Muy alegre
De figura
espigada, recordaba a una de esas escritoras inglesas de principios del s. XX:
melena corta, negra; el rostro alargado, ojos oscuros, piel muy blanca, nariz
algo prominente y boca pequeña, pero carnosa. Su delgadez y su altura le daban
un porte elegante, aunque el andar con los pies un poco hacia afuera rompía algo de la
grácil verticalidad.
Si tuviera que
decir lo que me viene a la cabeza cuando pienso en su imagen, diría lo
camaleónica que era; la variedad de looks que lucía según la ocasión o
dependiendo de con quien fuera a relacionarse. Ese comportamiento, me doy
cuenta ahora, evidenciaba su propensión a una voluntad de integración, a no
querer imponer ni violentar con una diferencia ni un tono más alto o
discordante para el otro.
Nos habíamos
conocido veinte años atrás cuando coincidimos compartiendo piso en Santiago de
Chile, a mediados de los noventa. Entonces era una joven de un pueblo levantino que, tras finalizar sus estudios de diseño, había querido ver mundo.
Proviniendo de familia humilde, su mayor don consistía en esa elegancia alegre
y natural además del común y repetido interés que suscitaba en los hombres:
ligaba con suma facilidad y no le daba, aparentemente, la menor importancia. Consciente
de su gancho seductor lo usaba en su beneficio con suma gracia y frescura con
una seguridad y naturalidad pasmosa para mí. No transmitía cuestionamiento
alguno de esa situación, en la que parecía encontrarse totalmente cómoda.
La vitalidad de Berta, junto con esa naturalidad en el uso de su facilidad seductora, le daban un aire de superficialidad (incluso de vacuidad), solo contrastada por su pertinaz ansia de conocer mundos; estaba muy interesada en la historia y la arqueología y los restos y grandes monumentos de civilizaciones del pasado eran fuente constante de admiración y motor de planes y viajes. Viajar y experimentar de forma gozosa todo lo que cada ocasión le brindaba fueron su leit motiv durante años.
Tras esos años
en Chile, de los que en realidad compartimos solo unos meses, su vida siguió un
curso similar en otras latitudes hasta el tiempo vivido en Barcelona, tras la
deseada vuelta a España. En este último lugar se produjo la segunda de nuestras
azarosas coincidencias. Y fue justamente ahí, durante esos años, donde se
fraguó su vuelta, se podría decir que involuntaria, a Santiago de Chile.
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