoría se quedaron
muy quietos mirando. Una mujer con vestido rojo y zapatos de Louboutin se
levantó de la mesa “¡Llegas tardísimo, hace ya más de hora y media que tendrías
que haber estado aquí! Ni te esperábamos ya.”
“Se han
cancelado varios trenes por las lluvias y el metro estaba cerrado, he tenido
que venir andando desde Atocha.” Dijo con cierto tono de reproche en la voz. “Quizá
podría hacer al menos parte de mi número.”
La mujer le
miró de arriba a abajo pensando que hacer. Le gustaba su disfraz, nuevo e
impoluto. Solo su pelo húmedo y los camales mojados rompían el efecto. No se
podía permitir hacer el ridículo tirándolo de casa, ya se había montado
suficiente escena con la aparición repentina. “Ven conmigo al baño de invitados,
te daré una toalla y te secas. Sí que podría estar bien algo de animación hasta
y media, aunque habrá que empezar con la tarta, mi hijo ya está como loco por
soplar las velas”.
El payaso
se secó, se arregló el maquillaje lo mejor que pudo y se ahuecó su pelo rizado.
Nada quedaba de su aspecto siniestro y desaliñado, tenía una apariencia alegre
y juvenil. “¿Ese pelo es natural?¡Que divino!” Dijo la señora con la cabeza
inclinada y sus labios formando una “o” casi perfecta.
Con su
aspecto ya mucho más presentable, el payaso comenzó a entretener a los
invitados de la fiesta y pronto todos olvidaron la primera impresión. Tanto los
niños como los adultos reían con sus payasadas. Tuvo tiempo de hacer su número
completo hasta el final de la fiesta. Mientras los últimos invitados cogían sus
abrigos y paraguas, el payaso se acercó a la mujer. “Disculpe, no quiero ser maleducado,
pero debería irme, si me pudiera pagar ya se lo agradecería.” La mujer le miró
haciéndose la sorprendida. “Ay sí por su puesto, que despiste, dame un segundo.”
Dijo adiós al resto de invitados y se fue pasillo adentro. El payaso se quedó
mirando la casa, nunca había estado en uno de estos pisos, no sabía que hubiera
casas tan elegantes en esta zona. La señora llegó con un sobre en la mano.
“Mira la verdad es que yo no te querría decir nada, pero es que te lo tengo que
decir. El numerito de hoy no ha sido nada profesional, te lo digo por tu bien,
no puedes ir así por la vida. No debería pagarte después del bochorno que he
pasado, pero al final pues me ha sabido mal, sabes.” El payaso miró dentro del
sobre “Pero aquí solo hay 15 euros, es menos de la mitad”. “Hombre, llegando
tan tarde no sé que esperabas” El payaso no dijo nada, cogió sus cosas y ante
la incredulidad de la dueña salió dando un portazo que hizo retumbar las
paredes de la casa.
Caminó a
grandes zancadas hasta la parada de Recoletos para comprobar que las líneas ya
estaban operativas. Un sentimiento de alivio recorrió su cuerpo, no quería ni
pensar en volver a andar hasta Atocha. A las once menos cuarto, una hora y dos
trasbordos más tarde, llegó a Vallecas. Había parado de llover. Las calles
estaban desiertas. Abrió la puerta de casa, su madre le esperaba viendo la tele
en el comedor. Sobre el mantel de ganchillo de una pequeña mesa redonda había
una tarta con dos velas formando el número 30.
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