Antes de ti
todo era obscuridad. Yo era otra más, otra de tantas. Moldeada a fuego por esa
la maquinaria brutal que nos quema y nos hace frías. Que nos exige ser a todas
iguales y perfectas, a la espera de un hombre como tú. Me tocas con tus manos toscas
y sucias como las de un artista y yo solo deseo que pintes conmigo sobre tus
lienzos, que des forma a tus fantasías y sueños. Cuando me agarras lo siento,
no es tu primera vez, ni tan siquiera sé si significo algo, si me distingues de
todas las demás. Me manipulas entre tus manos expertas y solo te odio más sin
desearte menos.
Me metes en
la recámara sin tan siquiera mirarme, ni un adiós merece este romance. Huele a
pólvora, todo está oscuro de nuevo. Un “clic”, un movimiento, apuntas, aprietas
el gatillo y fuego. Salgo propulsada entre llamas, rompiendo el aire en una parábola.
Me alejo de ti, me enfrío y ya te echo de menos. No sé a dónde voy, aunque lo
presiento, pero sé que es lo que tú quieres y con eso me basta. Zumbo entre
nubes de humo y más hombres, unos de pie, otros que caen, muchos sobre el
suelo. Entonces le veo, frente a mí, con la cara tiznada y mirada de nunca
haber roto un plato. No tiene tiempo de apartarse, no puedo evitarlo, no quiero
esquivarle. Impacto, penetro y atravieso piel, carne y hueso.
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