jueves, 20 de mayo de 2021

Frase de comienzo de relato. AQG

 

Si le dejé no fue solo por los cadáveres que guardaba en el sótano.

Conocí a Erich en el verano del 51, en Lafayette, Luisiana. Un pueblo aburrido, donde la monotonía y el calor se mezclan en el aire con el aroma a hierba seca y estiércol.  Yo no era más que una niña, aún no había cumplido los 18. Mi abuela mi tía y yo estábamos en el porche jugando una partida de Boo-ray para matar el tiempo. Entonces, apareció él en su Cadillac como caído del cielo. El rugido del motor hizo incluso que algunos vecinos salieran a la puerta a mirar. Aparcó y vino hacia nosotras cortando el aire con un perfume muy fuerte como a flor de naranja. Era alto y rubio, algo mayor, con unas facciones duras que contrastaban con su conjunto de bermuda, camisa de bolera y mocasines. Se acercó sonriendo, nos dio los buenos días y pidió ver a mi padre. Tenía un ligero acento alemán que yo solo había escuchado en las películas de guerra que ponían en el cine Colonial. No estuvieron dentro más de 15 minutos. Cuando salieron mi padre y él ya lo tenían todo hablado. Imagino que hubo dinero de por medio, pero nunca lo he sabido con certeza. Esa misma tarde me llevó a la heladería de la calle magnolia. Me alegré, cualquier cosa me valía con tal de salir la monotonía.  Él era grande, demasiado grande. No podía dejar de mirarle los pies. Unos pies enormes que parecían de gigante al lado de los míos. ¿Le conoció usted? Tendría que haber visto sus caras, las de mis amigas en la puerta de la heladería al vernos aparecer en Cadillac. Se compró el helado más grande de la tienda, yo solo me pedí una root beer. Erich, así se llamaba, me contó que estaba de paso en el pueblo cuando me vio salir del instituto y decidió seguirme hasta casa. Me ruboricé un poco. Había algo en él que comenzó a gustarme. Ese acento y sus pequeñas rarezas de extranjero le hacían interesante, distinto al resto de gente a la que conocía. La boda no se hizo esperar, no hubo siquiera tiempo para hacerme un vestido. Mi abuela tuvo que ajustarme el suyo. La pequeña iglesia del pueblo nunca me había parecido tan bonita. Mi tía y mi abuela lloraron mucho mi marcha, mi padre parecía aliviado. No creo que fuera solo por la carga económica. No abundaban los hombres solteros después de la guerra y temía verme acabar como su hermana. Yo no lloré, nadie llora por salir de Lafayette, solo lloran las que se quedan.

Esa misma noche vinimos hacia Bethesda. Me dijo que trabajaba en un laboratorio. La casa es enorme y muy elegante. Con una piscina que nunca usábamos por el frio. Él puso las normas muy claras desde el primer día. “Nunca jamás entres al sótano”. No me importó, las mujeres sureñas entendemos que a veces un hombre necesita sus espacios. Por todo lo demás, sentí la casa tan suya como mía desde el primer día. Me costó acostumbrarme a la soledad y a los inviernos. Me aficioné a leer las novelitas que traían en la biblioteca loca. Erich pasaba casi todo el tiempo en el trabajo o en el sótano. Seguía siendo casi un extraño para mí. No sabía cuánto tiempo llevaba en el país, tampoco por qué había venido, ni tan siquiera sabía nada de su familia. Ninguno de los vecinos parecía tampoco conocerle muy bien, teníamos poco trato con ellos. Aun así, aprendí a quererle con el tiempo. Siempre me trató con cariño y respeto en nuestros pocos momentos de intimidad. Podría decir que incluso fui feliz durante los años que pasaron hasta aquel incidente.

Lo recuerdo como una pesadilla. Yo acababa de preparar la cena y estaba esperando a que Erich subiera del sótano cuando escuché un gruñido y varios golpes sordos. Al principio no me asusté mucho, pero decidí acercarme a ver. La puerta estaba entreabierta. Erich me había dicho que no entrara, pero nunca había mencionado nada de no mirar. Me asomé y le vi tirado contra el suelo al pie de las escaleras. Se me heló la sangre. Tuve que romper mi promesa, Erich podía estar herido o peor. Casi hubiera preferido no haberlo hecho. Al bajar no me di cuenta, estaba demasiado concentrada en comprobar si seguía vivo. Sentí su pulso en el cuello. Le puse el brazo sobre mi hombro. No estaba consciente, pero conseguía aguantar su propio peso lo suficiente como para poder llevarle hasta una mesa de escritorio colocada en un extremo del sótano. Fue en ese momento cuando me di cuenta. Todo el perímetro de la habitación estaba lleno de una especie de vitrinas enormes. En cada una de ellas, hombres mujeres y niños flotaban en una especie de líquido verdoso. Quería salir corriendo de allí, llamar a la policía, pero no podía hacerlo. No quería comprometer a Erich. Ahora ya sé que eso hubiera dado igual, claro. Posiblemente hubiera sido lo mejor. Yo solo quería ayudar. Me acerqué a él y traté de despertarle, pero seguía sin responder. Me fijé en una carpeta sobre su escritorio con una etiqueta que decía “Operación Paperclip”. Eso es lo que son ustedes ¿no? Miembros de la operación. Al lado un frasco con las siglas MK y una jeringuilla. Imaginé que Erich se lo había estado inyectando. Le vi la marca de la aguja en el brazo. No quise imaginar lo que podría ser pero creo que fue eso lo que hizo caer por las escaleras. Al rato conseguí que se incorporara. Subimos al comedor. Al principio parecía muy desorientado, ni tan siquiera recordaba mi nombre. Al día siguiente comenzó a mejorar, pero seguía sin estar en condiciones de ir a trabajar. Yo no sabía el número de teléfono de su despacho, tampoco vino nadie a preguntar por él. Empezó a recordar algunas cosas, volvió a comer y llegó incluso a levantarse solo de la silla en algunos momentos. Estaba feliz de verle mejorar. Yo no tenía a nadie más ¿entiende? Pero pasados un par de días todo se precipitó. Ya no me miraba igual, ni me veía creo, miraba al infinito. Su piel tomó un tono verdoso, como muerto. Fue esa misma tarde cuando me mordió. Se lanzó sobre mí como poseído. Tuve suerte de tener la botella de cristal en la mano. Le di mientras nos caíamos al suelo. No tenía otra alternativa, bueno no sé, fue instinto. Se quedó tendido entre el agua y todos los cristales esparcidos por el parqué. Al menos no le hice sangre. Le puse en la silla como pude y le até con una cuerda que encontré en el sótano y duck tape. En ese momento todavía respiraba. Que hubiera hecho usted, no me podía quedar ahí. Me fui hacia la estación de tren. Fue entonces cuando llamé a la policía, no quería que le pasara nada. Fueron ellos los que les avisaron a ustedes ¿no?

jueves, 13 de mayo de 2021

Historia al revés. AQG

 

“Roja hija de puta” fueron sus últimas cuatro palabras. Era un hombre duro, hicieron falta tres disparos. Después, sus ojos se fueron perdiendo en algún punto infinito a medida que se derrumbaba sobre la acera. La sangre se le derramaba por el pecho, convirtiendo a su paso el azul de la camisa en un color púrpura oscuro. No podía apartar los ojos. Me quedé muy quieta, con los pies abiertos, todavía apuntando y sintiendo el calor de la culata contra las palmas de las manos. No era la primera vez que apretaba el gatillo, pero nunca imaginé que lo haría contra alguien del movimiento, al menos no contra él.  Podría decir que sentí dolor o pena, pero mentiría. Decenas de transeúntes se arremolinaban en la distancia como sombras borrosas. Ninguno de ellos tuvo las agallas de acercarse. Un “¡Anarquistas!¡Asesinos!” me sacó de mi trance. “Vivan las Milicias Confederales” Contesté titubeante. Dejé caer la pistola cerca del cuerpo, lancé el gorro al suelo y me escabullí a través los jardines del Prado hasta el punto convenido de la calle Ruiz de Alarcón. Nadie me detuvo. Nadie pareció reconocerme.

Reconocí su figura saliendo del hotel. Alto, fuerte, trajeado, tal como le recordaba. Me detuve a esperarle donde Antonio me había dicho, tras los arbustos cerca de la fuente de Neptuno. Al mirarle, otra vez esa sensación de angustia, el temblor en las manos, el peso amenazante de la pistola en el bolsillo del abrigo. Dios mío dame fuerzas, me decía. Tenía que hacerlo, por Antonio. Él seguía ajeno a todo, parado en la puerta del hotel. Se encendió un cigarro, le hizo un gesto amistoso al botones y se fue en dirección contraria a mí. Estaba tan pendiente de seguir el plan que tardé unos instantes en darme cuenta de que eso no estaba previsto. Se aleja, no viene hacia aquí. Así que me lancé tras él calle arriba antes de perderle de vista. Por suerte caminaba despacio dando caladas despreocupadas al cigarro y fui capaz de alcanzarle. Olvidé toda prudencia y me coloqué a su espalda, a pocos metros. Debía acertar el primer disparo, sabía que podía ser mi única oportunidad. Metí la mano en el bolsillo, acaricié el gatillo. Estaba cerca, lista para sacar el arma cuando, de pronto, se detuvo en un quiosco de prensa. No sé por qué, pero yo también me detuve, mirándole como esperando algo. Cogió un periódico, dejó unas monedas en el mostrador y se giró hacia mí.  Me miró de arriba abajo con una amplia sonrisa y comenzó a acercarse. Se acuerda, no me ha olvidado después de tantos años, pensé. Me quedé helada, durante un momento olvidé que había ido a hacer allí. “Buenos días, señorita” dijo haciendo un gesto con el sombrero y pasando de largo sin detenerse. Me quedé viéndole marchar como una boba. Que ingenua había sido, no era más que una extraña para él. De reconocerme toda la misión habría fracasado, debería haberme sentido aliviada, pero no fue así. Se alejaba con un aire casi arrogante de despreocupación. Sentía rabia, notaba cada latido del corazón en la sien. Apreté la mano sobre la empuñadura del arma, la saqué del bolsillo y apunté. “¡Manuel!” grité, no lo pude evitar, quería que me viera hacerlo. Se giró con una media sonrisa que se convirtió en incredulidad al verme apuntando con el arma. Me hizo gestos tranquilizadores con su mano izquierda. “Tranquila señorita. No haga ninguna tontería” Mientras, deslizaba su mano derecha hacia la cartuchera. No le di ninguna opción.

Los nervios no me dejaban dormir. Decidí levantarme y salir de casa antes de lo previsto. Me puse un abrigo oscuro de solapa ancha y una bufanda para taparme la cara lo más posible. Me persigné y me encaminé a la calle de Alcalá. Cuando llegué, el coche ya me estaba esperando. Me senté en la parte trasera. No sé por qué, pero tenía la falsa esperanza de encontrar a mi hermano en el asiento del copiloto. En su lugar había un chico joven, demasiado joven para estos trabajos, con cuatro pelos en labio superior que pretendía hacer pasar por bigote. Imaginé que tanto él como el conductor debían ser del sindicato universitario. No conocían aún los modales, ni tan siquiera me saludaron como es debido. Hicimos el trayecto en silencio y nos detuvimos en una calle apartada cerca del retiro. El chico del bigote se giró y me dio algo envuelto en un trozo de tela. Noté el peso del metal en mis manos. Era una pistola. El logotipo de la marca Ascano brillaba sobre la culata. No pude evitar sentir cierta admiración por ese icono de la pistola obrera de Barcelona. La tela que la cubría resultó ser un gorro de la CNT.

- Estáis locos ¡no puedo ir con esto puesto por la calle! -  Les dije nada más verlo.

- No hace falta que lo lleve puesto señora, con que lo deje tirado por ahí es suficiente. Si puede también lanzar alguna proclama… - me contestó - Confío que está usted al corriente de todo. Saldrá por la puerta del Ritz en solo unos minutos, es un hombre alto de nariz…

- Le conozco, no necesito una descripción. -  Le interrumpí.

Guardé la pistola y el gorro en los bolsillos del abrigo y salí del vehículo sin despedirme.

 

Alguien llamó a la puerta. Resultó ser un muchacho con una carta. Me la puso en la mano y salió corriendo sin esperar propina. El corazón me dio un vuelco cuando leí el nombre de mi hermano escrito en el sobre. Salí corriendo a mi habitación a leerla:

Prisión Provincial. Alicante, 6 de junio de 1936

Querida hermana Pilar,

Espero que te encuentres bien y en buena salud. Por favor, lee esta carta en solitario y quémala después, pues es de vital importancia que no caiga en las manos equivocadas.

Te escribo para encomendarte una tarea que excede todo cuanto te he pedido hasta ahora y que solo puedo confiarte a ti. Mi voluntad de apartarte del partido siempre fue firme, pero has demostrado ser capaz de hacer más de lo que muchos imaginábamos. Como bien sabes, debido a mi encierro, el movimiento se encuentra dividido en facciones. Manuel Hedilla está activamente generando conflicto interno a pesar de haberle instado a tener un papel conciliador por correspondencia. En mi ausencia, aspira al puesto de jefe nacional del partido y está dispuesto a todo con tal de alcanzar su propósito. Esto nos hace débiles frente a los enemigos de la patria y lastra el avance imparable de nuestro movimiento. Es el mayor de mis deseos conseguir evitar la disidencia y generar unidad. Es necesario por tanto que Manuel Hedilla fallezca bajo la apariencia de asesinato por parte de las milicias de la CNT. Una tragedia semejante lograría aunar nuestras fuerzas contra el enemigo común. Sin embargo, Manuel conoce a todos nuestros miembros. Temo además que algunos de nuestros camaradas estén de su parte. Es cauteloso, va armado y nunca bajará la guardia en presencia de otros hombres. Sin embargo, su debilidad siempre han sido las mujeres.

[…]

Esa misma noche deberéis salir hacia Alcoy. Cuento con buenos amigos allí que os darán alojamiento y protección. Mi salida de prisión es inminente y no tardaré en reunirme con vosotros.

Recibe el afecto de tu hermano,

José Antonio Primo de Rivera

Sentí la habitación dando vueltas. Tuve que sentarme en el borde de la cama para no caerme. Fui a mi mesita de noche y saqué la foto de Manuel escondida desde hace años en el doble fondo. Bajé al salón y la lancé a la chimenea junto con la carta.

jueves, 25 de febrero de 2021

La peor historia posible. Alberto QG

 

Eran las 11 de la mañana de un día de agosto en Mislata. Carlos, nuestro héroe, un fornido hombre de 32 años, se levantó al fin de la cama. Su madre se había ido de fin de semana la noche anterior, así que había aprovechado para dormir sin tener que soportar sus reproches posteriores. Estaba deseando disfrutar de la casa para sí mismo y dedicarse a su placer favorito, ver First Dates con un gran bol de helado. Tenía hambre, mucha hambre, de modo que arrastró su horondo cuerpo hasta cocina en busca de algo que comer. Tamaña fue su sorpresa al ver que en la despensa no había rastro de sus cajas de cereales. Comprobó desesperado como tampoco había pizza en la nevera, ni helado en el congelador, ni ninguno de sus múltiples snacks. Solo fue capaz de encontrar frutas, verduras y otro tipo de alimentos claramente intolerables para la correcta alimentación de un hombre con altas necesidades calóricas. Sentía una fuerte presión en el pecho. Miró hacia la mesa de la cocina vio que había una nota con la letra de su madre:

He tenido que tirar la comida basura que tenías. Lo siento pequeñín, pero ya sabes lo que ha dicho el médico. Solo he dejado comida sana, es por tu bien. Nos vemos el domingo por la noche. Besos.

Mamuchi

Carlos no lo podía creer, comenzaba a hiperventilar, a sentir mareo. Se sentó en la silla de la cocina y se dio aire con un folleto de publicidad. No tenía otra opción, debía ir a por comida para llevar, mi madre me va a matar de hambre. Se apresuró a mirar en su cartera y solo encontró 5 euros. Eso no va a bastar para pasar el día de hoy. De pronto tuvo una revelación. El folleto con el cual se estaba abanicando eran en realidad cupones de descuento de McDonald’s que había olvidado que tenía. Dos menús BigMac por 5€. Que afortunada coincidencia. No era mucho, pero bastaría hasta la noche. Se enfundó sus crocs y se encaminó hacia su amado restaurante. Hacía un sol de justicia, Carlos balanceaba su cuerpo como un pato maldiciendo los largos 800 metros de distancia hasta allá. Le corrían chorros de sudor por la cara, la espalda y la entrepierna. Le faltaba el aire y el dolor provocado por el rozamiento de sus muslos comenzaba a sembrar en su cabeza un miedo cada vez más real al fracaso. Pero un hombre de su bizarría no tiene tales palabras en el vocabulario. Movido más por su férrea determinación que por su fuerza recorrió con decisión las últimas decenas de metros hasta la caja.

- Dos menús Big Mac por favor. - Dijo con voz triunfal mientras ponía el vale sobre el mostrador, paladeando cada una de las sílabas de esa frase tan sencilla y maravillosa.

- Lo siento señor, pero ese cupón solo es válido para nuestros establecimientos ubicados dentro de la ciudad de Valencia. - Le contestó una joven trabajadora.

Ninguna de sus quejas y ruegos sirvió para ablandar a la dependienta. Esto es inaudito, una auténtica calamidad, merece poner en atención al propio Ronald McDonald. Al fin, algo cansado de estar de pie, y de acompañar sus quejas con energéticas gesticulaciones, admitió su derrota y se dio la vuelta sin decir adiós. Tenía demasiada dignidad para seguir insistiendo. Conformarse ahora con una sola hamburguesa sin menú sería peor que no comer nada. No tenía coche y el metro estaba demasiado lejos como para considerarlo. El ánimo de nuestro héroe estaba destruido, todo el esfuerzo realizado había sido en vano. Se imaginaba ya a sí mismo preparando un insípido guiso de verduras o aún peor, una ensalada, su némesis personal. Cuando todo parecía perdido y una lágrima descendía por su mejilla apareció Ramón, antiguo amigo de su madre, saludando desde su coche al otro lado de la calle. Carlos se levantó esperanzado. Veía en Ramón a un gran caballero y en ese coche al corcel dispuesto a llevarle por el camino que le separaba de un oasis gastronómico. Corrió como nunca antes lo había hecho se metió en el vehículo, un Ford Fiesta antiguo, hundiendo la suspensión bajo su peso. Entró sin tan siquiera pedir permiso. La suspensión del coche se hundió bajo su peso.

-Ramón por Dios llévame a Patraix, es un asunto de vida o muerte.

- Claro hijo, cuanto tiempo sin verte. Estás hecho todo un hombre ya. - Le contestó Ramón, contento por el simple hecho de verle.

Con fuerzas renovadas y rostro triunfante, nuestro héroe fue indicándole el camino a Ramón, indicándole tramo por tramo y calle por calle hasta llegar por fin al cruce entre la Avenida de Tres Cruces y el Carrer de l’Arxiduc Carles. Casi podía saborear la carne al ver la enorme M amarilla a pocos metros.

-Aquí, aquí, aquí. - le dijo abriendo la puerta y obligándole a detener el vehículo bruscamente a un lado de la carretera. - Gracias, gracias, gracias.

Salió lo más rápido que sus piernas le permitían diciendo adiós con la mano sin tan siquiera girarse. Ramón se quedó diciendo adiós desde su coche, contento de ser todavía útil para la juventud. Esta vez todo salió a pedir de boca, aceptaron su cupón sin poner pegas y le sirvieron sus dos menús. La espera había merecido la pena, cada bocado sabía a justicia y triunfo.

jueves, 18 de febrero de 2021

Historia en segunda persona 2. Alberto QG

 

Sales de puntillas de la habitación al comedor. Ordenas tus cajas de acuarelas, recolocas los libros en las estanterías y limpias los restos de tinta china que dejamos anoche sobre la mesa escribiendo hanzis. Vuelves a la habitación y te quitas mi sudadera vieja. Disimulas, sabes que estoy despierto y te acercas a la cama como deseando que admire el moreno natural de tu piel y las curvas de tu pelo. Te recreas poniéndote la ropa. Dejas caer tu blusa blanca de lino sobre tu pecho, esa que sabes que me gusta tanto, la que resalta tus ojos. Deslizas por tus piernas los pantalones de pitillo muy despacio, como en un striptease inverso. Te acercas a la cama, me das un beso en la frente y sales a la calle. Caminas hasta la editorial, con esos andares tuyos tan elásticos. Trabajas todo el día sin dejar de pensar en mí, de igual modo que sabes que yo estoy pensando en ti. Por la tarde, antes de salir miras el móvil y sonríes al ver que te he enviado una foto de la cena casi lista en el horno. Vas a nuestra pastelería y compras tu merengue favorito. Caminas de vuelta a casa, pero nunca llegas. Todos dicen que no vas a volver. Pero tanto tú como yo creemos en el poder invocador de la palabra, en la capacidad creadora del verbo. Y quizá mi propio pensar te dan forma y consistencia a mis recuerdos más allá de las páginas.

Narrador en segunda persona. Alberto QG

 

Te pones un buen vestido, uno primaveral, el de flores que te gusta. Cojeas hasta el coche. Sabes bien que los años no perdonan y dos operaciones de cadera son testigo. Conduce lenta, haciendo caso omiso de la impaciencia y pitos de algunos conductores. Hace tiempo que vives ajena al mundo de las prisas y la urgencia. Llegas al centro comercial, montones de gente pasea de tienda en tienda en familia o grupitos de amigos. Decides tomarte un café en esa cafetería moderna que tanto le gustaba a tu hijo. Solo se vive una vez, piensas, para algo has trabajado toda la vida, mañana ya quien sabe donde estarás. Miras a los otros clientes, son todos jóvenes, demasiado jóvenes, algunos casi podrían ser tus nietos si los tuvieras. Tienes que ir a la tienda de teléfonos, así que te levantas y pagas los excesivos cuatro cuarenta del café con leche y sales. La tienda es enorme, te diriges al mostrador. Hay una chica joven de no más de 18 años, apoyada sobre el vidrio, mascando chicle y con la cremallera del uniforme bajada más de lo que tu consideras decente.

-Buenos días, señorita ¿Me preguntaba si me podría echar una…?

- ¿Qué quieres? - Te interrumpe sin moverse un palmo, mirándote de reojo y haciendo una pompa con el chicle.

-Emm… sí mire, es que me ha llegado una factura de teléfono este mes de casi doscientos euros y no se de que es.

-Si miras en la aplicación te sale de que es cada gasto- Contesta, esta vez sin tan siquiera dirigirte la mirada.

-¡Disculpe señorita! ¡Soy una clienta y me gustaría un poco de respecto, al menos querría que me mirara usted a la cara! - Dices alzando mucho la voz.

Un chico no mucho mayor, con acné y el uniforme y gorra de la compañía se acerca a ver si puede calmarte.

- Disculpad ¿Qué sucede? ¿Tiene usted algún problema? -Dice mirándonos alternativamente a las dos.

-Pss, a esta se le va la pinza - Le dice la chica en voz baja haciendo como si no pudiera oírle.

- ¿Es usted el encargado? Me gustaría que me ayudaran, que mi tiempo vale dinero y si no al final voy a tener que poner una hoja de reclamaciones.

- Sí, soy el store manager. A ver, explíqueme su problema señora - Te dice con cierta condescendencia.

- Tengo este mes una factora del teléfono de case doscientos euros y no sé por qué. Exijo una explicación.

Me toma los datos y comienza a mirar una pantalla y a asentir con la cabeza.

- Aquí está el problema. Ha estado usted alquilando películas de Google play y tiene activada la opción de cargo en factura de teléfono.

- Pero eso no puede ser. Yo no he activado nada. Bueno no sé, es que esas cosas antes me las miraba mi hijo. -Contestas con la voz temblorosa.

-Si quiere se lo desactivo yo.

Se lo das. Te tiemblan las manos de impotencia. No te aclaras con estos trastos y no hay ya quien te ayude.

-¿Pero entonces me devuelven el dinero?

-Lo siento señora, pero eso no lo podemos hacer. Es un gasto que usted ha hecho al adquirir contenido digital.

-Esto es una vergüenza. Quiero el libro de reclamaciones.

-No tenemos, puede usted acceder a nuestra web y poner desde ahí una reclamación.

Le quitas le móvil de la mano con malos modos y te das la vuelta. No quieres que te vean así. Caminas hacia al baño lo más rápido que puedes mientras sientes un cosquilleo en los lagrimales. Te lavas la cara y se te corre el maquillaje. Miras al espejo y me ves. Tan igual a ti, perfectamente simétrica. Triste huella de lo que fuiste. Recuerdo constante de nuestra decadencia.

 UNA COMIDA ESPECIAL

Acabas de llegar del instituto, hoy comerás cualquier cosa para después echarte un rato al sofá. Has tenido una mañana dura, examen de filosofía y varias horas de clase en un aula donde tus compañeros chillan y huelen por igual.

Después de pasear a Coki, que esperaba ansioso con la correa en la boca, por fin abres la puerta de la nevera, y pasas largo rato en esta misma posición cuando llaman por teléfono.

-¿Diga?

- Ana voy a comer con una compañera de trabajo- es tu hermana mayor

-¿Pero hay algo para comer?

-Prepara una ensalada, hay lechuga en la nevera, y algo de carne, el otro día compré albóndigas.

-De acuerdo. ¿Cuánto tardas?

-Una media hora

-Vale, hasta ahora- y cuelgas.

Te pones en marcha inmediatamente, no tienes ni idea de que hacer, pero vas a desplegar todas tus dotes culinarias.

Abres la nevera, coges la lechuga del cajón de las verduras y preparas una ensalada ligera. De plato principal, con el tiempo del que dispones, decides hacer unas albóndigas con tomate, el tomate frito es una apuesta segura. Te sobra tiempo, así que te pones a batir claras para hacer merengue que acompañarás de unas láminas de hojaldre tipo milhojas. Preparas la mesa pequeña, al fin y al cabo solo sois tres. En ese momento abren la puerta y entran en el salón antes de que tú acudas.

- Ana te presento a Noelia

-¿Qué tal Noelia?- preguntas con una gran sonrisa a modo de bienvenida

-Bien – la chica es parca en palabras. Está muy delgada y no tiene cara de ser muy simpática, pero lo que más te llama la atención es el enorme zanco de su zapato y la muleta, en la rodilla de la pierna del zanco lleva algo, una especie de aparatejo del que debes despegar la vista porque ella te está mirando.

-¿Comemos?- La verdad es que quizá no fue buena idea que preparases la mesa pequeña.

Le indicas a Noelia que se siente mientras vosotras traéis la comida, aunque cambias de idea cuando la ves lidiar con la muleta, el zanco, la silla, el mantel y las patas de la minúscula mesita que cada vez te parece más pequeña. Cuando está todo en orden por fin vas a la cocina, todavía tienes que montar las milhojas. Al parecer no es tan fácil como creías, termina siendo una crema algo más líquida de lo que quisieras con trozos de hojaldre flotando, que al intentar arreglarla forman una amalgama a la que para salvar las apariencias vas a llamar milhoja desestructurada.

Por fin sentadas empezáis a hablar de vuestro día, ellas hablan de un caso de esquizofrenia, Mari te empieza a contar una anécdota de una consulta, el paciente sufría parálisis cerebral, y se lo olvidaron cuando salieron corriendo por una alarma de incendios, por supuesto tuvo que volver a por él. Comíais la ensalada y Mari te pregunta

-¿Qué lechuga has usado?

-La del cajón de verduras

-¿No habrás cogido la acelga?

-No sé, yo he visto unas hojas verdes y pensé que sería lechuga

-No. Es acelga seguro- dice Noelia en el momento en el que deja un trozo de la falsa lechuga en el plato.

- Vaya, lo siento, si queréis empezamos con las albóndigas- a ti te parece que no está tan mal, pero piensas que quizá sea mejor pasar al plato principal.

Empiezas a servir las albóndigas con tomate, cuatro para cada una serán suficientes, si quieren podrán repetir. Mientras las sirves te llega el aroma del plato, con las prisas no habías podido probarlo, no le has puesto sal pero suelen estar bien condimentadas.

En ese momento olisqueas mejor, ese olor..., ese olor te resulta familiar. Te sientas y las tres en silencio empezáis a probar el plato. El primer trozo es decisivo. Estas albóndigas tienen trocitos y saben como huelen, pero ese olor no puede ser. Sin levantar la mirada cortas otro trozo. Mientras te lo metes en la boca levantas la vista. Tu hermana está masticando también. Todo sigue en silencio. Mantenéis la mirada. Sus ojos te dicen lo que ya sabes.

- Esta comida sabe a ...- dice

- comida de Coki- dices sin dejarle terminar la frase.

En ese momento Noelia se levanta de la mesa tirando la muleta, y a zancadas más deprisa de lo que jamás hubieses soñado llega al baño para vomitar, tirar, expulsar, eliminar de su cuerpo aquella bola de carne que tenía en la boca, con trozos de huesos y cartílago machacado.

-¿Pero dónde la has comprado?- le dices a Mari algo alterada

-En el súper, del refrigerador que está pegado a la carnicería

-¿Ese que tiene un cartel arriba que pone comida de animales?- le respondes en tono de sorna.

Mari acude en ayuda de su compañera. Cuando vuelven las dos, Noelia decide que tiene que irse, al parecer no le ha sentado bien la comida y tiene algo de prisa. Quieres decirle que lo sientes, pero la verdad es que lo has hecho lo mejor que sabes, ¡y lo de las albóndigas no ha sido cosa tuya!.

Al cerrar la puerta de casa, coges la milhoja, te sientas en la mesa con tu hermana, y mientras coméis esa sopa con tropezones no podéis evitar parar de reír.


 

EL INCAPAZ

Tuviste que aprender rápido, sin hermanos tus padres se divorciaron cuando eras aún un niño. Intentaste reclamar su atención haciendo que te expedientaran en todos los colegios, hasta que finalmente en contra de lo que tú esperabas, tus padres te exiliaron en un internado para niños digamos... problemáticos. Allí te diste cuenta de que estabas solo, solo por siempre, y te forjaste un carácter que no permite a nadie traspasar ese muro que construiste.

Tal vez cuando ella te conoció pensó que había algo más, encontró algo especial que nadie entendía, pero con el tiempo tú lo destruyes todo, no sabes si es odio o incapacidad.

Ella te espera, pero tú no tienes prisa, Cuando traspases la puerta ella te dirá que tenéis que hablar, te sentarás y escucharás sus reproches, sus lloros, pero a ti te dará igual, aunque le dirás que todo mejorará tan solo para que se calle, le dirás como otras mil veces que intentarás hacerla feliz, al día siguiente le comprarás cualquier cosa y como siempre ella seguirá a tu lado. Eres consciente de que le das migajas, que eres incapaz de demostrar cariño, pero necesitas tener a alguien que te quiera aunque sepas que le harás desgraciado.

Llegas a casa, abres la puerta despacio, con un poco de suerte estará dormida y no tendrás que aguantar el melodrama de turno. Dejas las llaves en la entrada, huele a su perfume, magnolias. Te acercas a la nevera y coges una cerveza, hay pastel de manzana, seguramente lo habrá hecho esperando que vinieses a cenar tal como le prometiste, ella sabe que te gusta. La cocina está ordenada. Encima de la mesa tienes el correo y le echas un vistazo con desgana, casi todo son facturas. Hay otra carta, no tiene remite, la habrán entregado en mano, delante pone tu nombre. Pegas un largo trago de cerveza y la abres.

Por fin alguien ha derrumbado tu muro, te mentiste a ti mismo, sólo cuando te dejó consiguió que sintieras algo parecido al cariño. Arrugas la carta y mientras la aprietas dentro de tu puño como si quisieras desintegrarla, como si su destrucción hiciese que nada de esto hubiese ocurrido, retienes tu rabia y lloras como nunca lo habías hecho.

Frase de comienzo de relato. AQG

  Si le dejé no fue solo por los cadáveres que guardaba en el sótano. Conocí a Erich en el verano del 51, en Lafayette, Luisiana. Un puebl...