Paula despertó,
como cada día entre semana, con el portazo de su padre al salir de casa. Sin perder un instante, cogió impulso y saltó de la cama arqueando su elástico y
menudo cuerpo. Se vistió con la ropa que dejo lista la noche anterior y salió
disparada a la cocina. Mientras ella devoraba el desayuno, su madre la miraba desde
la silla de enfrente con aspecto cansado y sosteniendo un cigarrillo con su
mano huesuda y temblorosa. “Come más despacio que te vas a atragantar cariño”
repetía su madre como un mantra cada mañana. Pero Paula no tenía tiempo que perder,
cogió sus cosas, besó a su madre en la mejilla y se precipitó a la calle.
Paula adoraba las
mañanas. El camino al colegio era su parte favorita del día, en el cual las
fincas bajas de periferia se convertían en el escenario de todas sus fantasías.
Desde los desfiladeros del cañón del colorado hasta las escarpadas pendientes
de un cráter en la luna, los muros grises se pintaban al ritmo de su
imaginación. Este recorrido, aunque corto, era su respiro, su momento.
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