jueves, 21 de enero de 2021

Historia objetiva (Alberto QG)

 

Una mujer con ropa deportiva corre por un camino de tierra que discurre entre campos de naranjos. El sol se esconde detrás de unos bloques de edificios al fondo, dejando el cielo con tonalidades lilas y anaranjadas. De pronto la mujer se detiene y clava la mirada sobre un contenedor de basura al borde del camino. Lo observa con interés, entrecerrando los ojos como si creyera haber visto a un viejo conocido. Algo sobresale ligeramente de su tapa entreabierta. Se acerca y la abre. Multitud de moscas se abalanzan sobre ella, hace aspavientos tratando de ahuyentarlas. Al mirar dentro ahoga un grito de emoción. Entre las muchas bolsas destaca una de gran tamaño de la que rebosan fajos de billetes. Después de unos instantes empieza a estirar de las asas intentando sacar la bolsa haciendo ostensibles gestos de esfuerzo. La bolsa apenas se mueve, las asas se tensan y acaban por ceder, rasgando el plástico y desparramando los billetes dentro y fuera del contenedor. La mujer maldice en voz alta y da una patada al aire. Intenta recoger los billetes caídos en el suelo, pero hay tantos que no le caben en las manos y acaba por soltarlos. Se palpa los bolsillos, da vueltas en círculo. De repente se apresura a colocar en el contenedor todos los billetes esparcidos, cierra bien la tapa y sale disparada en sentido contrario al que venía. Empieza a anochecer, entra a toda prisa en la ciudad y atraviesa corriendo varias manzanas. Llega finalmente a una zona urbanizada y se detiene jadeando en frente de una casa baja. Abre la cerradura con una llave y entra en el domicilio. Segundos después se levanta la puerta del garaje y sale ella conduciendo un monovolumen. Atraviesa la ciudad sin detenerse en los semáforos en rojo y adelantando en sentido contrario a varios vehículos. Hace caso omiso a los pitos y gritos de otros conductores y viandantes. Sujeta con tanta fuerza el volante que los nudillos se le quedan blancos. Ya es noche cerrada cuando al fin llega al camino sin asfaltar. Entra sin tan siquiera quitar el pie del acelerador, haciendo temblar el vehículo en cada bache y generando una gran nube de polvo. Conduce cientos de metros por el camino solo iluminado por las luces del coche hasta que por fin llega hasta el contenedor y se detiene derrapando. Se lanza del vehículo al contenedor y lo abre. El dinero sigue ahí. Corre al maletero a por una linterna y dos grandes bolsas de deporte y comienza a llenarlas de billetes. Mete hasta el último billete y guarda las bolsas en el maletero. Mira de un lado a otro apuntando con la linterna, sube al coche, arranca y da media vuelta. Conduce de vuelta a la misma casa más despacio pero mirando los retrovisores más de lo habitual. Al llegar a la casa saca las bolsas del maletero, las lleva hasta la cocina y las esconde debajo del fregadero. Se prepara una tila con las manos temblorosas derramando algo de agua sobre el mármol. Se sienta en un taburete de la cocina, sujeta el vaso caliente con las dos manos y suspira profundamente. En ese momento, un hombre vestido con un traje negro se acerca a la puerta de la casa y llama al timbre. Se escucha el sonido de un vidrio rompiéndose al caer contra el suelo.


jueves, 14 de enero de 2021

Propuesta de trabajo de los sentidos. Alberto QG

 

– ¡Que de verdad te lo prometo Juan, a las tías les encantan los tíos como tú! – Gritaba Roberto haciéndose oír por encima de un tema de Kidd Keo y del aire que entraba por las ventanas del coche.

– No sé, no lo acabo de ver… siempre que salimos me paso media noche contestando preguntas incómodas y luego el que triunfas eres tú. – Objeté.

– ¡Que no joder!¡Que te digo que hoy te quitan el precinto Juan! Pero no te pases dando pena, queremos que te follen no que te apadrinen –Contestó segundos antes de pegar un volantazo y frenar en seco. No me comí el salpicadero por milímetros, parecía que disfrutaba dándome esos sustos.

Apagó el motor, habíamos llegado. Cogí el bastón y abrí la puerta. Antes de que me diera tiempo a bajar del coche él ya había venido a mi lado a echarme una mano, solía tener esos detalles. Me cogió del brazo y caminamos así hasta la puerta de un local. No dejé de usar el bastón ni un momento, no sería la primera vez que me comiera un bordillo porque Roberto se hubiera olvidado de avisarme. Nada más entrar al pub me golpeó un tufo mezcla de lejía, cañería y canutos. Sonaba grunge más bien bajito, perfecto para no agobiarme con el ruido. Por como se escuchaba la música el local no debía ser muy grande. Había bullicio, pero no parecía demasiado lleno. Nos sentamos en la barra y pedimos un par de cervezas. Él casi no hablaba, estaba con las antenas puestas. Por aquel entonces yo había aprendido a tomarme con humor sus rituales de fin de semana.

–¡Eh! ¡Eh! Juan. Ahí hay un grupo de cuatro tías ¿Vamos o qué?

–No sé, creo que paso. –  Contesté dando unos golpecitos nerviosos sobre la barra.

–¡Eh! ¡Eh! Juan, mírame. –Dijo cogiéndome la cara con la mano y apretándome las mejillas como si quisiera que le mirara a los ojos– No puedes seguir así con 19 putos años. Confía en mí joder.

Me agarró del brazo y me arrastró a la otra punta del pub, poco me faltó para tropezar y tirarme la cerveza encima. Sabía ser bastante convincente cuando quería, pero si le hacía falta siempre encontraba otras maneras de salirse con suya. Nos acercamos hasta donde provenía el murmullo de unas chicas. Roberto carraspeó, el murmullo se detuvo.

  Perdonad chicas ¿me podéis cuidar esto un rato? – dijo dándome palmadas en el hombro.

Sin dar tiempo a que nadie respondiera se apartó de mí. Escuché sus pasos hacia la salida y el sonido de la puerta al cerrarse. Me quedé ahí plantado sin saber que hacer. El cabrón me había hecho el lío. Me puse algo nervioso y empecé a tantear a ver si encontraba la barra o algo para orientarme. De pronto alguien me cogió del brazo.

–¿Necesitas que te ayude? – Me dijo una voz suave y ligeramente aguda, como un maullido. – Siéntate con nosotras si quieres. – Se puso cerca de mí y me guio hasta una silla a su lado. Su pelo me rozó la cara, era suave y liso. A pesar de la peste del local pude sentir su perfume, me resultaba familiar, aunque no lograba distinguirlo.

–Menudo cabrón tu amigo ¿no? – dijo otra de las chicas poco después de sentarme. Se hizo un silencio algo incómodo.

– Sí… bueno… – Respondí un poco nervioso. Me tenía que tranquilizar, que mierda le iba a decir mañana a Roberto si me rajaba. Intenté pensar en algo gracioso para romper el hielo – Es que siempre que salgo me pongo muy ciego y al final pues acaba harto.

Funcionó a la perfección. Se empezaron a reír y desde ese momento cambió el ambiente. Aunque me hicieron algunas de las preguntas de siempre (que cómo uso el móvil, que si cómo me oriento y todo eso) me trataron con mucha naturalidad. Marta, la chica con voz de gato, me cogía la mano por momentos mientras hablábamos. Tenía los dedos suaves y delgados y las uñas ligeramente largas. Debieron pasar horas, no quise preguntar y la verdad es que me daba igual. Cuando se empezaron a despedir, Marta se ofreció a llevarme a casa. Hasta ese momento no había pensado en como volver, a decir verdad, ni tan siquiera sabía donde estábamos. Me agarró del brazo, hombro con hombro, y salimos del pub hacia su coche. Una vez fuera por fin identifiqué su perfume, aroma a azahar. Me sentía como si camináramos entre naranjos en flor. Me ardían las mejillas. Pasamos por un camino de grava, supuse que había aparcado en un descampado. Nos metimos en su coche, parecía estrecho, debía ser algo antiguo.

– ¿Vives solo? – Me dijo

–No, en casa de mis padres. – Contesté algo avergonzado sin saber muy bien por qué.

–Oh, que pena– susurró mientras me acariciaba la nuca con la yema de los dedos.

Primero sentí su aliento cálido en la oreja, luego un pequeño mordisco en el lóbulo. Se me erizó la piel y me estremecí de arriba abajo, sentía como si el corazón se me fuera a salir del pecho. Me lancé sobre ella y nos empezamos a besar. Quizá por el alcohol, pero cuando me quise dar cuenta ya estábamos en el asiento de atrás. Nos quitamos la ropa como poseídos lanzando las prendas sobre cualquier lado. La acaricié, sentí sus curvas, los valles y montañas de su piel. Su cuerpo era flexible, suave y blando. Sus caderas se movían al ritmo con las mías. El azahar se mezclaba con nuestro sudor para crear olores nuevos.

Cuando terminamos me llevó a casa. Nos despedimos con palabras sencillas y dándonos nuestro número de teléfono. Entré a casa y escuché un mensaje de Roberto. “Sorry por hacerte la 13/14 ¿Qué, te han quitado el precinto?”. “Nada tío, otra noche a cero. Se ha intentado”. Le contesté. Sonreí y me fui a dormir.

Frase de comienzo de relato. AQG

  Si le dejé no fue solo por los cadáveres que guardaba en el sótano. Conocí a Erich en el verano del 51, en Lafayette, Luisiana. Un puebl...