jueves, 20 de mayo de 2021

Frase de comienzo de relato. AQG

 

Si le dejé no fue solo por los cadáveres que guardaba en el sótano.

Conocí a Erich en el verano del 51, en Lafayette, Luisiana. Un pueblo aburrido, donde la monotonía y el calor se mezclan en el aire con el aroma a hierba seca y estiércol.  Yo no era más que una niña, aún no había cumplido los 18. Mi abuela mi tía y yo estábamos en el porche jugando una partida de Boo-ray para matar el tiempo. Entonces, apareció él en su Cadillac como caído del cielo. El rugido del motor hizo incluso que algunos vecinos salieran a la puerta a mirar. Aparcó y vino hacia nosotras cortando el aire con un perfume muy fuerte como a flor de naranja. Era alto y rubio, algo mayor, con unas facciones duras que contrastaban con su conjunto de bermuda, camisa de bolera y mocasines. Se acercó sonriendo, nos dio los buenos días y pidió ver a mi padre. Tenía un ligero acento alemán que yo solo había escuchado en las películas de guerra que ponían en el cine Colonial. No estuvieron dentro más de 15 minutos. Cuando salieron mi padre y él ya lo tenían todo hablado. Imagino que hubo dinero de por medio, pero nunca lo he sabido con certeza. Esa misma tarde me llevó a la heladería de la calle magnolia. Me alegré, cualquier cosa me valía con tal de salir la monotonía.  Él era grande, demasiado grande. No podía dejar de mirarle los pies. Unos pies enormes que parecían de gigante al lado de los míos. ¿Le conoció usted? Tendría que haber visto sus caras, las de mis amigas en la puerta de la heladería al vernos aparecer en Cadillac. Se compró el helado más grande de la tienda, yo solo me pedí una root beer. Erich, así se llamaba, me contó que estaba de paso en el pueblo cuando me vio salir del instituto y decidió seguirme hasta casa. Me ruboricé un poco. Había algo en él que comenzó a gustarme. Ese acento y sus pequeñas rarezas de extranjero le hacían interesante, distinto al resto de gente a la que conocía. La boda no se hizo esperar, no hubo siquiera tiempo para hacerme un vestido. Mi abuela tuvo que ajustarme el suyo. La pequeña iglesia del pueblo nunca me había parecido tan bonita. Mi tía y mi abuela lloraron mucho mi marcha, mi padre parecía aliviado. No creo que fuera solo por la carga económica. No abundaban los hombres solteros después de la guerra y temía verme acabar como su hermana. Yo no lloré, nadie llora por salir de Lafayette, solo lloran las que se quedan.

Esa misma noche vinimos hacia Bethesda. Me dijo que trabajaba en un laboratorio. La casa es enorme y muy elegante. Con una piscina que nunca usábamos por el frio. Él puso las normas muy claras desde el primer día. “Nunca jamás entres al sótano”. No me importó, las mujeres sureñas entendemos que a veces un hombre necesita sus espacios. Por todo lo demás, sentí la casa tan suya como mía desde el primer día. Me costó acostumbrarme a la soledad y a los inviernos. Me aficioné a leer las novelitas que traían en la biblioteca loca. Erich pasaba casi todo el tiempo en el trabajo o en el sótano. Seguía siendo casi un extraño para mí. No sabía cuánto tiempo llevaba en el país, tampoco por qué había venido, ni tan siquiera sabía nada de su familia. Ninguno de los vecinos parecía tampoco conocerle muy bien, teníamos poco trato con ellos. Aun así, aprendí a quererle con el tiempo. Siempre me trató con cariño y respeto en nuestros pocos momentos de intimidad. Podría decir que incluso fui feliz durante los años que pasaron hasta aquel incidente.

Lo recuerdo como una pesadilla. Yo acababa de preparar la cena y estaba esperando a que Erich subiera del sótano cuando escuché un gruñido y varios golpes sordos. Al principio no me asusté mucho, pero decidí acercarme a ver. La puerta estaba entreabierta. Erich me había dicho que no entrara, pero nunca había mencionado nada de no mirar. Me asomé y le vi tirado contra el suelo al pie de las escaleras. Se me heló la sangre. Tuve que romper mi promesa, Erich podía estar herido o peor. Casi hubiera preferido no haberlo hecho. Al bajar no me di cuenta, estaba demasiado concentrada en comprobar si seguía vivo. Sentí su pulso en el cuello. Le puse el brazo sobre mi hombro. No estaba consciente, pero conseguía aguantar su propio peso lo suficiente como para poder llevarle hasta una mesa de escritorio colocada en un extremo del sótano. Fue en ese momento cuando me di cuenta. Todo el perímetro de la habitación estaba lleno de una especie de vitrinas enormes. En cada una de ellas, hombres mujeres y niños flotaban en una especie de líquido verdoso. Quería salir corriendo de allí, llamar a la policía, pero no podía hacerlo. No quería comprometer a Erich. Ahora ya sé que eso hubiera dado igual, claro. Posiblemente hubiera sido lo mejor. Yo solo quería ayudar. Me acerqué a él y traté de despertarle, pero seguía sin responder. Me fijé en una carpeta sobre su escritorio con una etiqueta que decía “Operación Paperclip”. Eso es lo que son ustedes ¿no? Miembros de la operación. Al lado un frasco con las siglas MK y una jeringuilla. Imaginé que Erich se lo había estado inyectando. Le vi la marca de la aguja en el brazo. No quise imaginar lo que podría ser pero creo que fue eso lo que hizo caer por las escaleras. Al rato conseguí que se incorporara. Subimos al comedor. Al principio parecía muy desorientado, ni tan siquiera recordaba mi nombre. Al día siguiente comenzó a mejorar, pero seguía sin estar en condiciones de ir a trabajar. Yo no sabía el número de teléfono de su despacho, tampoco vino nadie a preguntar por él. Empezó a recordar algunas cosas, volvió a comer y llegó incluso a levantarse solo de la silla en algunos momentos. Estaba feliz de verle mejorar. Yo no tenía a nadie más ¿entiende? Pero pasados un par de días todo se precipitó. Ya no me miraba igual, ni me veía creo, miraba al infinito. Su piel tomó un tono verdoso, como muerto. Fue esa misma tarde cuando me mordió. Se lanzó sobre mí como poseído. Tuve suerte de tener la botella de cristal en la mano. Le di mientras nos caíamos al suelo. No tenía otra alternativa, bueno no sé, fue instinto. Se quedó tendido entre el agua y todos los cristales esparcidos por el parqué. Al menos no le hice sangre. Le puse en la silla como pude y le até con una cuerda que encontré en el sótano y duck tape. En ese momento todavía respiraba. Que hubiera hecho usted, no me podía quedar ahí. Me fui hacia la estación de tren. Fue entonces cuando llamé a la policía, no quería que le pasara nada. Fueron ellos los que les avisaron a ustedes ¿no?

jueves, 13 de mayo de 2021

Historia al revés. AQG

 

“Roja hija de puta” fueron sus últimas cuatro palabras. Era un hombre duro, hicieron falta tres disparos. Después, sus ojos se fueron perdiendo en algún punto infinito a medida que se derrumbaba sobre la acera. La sangre se le derramaba por el pecho, convirtiendo a su paso el azul de la camisa en un color púrpura oscuro. No podía apartar los ojos. Me quedé muy quieta, con los pies abiertos, todavía apuntando y sintiendo el calor de la culata contra las palmas de las manos. No era la primera vez que apretaba el gatillo, pero nunca imaginé que lo haría contra alguien del movimiento, al menos no contra él.  Podría decir que sentí dolor o pena, pero mentiría. Decenas de transeúntes se arremolinaban en la distancia como sombras borrosas. Ninguno de ellos tuvo las agallas de acercarse. Un “¡Anarquistas!¡Asesinos!” me sacó de mi trance. “Vivan las Milicias Confederales” Contesté titubeante. Dejé caer la pistola cerca del cuerpo, lancé el gorro al suelo y me escabullí a través los jardines del Prado hasta el punto convenido de la calle Ruiz de Alarcón. Nadie me detuvo. Nadie pareció reconocerme.

Reconocí su figura saliendo del hotel. Alto, fuerte, trajeado, tal como le recordaba. Me detuve a esperarle donde Antonio me había dicho, tras los arbustos cerca de la fuente de Neptuno. Al mirarle, otra vez esa sensación de angustia, el temblor en las manos, el peso amenazante de la pistola en el bolsillo del abrigo. Dios mío dame fuerzas, me decía. Tenía que hacerlo, por Antonio. Él seguía ajeno a todo, parado en la puerta del hotel. Se encendió un cigarro, le hizo un gesto amistoso al botones y se fue en dirección contraria a mí. Estaba tan pendiente de seguir el plan que tardé unos instantes en darme cuenta de que eso no estaba previsto. Se aleja, no viene hacia aquí. Así que me lancé tras él calle arriba antes de perderle de vista. Por suerte caminaba despacio dando caladas despreocupadas al cigarro y fui capaz de alcanzarle. Olvidé toda prudencia y me coloqué a su espalda, a pocos metros. Debía acertar el primer disparo, sabía que podía ser mi única oportunidad. Metí la mano en el bolsillo, acaricié el gatillo. Estaba cerca, lista para sacar el arma cuando, de pronto, se detuvo en un quiosco de prensa. No sé por qué, pero yo también me detuve, mirándole como esperando algo. Cogió un periódico, dejó unas monedas en el mostrador y se giró hacia mí.  Me miró de arriba abajo con una amplia sonrisa y comenzó a acercarse. Se acuerda, no me ha olvidado después de tantos años, pensé. Me quedé helada, durante un momento olvidé que había ido a hacer allí. “Buenos días, señorita” dijo haciendo un gesto con el sombrero y pasando de largo sin detenerse. Me quedé viéndole marchar como una boba. Que ingenua había sido, no era más que una extraña para él. De reconocerme toda la misión habría fracasado, debería haberme sentido aliviada, pero no fue así. Se alejaba con un aire casi arrogante de despreocupación. Sentía rabia, notaba cada latido del corazón en la sien. Apreté la mano sobre la empuñadura del arma, la saqué del bolsillo y apunté. “¡Manuel!” grité, no lo pude evitar, quería que me viera hacerlo. Se giró con una media sonrisa que se convirtió en incredulidad al verme apuntando con el arma. Me hizo gestos tranquilizadores con su mano izquierda. “Tranquila señorita. No haga ninguna tontería” Mientras, deslizaba su mano derecha hacia la cartuchera. No le di ninguna opción.

Los nervios no me dejaban dormir. Decidí levantarme y salir de casa antes de lo previsto. Me puse un abrigo oscuro de solapa ancha y una bufanda para taparme la cara lo más posible. Me persigné y me encaminé a la calle de Alcalá. Cuando llegué, el coche ya me estaba esperando. Me senté en la parte trasera. No sé por qué, pero tenía la falsa esperanza de encontrar a mi hermano en el asiento del copiloto. En su lugar había un chico joven, demasiado joven para estos trabajos, con cuatro pelos en labio superior que pretendía hacer pasar por bigote. Imaginé que tanto él como el conductor debían ser del sindicato universitario. No conocían aún los modales, ni tan siquiera me saludaron como es debido. Hicimos el trayecto en silencio y nos detuvimos en una calle apartada cerca del retiro. El chico del bigote se giró y me dio algo envuelto en un trozo de tela. Noté el peso del metal en mis manos. Era una pistola. El logotipo de la marca Ascano brillaba sobre la culata. No pude evitar sentir cierta admiración por ese icono de la pistola obrera de Barcelona. La tela que la cubría resultó ser un gorro de la CNT.

- Estáis locos ¡no puedo ir con esto puesto por la calle! -  Les dije nada más verlo.

- No hace falta que lo lleve puesto señora, con que lo deje tirado por ahí es suficiente. Si puede también lanzar alguna proclama… - me contestó - Confío que está usted al corriente de todo. Saldrá por la puerta del Ritz en solo unos minutos, es un hombre alto de nariz…

- Le conozco, no necesito una descripción. -  Le interrumpí.

Guardé la pistola y el gorro en los bolsillos del abrigo y salí del vehículo sin despedirme.

 

Alguien llamó a la puerta. Resultó ser un muchacho con una carta. Me la puso en la mano y salió corriendo sin esperar propina. El corazón me dio un vuelco cuando leí el nombre de mi hermano escrito en el sobre. Salí corriendo a mi habitación a leerla:

Prisión Provincial. Alicante, 6 de junio de 1936

Querida hermana Pilar,

Espero que te encuentres bien y en buena salud. Por favor, lee esta carta en solitario y quémala después, pues es de vital importancia que no caiga en las manos equivocadas.

Te escribo para encomendarte una tarea que excede todo cuanto te he pedido hasta ahora y que solo puedo confiarte a ti. Mi voluntad de apartarte del partido siempre fue firme, pero has demostrado ser capaz de hacer más de lo que muchos imaginábamos. Como bien sabes, debido a mi encierro, el movimiento se encuentra dividido en facciones. Manuel Hedilla está activamente generando conflicto interno a pesar de haberle instado a tener un papel conciliador por correspondencia. En mi ausencia, aspira al puesto de jefe nacional del partido y está dispuesto a todo con tal de alcanzar su propósito. Esto nos hace débiles frente a los enemigos de la patria y lastra el avance imparable de nuestro movimiento. Es el mayor de mis deseos conseguir evitar la disidencia y generar unidad. Es necesario por tanto que Manuel Hedilla fallezca bajo la apariencia de asesinato por parte de las milicias de la CNT. Una tragedia semejante lograría aunar nuestras fuerzas contra el enemigo común. Sin embargo, Manuel conoce a todos nuestros miembros. Temo además que algunos de nuestros camaradas estén de su parte. Es cauteloso, va armado y nunca bajará la guardia en presencia de otros hombres. Sin embargo, su debilidad siempre han sido las mujeres.

[…]

Esa misma noche deberéis salir hacia Alcoy. Cuento con buenos amigos allí que os darán alojamiento y protección. Mi salida de prisión es inminente y no tardaré en reunirme con vosotros.

Recibe el afecto de tu hermano,

José Antonio Primo de Rivera

Sentí la habitación dando vueltas. Tuve que sentarme en el borde de la cama para no caerme. Fui a mi mesita de noche y saqué la foto de Manuel escondida desde hace años en el doble fondo. Bajé al salón y la lancé a la chimenea junto con la carta.

Frase de comienzo de relato. AQG

  Si le dejé no fue solo por los cadáveres que guardaba en el sótano. Conocí a Erich en el verano del 51, en Lafayette, Luisiana. Un puebl...