Si le dejé no fue solo por los cadáveres
que guardaba en el sótano.
Conocí a Erich en el verano del 51, en
Lafayette, Luisiana. Un pueblo aburrido, donde la monotonía y el calor se
mezclan en el aire con el aroma a hierba seca y estiércol. Yo no era más que una niña, aún no había
cumplido los 18. Mi abuela mi tía y yo estábamos en el porche jugando una
partida de Boo-ray para matar el tiempo. Entonces, apareció él en su Cadillac como
caído del cielo. El rugido del motor hizo incluso que algunos vecinos salieran
a la puerta a mirar. Aparcó y vino hacia nosotras cortando el aire con un perfume
muy fuerte como a flor de naranja. Era alto y rubio, algo mayor, con unas
facciones duras que contrastaban con su conjunto de bermuda, camisa de bolera y
mocasines. Se acercó sonriendo, nos dio los buenos días y pidió ver a mi padre.
Tenía un ligero acento alemán que yo solo había escuchado en las películas de
guerra que ponían en el cine Colonial. No estuvieron dentro más de 15 minutos. Cuando
salieron mi padre y él ya lo tenían todo hablado. Imagino que hubo dinero de
por medio, pero nunca lo he sabido con certeza. Esa misma tarde me llevó a la
heladería de la calle magnolia. Me alegré, cualquier cosa me valía con tal de
salir la monotonía. Él era grande,
demasiado grande. No podía dejar de mirarle los pies. Unos pies enormes que parecían
de gigante al lado de los míos. ¿Le conoció usted? Tendría que haber visto sus
caras, las de mis amigas en la puerta de la heladería al vernos aparecer en Cadillac.
Se compró el helado más grande de la tienda, yo solo me pedí una root beer. Erich,
así se llamaba, me contó que estaba de paso en el pueblo cuando me vio salir
del instituto y decidió seguirme hasta casa. Me ruboricé un poco. Había algo en
él que comenzó a gustarme. Ese acento y sus pequeñas rarezas de extranjero le
hacían interesante, distinto al resto de gente a la que conocía. La boda no se
hizo esperar, no hubo siquiera tiempo para hacerme un vestido. Mi abuela tuvo
que ajustarme el suyo. La pequeña iglesia del pueblo nunca me había parecido
tan bonita. Mi tía y mi abuela lloraron mucho mi marcha, mi padre parecía
aliviado. No creo que fuera solo por la carga económica. No abundaban los
hombres solteros después de la guerra y temía verme acabar como su hermana. Yo
no lloré, nadie llora por salir de Lafayette, solo lloran las que se quedan.
Esa misma noche vinimos hacia Bethesda. Me
dijo que trabajaba en un laboratorio. La casa es enorme y muy elegante. Con una
piscina que nunca usábamos por el frio. Él puso las normas muy claras desde el
primer día. “Nunca jamás entres al sótano”. No me importó, las mujeres sureñas
entendemos que a veces un hombre necesita sus espacios. Por todo lo demás, sentí
la casa tan suya como mía desde el primer día. Me costó acostumbrarme a la
soledad y a los inviernos. Me aficioné a leer las novelitas que traían en la
biblioteca loca. Erich pasaba casi todo el tiempo en el trabajo o en el sótano.
Seguía siendo casi un extraño para mí. No sabía cuánto tiempo llevaba en el
país, tampoco por qué había venido, ni tan siquiera sabía nada de su familia. Ninguno
de los vecinos parecía tampoco conocerle muy bien, teníamos poco trato con
ellos. Aun así, aprendí a quererle con el tiempo. Siempre me trató con cariño y
respeto en nuestros pocos momentos de intimidad. Podría decir que incluso fui
feliz durante los años que pasaron hasta aquel incidente.
Lo recuerdo como una pesadilla. Yo acababa
de preparar la cena y estaba esperando a que Erich subiera del sótano cuando
escuché un gruñido y varios golpes sordos. Al principio no me asusté mucho,
pero decidí acercarme a ver. La puerta estaba entreabierta. Erich me había
dicho que no entrara, pero nunca había mencionado nada de no mirar. Me asomé y
le vi tirado contra el suelo al pie de las escaleras. Se me heló la sangre. Tuve
que romper mi promesa, Erich podía estar herido o peor. Casi hubiera preferido
no haberlo hecho. Al bajar no me di cuenta, estaba demasiado concentrada en comprobar
si seguía vivo. Sentí su pulso en el cuello. Le puse el brazo sobre mi hombro. No
estaba consciente, pero conseguía aguantar su propio peso lo suficiente como
para poder llevarle hasta una mesa de escritorio colocada en un extremo del
sótano. Fue en ese momento cuando me di cuenta. Todo el perímetro de la
habitación estaba lleno de una especie de vitrinas enormes. En cada una de
ellas, hombres mujeres y niños flotaban en una especie de líquido verdoso.
Quería salir corriendo de allí, llamar a la policía, pero no podía hacerlo. No
quería comprometer a Erich. Ahora ya sé que eso hubiera dado igual, claro.
Posiblemente hubiera sido lo mejor. Yo solo quería ayudar. Me acerqué a él y
traté de despertarle, pero seguía sin responder. Me fijé en una carpeta sobre
su escritorio con una etiqueta que decía “Operación Paperclip”. Eso es lo que
son ustedes ¿no? Miembros de la operación. Al lado un frasco con las siglas MK y
una jeringuilla. Imaginé que Erich se lo había estado inyectando. Le vi la
marca de la aguja en el brazo. No quise imaginar lo que podría ser pero creo
que fue eso lo que hizo caer por las escaleras. Al rato conseguí que se
incorporara. Subimos al comedor. Al principio parecía muy desorientado, ni tan
siquiera recordaba mi nombre. Al día siguiente comenzó a mejorar, pero seguía
sin estar en condiciones de ir a trabajar. Yo no sabía el número de teléfono de
su despacho, tampoco vino nadie a preguntar por él. Empezó a recordar algunas
cosas, volvió a comer y llegó incluso a levantarse solo de la silla en algunos
momentos. Estaba feliz de verle mejorar. Yo no tenía a nadie más ¿entiende? Pero
pasados un par de días todo se precipitó. Ya no me miraba igual, ni me veía
creo, miraba al infinito. Su piel tomó un tono verdoso, como muerto. Fue esa
misma tarde cuando me mordió. Se lanzó sobre mí como poseído. Tuve suerte de tener
la botella de cristal en la mano. Le di mientras nos caíamos al suelo. No tenía
otra alternativa, bueno no sé, fue instinto. Se quedó tendido entre el agua y todos
los cristales esparcidos por el parqué. Al menos no le hice sangre. Le puse en
la silla como pude y le até con una cuerda que encontré en el sótano y duck
tape. En ese momento todavía respiraba. Que hubiera hecho usted, no me podía
quedar ahí. Me fui hacia la estación de tren. Fue entonces cuando llamé a la
policía, no quería que le pasara nada. Fueron ellos los que les avisaron a
ustedes ¿no?