jueves, 26 de noviembre de 2020

Ester

Todas las tardes después de comer, Helena, se sentaba en la esquina derecha de su cama. Se colocaba justo en el cuadro de luz que recorta la ventana. Era el único momento del día donde solo se escuchan los sonidos del silencio. El crujir de la madera, el baile de las hojas los días de viento y algún que otro pájaro. Y así, tarde tras tarde, se sentaba a esperar, nada menos, que un milagro. De hecho, más que aguardar un acontecimiento, lo que Helena esperaba era escuchar a mismísimo Dios. Tal vez unos pasos profundos sobre el suelo, o el cántico anunciador producido por una voz angelical o el impetuoso golpe de un objeto empujado mágicamente hasta su caída. En absoluto, para Helena todo eso no eran más que decepcionantes habladurías y burdos engaños del párroco que oficiaba las misas. Aunque no sabía que esperar, existía en ella una fuerte determinación en la búsqueda de ese sonido divino y representativo del Todo Poderoso. Mientras el sol dibujaba aquellos rectángulos de luz sobre la colcha, Helena esperaba atenta, inmóvil y con los ojos cerrados. De repente se oyó un “tic”, como el sodio ligero y seco de algún cuerpo pequeño en contacto fugaz con el cristal. Ese no podía ser Dios. Helena reconoció aquel ruido, abrió los ojos, y a continuación la ventana; quedándose por un momento cegada por el resplandor del sol. Obnubilada todavía por el rápido paso de la oscuridad a la luz, escuchó una voz familiar, cándida y despierta que gritaba su nombre. Solo era su amigo Ignacio.

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