viernes, 27 de noviembre de 2020

 

Muy alegre


De figura espigada, recordaba a una de esas escritoras inglesas de principios del s. XX: melena corta, negra; el rostro alargado, ojos oscuros, piel muy blanca, nariz algo prominente y boca pequeña, pero carnosa. Su delgadez y su altura le daban un porte elegante, aunque el andar con los pies un poco hacia afuera rompía algo de la grácil verticalidad.

Si tuviera que decir lo que me viene a la cabeza cuando pienso en su imagen, diría lo camaleónica que era; la variedad de looks que lucía según la ocasión o dependiendo de con quien fuera a relacionarse. Ese comportamiento, me doy cuenta ahora, evidenciaba su propensión a una voluntad de integración, a no querer imponer ni violentar con una diferencia ni un tono más alto o discordante para el otro.

Nos habíamos conocido veinte años atrás cuando coincidimos compartiendo piso en Santiago de Chile, a mediados de los noventa. Entonces era una joven de un pueblo levantino que, tras finalizar sus estudios de diseño, había querido ver mundo. Proviniendo de familia humilde, su mayor don consistía en esa elegancia alegre y natural además del común y repetido interés que suscitaba en los hombres: ligaba con suma facilidad y no le daba, aparentemente, la menor importancia. Consciente de su gancho seductor lo usaba en su beneficio con suma gracia y frescura con una seguridad y naturalidad pasmosa para mí. No transmitía cuestionamiento alguno de esa situación, en la que parecía encontrarse totalmente cómoda.

La vitalidad de Berta, junto con esa naturalidad en el uso de su facilidad seductora, le daban un aire de superficialidad (incluso de vacuidad), solo contrastada por su pertinaz ansia de conocer mundos; estaba muy interesada en la historia y la arqueología y los restos y grandes monumentos de civilizaciones del pasado eran fuente constante de admiración y motor de planes y viajes. Viajar y experimentar de forma gozosa todo lo que cada ocasión le brindaba fueron su leit motiv durante años.

Tras esos años en Chile, de los que en realidad compartimos solo unos meses, su vida siguió un curso similar en otras latitudes hasta el tiempo vivido en Barcelona, tras la deseada vuelta a España. En este último lugar se produjo la segunda de nuestras azarosas coincidencias. Y fue justamente ahí, durante esos años, donde se fraguó su vuelta, se podría decir que involuntaria, a Santiago de Chile.

jueves, 26 de noviembre de 2020

Ester

Todas las tardes después de comer, Helena, se sentaba en la esquina derecha de su cama. Se colocaba justo en el cuadro de luz que recorta la ventana. Era el único momento del día donde solo se escuchan los sonidos del silencio. El crujir de la madera, el baile de las hojas los días de viento y algún que otro pájaro. Y así, tarde tras tarde, se sentaba a esperar, nada menos, que un milagro. De hecho, más que aguardar un acontecimiento, lo que Helena esperaba era escuchar a mismísimo Dios. Tal vez unos pasos profundos sobre el suelo, o el cántico anunciador producido por una voz angelical o el impetuoso golpe de un objeto empujado mágicamente hasta su caída. En absoluto, para Helena todo eso no eran más que decepcionantes habladurías y burdos engaños del párroco que oficiaba las misas. Aunque no sabía que esperar, existía en ella una fuerte determinación en la búsqueda de ese sonido divino y representativo del Todo Poderoso. Mientras el sol dibujaba aquellos rectángulos de luz sobre la colcha, Helena esperaba atenta, inmóvil y con los ojos cerrados. De repente se oyó un “tic”, como el sodio ligero y seco de algún cuerpo pequeño en contacto fugaz con el cristal. Ese no podía ser Dios. Helena reconoció aquel ruido, abrió los ojos, y a continuación la ventana; quedándose por un momento cegada por el resplandor del sol. Obnubilada todavía por el rápido paso de la oscuridad a la luz, escuchó una voz familiar, cándida y despierta que gritaba su nombre. Solo era su amigo Ignacio.

Avis (alberto QG)

 

Paula despertó, como cada día entre semana, con el portazo de su padre al salir de casa. Sin perder un instante, cogió impulso y saltó de la cama arqueando su elástico y menudo cuerpo. Se vistió con la ropa que dejo lista la noche anterior y salió disparada a la cocina. Mientras ella devoraba el desayuno, su madre la miraba desde la silla de enfrente con aspecto cansado y sosteniendo un cigarrillo con su mano huesuda y temblorosa. “Come más despacio que te vas a atragantar cariño” repetía su madre como un mantra cada mañana. Pero Paula no tenía tiempo que perder, cogió sus cosas, besó a su madre en la mejilla y se precipitó a la calle.

Paula adoraba las mañanas. El camino al colegio era su parte favorita del día, en el cual las fincas bajas de periferia se convertían en el escenario de todas sus fantasías. Desde los desfiladeros del cañón del colorado hasta las escarpadas pendientes de un cráter en la luna, los muros grises se pintaban al ritmo de su imaginación. Este recorrido, aunque corto, era su respiro, su momento.

Pobre y con Tata - Juani Blasco

 

“Pobre y con Tata” 

La niña acercó un poco más el brasero a la mesa,... esperando la respuesta de su tata que, pendiente de ella, la riñó con severidad anticipándose al desastre.

Esperanza Ramiz Sierra se llamaba, para mí: " Mi tata Aurora".

Mi tata nació en Zaragoza en 1909, mujer de carácter, hija de un coronel a las órdenes de Franco, de familia conservadora a ultranza, ser la única hija "mujer" del matrimonio la hizo estar predestinada a cuidar de sus padres de por vida y a nunca casarse  por mandato familiar.

La educaron bien. Mujer culta, rebelde y adelantada a su tiempo, se dedicó durante buena parte de su vida a romper las reglas establecidas y a desobedecer a su familia. Su padre, "el coronel", como ella lo llamaba, la acabo internando en un convento, del que siempre escapaba.

Acabo sus días viviendo sola, cuidando de una niñita que le dejaban por las tardes, porque su madre tenía que atender a su marido enfermo. 

Crecí entre las faldas de su brasero, sus sopas de ajo, su amor a la ópera, al cine, a la literatura… Me trasmitió sus pasiones desde pequeña: Soñaba con ser como "La Garbo", con su halo seductor y enigmático,... o con cantar como "La Calas" y recorrer el mundo de opera en opera,... o con ser una gran escritora y engendrar grandes novelas.  Aunque sin duda, la mejor historia que puede ser contada, es la de ella.

 

 

 

Son las cuatro de la madrugada, su marido y su hija duermen en la habitación, ella se encuentra en la cocina delante de varios sobres de tila mirando el segundero he intentando controlar el ritmo de sus latidos. Dos respiraciones profundas. Cuanto más piensa peor. A sus casi treinta y dos años es joven para un ataque al corazón. Dos respiraciones. Se imagina con una sonrisa torcida que dirían sus conocidos, ‘tenia un buen trabajo, parecía feliz, una pena’. Que sabrán ellos, sólo sabemos lo que nos enseñan y Clara siempre ha sido muy cuidadosa.

 

Sonó el despertador más pronto de lo que me hubiese gustado. La cuarentena pasa factura, me da igual lo que digan los estudios sobre la segunda juventud, el empoderamiento de la mujer y todas esas chorradas, seguramente los firmó el mismo desgraciado que desde su despacho con vistas afirma que el trabajo beneficia al cuerpo y al alma. Y una mierda. Me gustaría ver que diría ese insensato teniendo que despegarse de la cama a las cinco de la mañana para toparse con el engendro con el que comparto zulo, egocéntrico y vicioso, un gay que piensa que aún está en el mercado. Lo tiraría si no fuera porque el piso es suyo.

No recuerdo la verdadera razón por la que llegué a Madrid hace ya veinte años, soñaría con un trampolín a Broadway pero mi único triunfo ha sido actuar en la Chocita del Loro de Carabanchel, y sólo por una noche, después el dueño se apiadó de mí y desde entonces sirvo copas. Mi padre decía que llegaría lejos. Créeme papá, jamás pensé llegar aquí.

Frase de comienzo de relato. AQG

  Si le dejé no fue solo por los cadáveres que guardaba en el sótano. Conocí a Erich en el verano del 51, en Lafayette, Luisiana. Un puebl...